AZULEÑOS EN EL CONFLICTO BÉLICO DE 1982

“Querida mía”: cartas de amor en la Guerra de Malvinas

Mario Luis Piovacari, treinta y seis años después de la Guerra de Malvinas, en entrevista con el autor.Verano de 1982: Mario Piovacari y Rosana Pirola en el parque municipal de Azul. Hoy continúan juntos y tienen tres hijos. GENTILEZA FAMILIA PIOVACARILa última carta, fechada en Malvinas el 27 de mayo de 1982. “Tengo mucho para contarte, pero con cosas que te harían mucho mal”, le confiesa Mario a su novia. ARCHIVO DEL AUTOREl reverso de uno de los sobres que llegó a Azul, desde Malvinas. Además del nombre de Piovacari, puede leerse su pertenencia al BIM 5 y, debajo, la leyenda postal en inglés.La foto es del 14 de junio de 1982. En el círculo, el azuleño Mario Piovacari. Fue publicada en el libro de Nicolás Kasanzeu “Malvinas a sangre y fuego” (Editorial Abril, 1ª edición diciembre 1982, en anexo de fotos).
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La foto es del 14 de junio de 1982. En el círculo, el azuleño Mario Piovacari. Fue publicada en el libro de Nicolás Kasanzeu “Malvinas a sangre y fuego” (Editorial Abril, 1ª edición diciembre 1982, en anexo de fotos).

Mario Piovacari vivió dentro de un pozo de zorro, rodeado de turba malvinense, durante sesenta días. Entre los disparos de mortero que realizó, y los que dispararon los ingleses hacia su posición de combate, se hizo tiempo para escribirle emotivas cartas a su novia en Azul; algunas esperanzadoras; otras, en cambio, desesperadas.

 

Escribe: Marcial Luna lunasche@yahoo.com

EL DATO

En estos artículos se anticipan algunos aspectos de “Azuleños en la Guerra de Malvinas”, libro de autoría del periodista Marcial Luna que, por primera vez, reúne testimonios y documentos inéditos. La obra será posible gracias a un convenio con AECA (Asociación Empleados de Comercio de Azul), se presentará en el marco del Festival Cervantino y se distribuirá gratuitamente en las escuelas del distrito en 2018.

NOTA II

El día en que posaron para la foto, sentados en un sector del Parque Andaluz de nuestra ciudad, en pleno verano del año 1982, ni Mario Luis Piovacari ni su novia, Rosana Pirola, imaginaron que tan sólo dos meses después iban a quedar separados por una de las mayores hostilidades creadas por el hombre: la guerra. Y que, entre ellos, se plantaría un signo de interrogación punzante: ¿Volverían a encontrarse?

Ese verano, Mario ya había hecho planes. Había obtenido el consentimiento de su futuro suegro, cuando se presentó para “pedir la mano” de la que a partir de entonces comenzó a ser su prometida y, luego de dos años de Infantería de Marina en el sur argentino, pensó olvidar Puerto Belgrano y Río Grande, y establecerse a Azul, ingresar en Cerámica San Lorenzo y compartir los días junto a su familia, novia incluida.

Pero el 2 de abril de 1982 lo cambió todo.

Se reincorporó en el Batallón de Infantería de Marina N° 5 (BIM 5) de Río Grande, aunque poco antes Piovacari había sido dado de baja por el carácter un tanto “díscolo” que a veces presentaba. Sin embargo su jefe, el comandante Carlos Robacio, conocía el temple del azuleño y le permitió que pudiese pisar tierra malvinense luego de cumplimentar al pie de la letra algunos papeles. Era, además, un experimentado morterista y, lo que se avecinaba, iba a requerir de habilidades como las que poseía el joven azuleño nacido el 25 de enero de 1961. No se equivocó Robacio. De hecho, en su libro Desde el frente, que narra la experiencia del BIM 5 en Malvinas, hace referencia significativa a Mario Piovacari: “Su comportamiento en acción fue encomiable y mereció ser condecorado”. (pp 42-43, edición 2004).

Noches de lluvias    

A diferencia de lo que ocurrió con las cartas que los soldados (que estuvieron en Islas Malvinas, combatiendo o cumpliendo múltiples funciones) enviaron a las madres, en las  que se ocultó la real situación que allí protagonizaban, las cartas a las novias reflejan realismo, sinceridad y, también, desahogo.

