SEGUNDA PARTE

Recuerdos del “Camino Viejo a Tandil”

RAÚL SANTIAGO GALLARDO
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RAÚL SANTIAGO GALLARDO

Sobre la derecha del Camino, justo en la esquina Oeste de la primera calle que lo cortaba después de la ruta, la chacra de Francisco Juan Lionetto poseía un nutrido alfalfar donde pastaban negros caballos y algunos blancos. Los animales eran los encargados de tirar las carrozas fúnebres de su empresa.

La compañía de Lionetto poseía extraordinarios carruajes negros. La coupé más impactante, sin embargo, era la blanca, utilizada para trasladar féretros de niños. Los cortejos fúnebres eran esplendorosos.

Los coches eran comprados en Buenos Aires. La carroza era conducida por el cochero, ubicado en el pescante, vestido con camisa y guantes blancos, pantalones, moño, galera y levita negros. A su lado estaba el lacayo, cuya única función era de acompañante.

El coche principal era el más grande y su lujo dependía del poder adquisitivo de la familia del difunto. En general era tirado por una yunta de caballos negros lustrados, pero había ocasiones en que llegaban a ser cuatro o seis, haciendo más esplendoroso el despliegue de lo que, en definitiva, culminaba siendo un desfile. Más atrás iban los familiares en berlinas (carruaje tirado por caballos completamente cerrado de caja cuadrada por la parte superior con cuatro plazas y puertas laterales con cristales a corredera; su nombre proviene de la ciudad de Berlín, de donde eran originarias).

La empresa de Lionetto (asociado temporalmente con Siciliano), tuvo actuación en los funerales de diversas personalidades de la ciudad, incluido el entierro de las víctimas de Mateo Banks.

El 18 de abril de 1922, con su frialdad y ambición desmedida en una mano y con su rifle Winchester en la otra, Mateo Banks llevó a cabo la masacre que lo posicionó como el primer asesino múltiple de la historia Argentina, quedando garantizada su estadía en la Cárcel del Fin del Mundo, en Ushuaia.

Ocho personas fueron sus víctimas. Dionisio, Miguel, Julia, María Ana, Sarita y Cecilia fueron los seis familiares asesinados, a los que sumó a Juan Gaitán  y Claudio Loiza, dos peones a los que trató de culpar de los crímenes. Los escenarios fueron “El Trébol” y “La Buena Suerte” en la zona de Parish.

Tras haber concretado los homicidios, Mateo Banks se comunicó con Lionetto a quien, en concordancia con la historia que había inventado (según la cual los dos peones habían matado a sus seis familiares y él le había dado muerte a uno y herido al otro que se habría escapado), le solicitó el envío de siete féretros -dos blancos, para niños-, dado que había ocurrido una tremenda desgracia en sus campos.

Durante el juicio que se le llevó a cabo al brutal asesino, Francisco Lionetto participó del mismo como testigo. No aportó mayores datos, pero si subrayó haber notado extremadamente calmado o frío a Mateo Banks a pesar de lo sucedido cuando hablaron para pactar los funerales.

Otra particularidad de la “Casa Lionetto” fue la compra de la carroza fúnebre que trasladó los restos de Carlos Gardel desde el Luna Park hasta el Cementerio de La Chacarita. Apenas transcurrido un lustro del accidente de Medellín, el azuleño la adquirió por $1.800 a la “Casa Iribarne” de la ciudad de Buenos Aires.

Por muchos años la empresa continuó en manos de Antonio, hijo de Francisco, hasta que cerró sus puertas definitivamente. A la intemperie, aquella carroza fúnebre que llevó los restos de “El Zorzal”, fue deteriorándose poco a poco hasta su absoluta destrucción.

Hasta sandías   

En muchas chacras, los propietarios no solo tenían aves de corral, algunas ovejas, cerdos y un par de vacas lecheras, sino que además aprovechaban algunas hectáreas para sembrar.

Pequeños maizales, algo de trigo, alfalfa y hasta hortalizas o frutales. Y para lograr los frutos de la tierra todo comenzaba con el tratamiento del terreno en varias jornadas de arduo trabajo desde las primeras luces de la mañana hasta el momento en que caía la tarde. Para la arada se utilizaban caballos, los cuales se ataban de cuatro o cinco en cada arado, trabajándose en dos turnos, arándose un promedio de una hectárea por cada uno (es decir, dos hectáreas por día). Cuando se usaron arados dobles, uno de los cinco caballos, el surquero, que era el más manso y acostumbrado a cuidar su surco sin salirse, guiaba a los demás por la tierra arada. Después se incorporaron los arados triples y se trabajaba con cuatro tronqueros, más cercanos y con cuatro cadeneros que iban atados más delante de aquellos.

Con el arado de mancera de doce pulgadas de corte, debía ir el arador caminando constantemente y manteniendo con fuerza la dirección del arado mientras los caballos lo arrastraban.

En los primeros tiempos, la siembra era efectuada a mano, en muchos casos, con semillas no aptas para la zona o sembradas fuera de tiempo, lo que malograba las cosechas, cuando no fracasaban por la sequía, las heladas o las langostas…

En el siglo XX las máquinas fueron evolucionando a buen ritmo, apareciendo numerosas opciones en permanente desarrollo, pero en las pequeñas chacras las tareas se continuaron haciendo de manera rudimentaria.

El cuidado de las siembras solía demandar también el riego de forma manual, si lo sembrado era un terreno pequeño, o a través de algún tanque tirado con un caballo que se cargaba en el infaltable molino -que además abastecía a las bebidas-.

Tan amplia era la variedad de lo sembrado que una de las chacras del Camino, “La María Ángela”, era conocida por su producción de melones y, especialmente, “Las sandías de Mielhuerry”. Horas y horas dedicadas al cuidado de lo producido, y luego salir “a la calle” para vender lo cosechado… (Continuará…)

 

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