“Psicópata”

Por Adolfo Mirande Especial para EL TIEMPO

“Yo no quería hacerles daño. Solo quería matarlas”

David Berkovitz

 Desde mucho rato antes que las amigas entraran al cine, un sol agobiante había estado recalentando veredas y asfalto; pero cuando salieron, estaba nublado; no había Luna ni estrellas y la negrura coloreaba el aire y continuaba el calor apabullante que calcinaba al pueblo del Azul.

Era pesado, pegajoso. Brotaba del suelo, de las paredes, parecía formar parte del ambiente y se metía en el alma.

Y estaba el miedo…

El miedo es una de las emociones más poderosas y ancestrales de la humanidad. Hace volar la imaginación a regiones impensadas y altera violentamente la vida cotidiana. Ningún racionalismo puede evitar totalmente la aprensión causada por el viento que golpea un ventanal o por su silbido entre los árboles de un bosque solitario. Y esta noche se manifestaba en las actitudes, en los gestos y en las miradas.

Tres víctimas femeninas estranguladas en un mes lo provocaban.

De las cuatro mujeres que eran las dueñas de la escena en los corrillos que se sucedían a raíz de los crímenes seriales, solo Dora Rudsen estaba muy posiblemente viva, ya que se había ido con un viajante.

O así lo decían los nerviosos comentarios de los azuleños.

Tres muertas con un palmo de lengua fuera de la boca y una desaparecida.

Todos los temas de muertes violentas eran de morbosa atención.

Un psicópata volaba por los cielos del Azul.

Y se contaban y tergiversaban mil narraciones siniestras del viejo historial del pueblo con los irresueltos asesinatos ocurridos.

Todo era miedo en la gente…Algo espantoso estaba ocurriendo en las tierras del Callvú-Leovu.

Alguien muy enfermo rondaba por las noches matando mujeres.

Las dos veteranas amigas se decidieron  ir al cine tras muchas vacilaciones…Era el último día de exhibición de “Nieve Negra”.

Cuando finalizó la película el automóvil estaba en la puerta; subieron por calle Bolívar, y la primera que descendió fue Ángela, en la Avenida Mitre, muy cerca del lugar.

Lola vivía detrás del arroyo, y al cruzar el puente por calle San Martín el agua negra provocaba la sensación  de siniestro abismo en cambio de su suave y amigable discurrir por los días azuleños en tiempo sin inundación.

Cuando el taxi se detuvo en la pequeña entrada, sobre la vereda, Lola comenzó a correr hacia la puerta de su domicilio, mas adentro.

Desde la tranquera que daba a la calle, había poco más o poco menos, veinte metros, hasta el acceso principal a la casa.

Aunque  Breglia esperaba por su entrada, esos metros, los corrió, Lola, con inusitada rapidez, presa del nerviosismo acumulado durante todo el día, por los reiterados comentarios sobre el tema excluyente; el psicópata.

El bochorno de la elevada temperatura, junto con la oscuridad, formaba un manto oscuro agobiador en el ánimo de la mujer asustada que se apuraba con dificultad sobre sus tacos altos.

Y tenía la impresión horrible de que una mano la sujetaría de un momento a otro.

Buscaba la seguridad de su hogar.

Abrió con nerviosa rapidez, mirando de costado al umbroso jardín  que rodeaba su casa.

Y como catalizando su aprensión, vio al espantajo de la quinta vecina erguido como un espectro e imponiendo su siniestra y horrorosa presencia.

Y los que en solitaria noche, muy oscura, han visto su horrible silueta por unos instantes, a la luz del relámpago, dicen que tiene ojos grandes y que es maligna su mirada…Que la risa de su boca de trapo es de gesto espeluznante…Y algunos han oído su carcajada de espanto.

Oía murmullos, e imaginaba ojos que la contemplaban.

Era la misma angustia del humano cavernícola acosado por su tragedia existencial desde el fondo de los tiempos. ¡Era el viejo miedo!.

Necesitaba el cobijo de sus propias paredes, donde se sentiría real y definitivamente protegida, segura y confiada.

Entró y cerró con llave lo más rápido que le permitió el temblor de sus manos.

El miedo le hizo abrir la mirilla y constatar que nadie había afuera y que no la seguían.

El remis ya se iba.

Se recostó de espaldas, apoyada a la puerta  y por fin  suspiró con sumo alivio.

…Desde la oscuridad del living se oyó un carraspeo.

Quedó petrificada de espanto cuando alguien  encendió la luz.

Allí estaba la robusta y blonda Dora Rudsen, que evidentemente no se había ido con un viajante.

…Allí estaba… Jadeando y transpirando en la nebulosa negrura del estío.

Se acercó a Lola y le rodeó el cuello con  un  fuerte cable…

Apretó y apretó…Y durante el multiorgasmo siguió apretando más y más y más…Hasta el final…

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