Quizá porque a alguien necesitaban contárselo. Quizá porque el vínculo era diferente y, mientras temblaban sólo con la posibilidad de llevarles alguna preocupación a sus madres, por mínima que fuera, pensaban que las novias estarían más preparadas para recibir informaciones que revestían el carácter atroz de la guerra.

En el caso de Mario Piovacari, la primera de las cartas está fechada en “Islas Malvinas” el día 16 de abril de 1982 y dirigida al domicilio de Azul de su novia, Rosana Pirola.

Al igual que todas las que escribió, comenzó con la frase: “Querida mía”.

En esa carta, se ocupó de algunos detalles de la vida en las islas, luego de la toma del 2 de abril, y mientras se aguardaba el desembarco inglés.

[…] ya hace una semana que estoy aquí en estas islas, el frío y el viento es impresionante, y todos los días a la noche se le da por llover, justo cuando tenemos que hacer guardia. Hoy por el contrario el día arrancó lindo, por lo menos tuvimos algo de sol, pero de igual modo no creo que dure por mucho tiempo más, porque ya empiezan a aparecer las nubes de lluvia”.

Más adelante le confirmó a su novia que había recibido carta suya, y le solicitó que continuaran enviándoselas a la dirección del Batallón, porque desde allí las distribuían a cada posición que los soldados del BIM 5 ocupaban en las Islas Malvinas.

Abril fue el mes de los preparativos ante el posible desembarco inglés. Se constituyeron posiciones en las Islas y, una vez cumplidos esos trabajos, hubo que esperar.

Horas. Días de humedad densa. Noches de llovizna negra.

En esa misma carta, le escribió a su novia Rosana: “Todavía estamos esperando a los ingleses […] Me tengo que despedir, el papel se me hizo corto para contarte todo. Escribime todos los días, aunque sea para decirme buen día mi amor”.

Un particular paraíso   

Una semana después, exactamente, Mario Piovacari logró concluir otra carta y escribió con pulso firme la dirección de su novia en Azul, en el frente de un sobre de correspondencia aérea. El 23 de abril le explicó: “Quisiera en esta carta contarte todo lo que siento, lo que veo y lo que hago, pero desgraciadamente, por razones de seguridad, no puedo. Y quiero que lo entiendas así, ya va a llegar el momento en que yo pueda decirte todo lo que hice aquí y lo que me queda por hacer todavía en la isla”.

“Mirá Rosana, hoy jueves 23 [son] exactamente las 10.30 hs y estoy en una piedra sentado cuidando de los milicos que se peguen un baño en esta agua helada que nunca deja de correr, después me tocará el turno a mí, y qué le vamos a hacer, esta es la guerra contra todo, los ingleses, la mugre […].

El recuerdo de su ciudad natal, así como algunas de las costumbres propias de la edad y de la época, para un muchacho de veinte años, afloraron muy pronto en los renglones azules.

“En estos momentos quisiera estar en Azul, recién levantándome por la noche, ir a un boliche a divertirme, a tomar una copa. Yo quisiera estar tranquilo sin tener que pensar en nada, y no tener que estar aquí, donde a las seis de la tarde tenés que apagar todo el fuego, las luces, y estar alerta. Donde a las seis de la tarde te tenés que meter dentro de la carpa y no salir, porque al menor paso en falso te meten un tiro los propios milicos tuyos si uno no sabe el santo y seña. Donde tenés que andar sigiloso y preguntando a cada rato ¡Alto quién vive!, si no te contesta tenés que sacudirlo porque esa es la orden que hay […] Ya terminé de bañarme y ahora te estoy escribiendo sentado en el techo de una cocina subterránea que hemos hecho con los milicos de la Sección para casos de ataque de la aviación enemiga, por lo único que te podés dar cuenta de que hay gente, es que de abajo de la tierra sale humo y si vos apagás totalmente ese fuego es muy difícil que la descubran y menos alguien que no conoce el terreno”.

