LOS MÚSICOS Y SADAIC

¿Puede la libertad oprimirnos?

 

NACHO CORREA
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NACHO CORREA

Por Ezequiel Valicenti (*)

“Hay que pagar SADAIC” dice alguien que está organizando un recital. Lo dice como quién anuncia una muy mala noticia. El músico se rasca la cabeza; piensa, pero no logra entender. Si vamos a tocar temas nuestros, ¿por qué tenemos que pagar SADAIC? El razonamiento a todos les parece impecable. Pero nadie puede encontrar respuesta. Y entonces, ahora con resignación, el otro insiste: No sé, dicen que hay que pagar igual.

Breve historia de un monstruo sin rostro

Todo empezó en 1936. En ese año se creó la Sociedad Argentina de Autores y Compositores de Música (SADAIC). Por entonces, la música grabada había llegado para quedarse. Los bares y salones de baile estaban reemplazando las orquestas en vivo por los nuevos discos de 78 RPM y posteriormente, por los discos de vinilo. Los costos se reducían drásticamente: en lugar de contratar una orquesta con 10 o 15 músicos, bastaba comprar el disco que esa misma orquesta había grabado. Se pagaba una vez y se utilizaba hasta que el disco se rayara. El impacto en la actividad laboral de los músicos fue inmediato. Algo había que hacer y así fue como surgió SADAIC. Unidos, los músicos lograron que los propietarios que reproducían música grabada –en lugar de contratar a la orquesta– pagasen un canon por el “uso” de esas obras. Puntualmente, se pagaba por la “comunicación pública” de las obras. Como era imposible que cada músico negociara y cobrara el precio por el “uso” (reproducción) de cada una de sus obras, la Sociedad se encargaba de “recaudar” los pagos en cada bar o salón de baile y luego lo “distribuía” entre los músicos (autores y compositores) creadores de las obras utilizadas. Para saber qué canciones había reproducido un salón en particular, el propietario debía confeccionar una lista de las obras usadas. Con esa información SADAIC conocía certeramente a quién debía pagar y qué porción de lo recaudado le correspondía.

La historia, después, pierde claridad. SADAIC se fue expandiendo. En algún momento alguien se dio cuenta que la “comunicación pública” de la música grabada no sólo se producía en bares sino también en las radios, en los canales de televisión, e incluso en las habitaciones de hotel. E inclusive, se advirtió que la “comunicación pública” ocurría también cuando la música se ejecutaba en vivo, sobre el escenario. Como un pulpo, como un monstruo sin rostro, SADAIC fue llegando a cada rincón que involucraba de alguna manera música. Después, las normas jurídicas lo ayudaron un poco más. Como consecuencia del decreto-ley 17.648 del año 1968 (contexto: gobierno de facto de Onganía), SADAIC adquirió la “representación” legal y presumida de todos los músicos argentinos. Es decir, no importa ya que un músico no esté inscripto o asociado a SADAIC. Según aquel decreto, SADAIC lo representa igual y por lo tanto puede presentarse a cobrar los derechos de autor por la “comunicación pública” de las obras musicales.

Hacemos temas propios, ¿pagamos igual?

La situación es paradójica. Un músico toca sus propios temas en vivo y tiene que pagar SADAIC (recordemos, por la “comunicación pública” de sus canciones), y se supone que luego SADAIC le retribuye –semestralmente– la suma que ha recaudado por el “uso” de sus canciones. Lo que ocurre es que la enorme mayoría de los músicos ni siquiera está inscripto –y por lo tanto SADAIC no tiene conocimiento de su “existencia”–. Y aún si lo estuviera, por los mecanismos de distribución que posee SADAIC y por la “deducción” que efectúa para solventar los gastos de funcionamiento, terminará recibiendo una suma ínfima respecto a lo que tuvo que pagar por “tocar sus propias canciones”. Como si fuera poco, quien paga lo hace con una profunda sensación de incertidumbre pues a menudo no se sabe concretamente cuánto hay verdaderamente que pagar.

Sin dudas los fines nobles que tenían en vista los fundadores de SADAIC se encuentran absolutamente desvirtuados. El contexto de aquellos años 30 es muy diferente al actual. Hoy los eventos autogestionados –inclusive por los propios músicos– sufren a SADAIC. El pago a la Sociedad de Autores no los beneficia, los oprime. Es un costo más que encarece la producción del recital. Y más aún, es un pago sin sentido y paradójico.

¿Qué hacer? El cambio debería producirse a partir de una reforma integral del marco normativo que habilita a SADAIC a “gestionar” los derechos tal como hoy lo hace. En el “mientras tanto”, habrá que ser creativos y pensar mecanismos adicionales, como la asunción del pago por parte de la Municipalidad, o peticionar en la propia SADAIC excepciones al pago, por ejemplo, cuando se ejecuta música en vivo o cuándo los autores interpretan sus propias canciones. Continuará…

(*) Músico y Abogado, Posgrado en Derecho de autor y derechos conexos. Integrante del Centro de Estudios jurídicos en Arte y Letras, Facultad de Derecho–Unicén. Contacto: ezequielvalicenti@gmail.com

 

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