Su actividad de morterista en Malvinas se reveló claramente en la carta del 23 de abril (aunque Piovacari la concluyó al día siguiente). Allí “Pio”, apodo que aún utilizan sus amigos, le expuso a su novia:

“Hoy por la tarde tengo que hacer tiro de reglaje continuamente, para dejar preparado el tiro de mortero, si es que llegan a desembarcar los ingleses. Eso creo que va a ser alrededor de las 15.00 hs y después no sé qué tendré que hacer, solamente pensar cuándo terminará esto, pero aunque vos no lo creas todo esto me gusta de alma y contra los gustos no hay nada escrito […] Mirá Petisa, a esta carta la comencé ayer día 23 y reanudo un día después, después de un largo trajinar y mucho laburo me siento un rato en paz a descansar y escribirte un rato, qué más te puedo contar de lo que me pasa, pienso yo que te vas a aburrir de tanto leer lo que me pasa a mí en este paraíso de armas de fuego y te digo así, porque aquí ves cosas que jamás se vieron”.

En esa carta, además, le hizo conocer carencias puntuales a su novia: “Lo que necesito  es lo siguiente: unos pares de medias de lana […] una radio chica, con un montón de pilas y una linterna también, con un montón de pilas, en lo posible pilas medianas así cuando se me terminan puedo conseguir, y unos calzoncillos. Todo eso pedíselo a mi vieja lo más pronto posible, en una cajita tipo encomienda, y me lo mandás al Batallón”.

Esta vez la despedida, en los últimos dos renglones, tuvo una carga emotiva y trémula a la vez: “Sin más que decirte, me despido de vos con mucho cariño y amor […] ¡¡¡Te quiero!!! Hasta la próxima vez, si es que quedo vivo.”

Siete vidas   

Un mes después, en medio de los continuos ataques de uno y otro bando, Mario Piovacari pudo escribirle nuevamente a Rosana. Desde el 1° de Mayo la artillería inglesa hostigó las posiciones argentinas, aunque sólo la terrestre logró ser más eficaz. Los argentinos respondieron, inclusive apelando al fuego de contra-batería.

El 23 de mayo, Mario escribió a su novia: “Hoy estoy acá y mañana no sé dónde, de a poco te tenés que ir acostumbrando, total yo soy como el gato, tengo siete vidas, cuando te cuente no me vas a creer, pero a eso lo dejo para mi regreso, salvo que no es como la película ‘Regreso sin gloria’ […] Cada día que pasa y en especial durante mis guardias, que son muy largas, aparte hago día por medio, acá oscurece a las 18.00 hs y aclara a las 07.00 hs, 13 hs. de oscuridad [en] la cual tengo que estar despierto. Dejo volar mi imaginación y me pongo a pensar las cosas que voy a hacer cuando regrese […] Cada día que despierto me pongo a pensar qué pasará hoy, cuáles serán las noticias que nos traerá nuestro jefe, serán buenas o malas, y así transcurren los días y con este ya llevo 43 días en la isla. Ya estoy empezando a querer el pozo que tengo por casa. Sin más que decirte por el momento me despido de vos con un interminable beso, saludos. ¡¡¡Chau!!!”.

En el frente   

Si bien la posición de los morteros (entre ellos, el que tenía a cargo Piovacari) estaba planificada como parte de la retaguardia, el desembarco inglés se realizó por el sector  contrario al que pensaban los altos mandos militares en la Isla. Es decir, Piovacari y los suyos quedaron, de buenas a primeras, en primera línea de fuego.

La última carta que envió a su novia azuleña está fechada en Islas Malvinas, el 27 de mayo de 1982.

[…] todavía estoy enterito, se me hace muy difícil escribirte porque es muy poco lo que tengo para contarte, en general tengo mucho, pero también te harían mucho mal, entonces mejor no, simplemente te digo que estoy bien, y espero que te conformes con eso, sé que no lo vas a hacer, en realidad te tenés que conformar. Sin más que decirte me despido de vos con un fuerte abrazo y mucho amor”.

A las apuradas, sin tiempo, mientras el fuego argentino y el británico se incrementaban y producían muertos y heridos en unas y otras posiciones, Mario añadió como postdata,  en esa última carta a su novia desde las Islas Malvinas, una frase esperanzadora:

“Te quiero. Esperá mi regreso del frente, como cualquier regreso de licencia”.

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