TERCERA PARTE

Recuerdos del “Camino Viejo a Tandil”

RAÚL SANTIAGO GALLARDO
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RAÚL SANTIAGO GALLARDO

Por Eduardo Agüero Mielhuerry

El 21 de marzo de 1902, Andrés Ginocchio le ofreció a la Municipalidad de Azul una chacra que tenía sobre el Camino a Tandil para construir en ella un matadero de hacienda.

Poco después, la Comuna aceptó la donación la que se hizo bajo una única condición: una clausula en el acta establecía que el terreno era cedido exclusivamente para ese uso, es decir que si en algún momento se decía cambiar el destino de la chacra por más loable que fuera, la misma volvería a manos de sus dueños o sus herederos.

Las instalaciones del matadero eran relativamente precarias. Varios galpones de chapa conformaban la infraestructura necesaria para la faena de animales, pero no ofrecían ninguna seguridad para la salud de los consumidores más allá de la elemental.

Tiempo después, entrados los años ’20 en las actas del Concejo Deliberante comenzaron a aparecer diversos proyectos y solicitudes para construir un nuevo matadero que cumpla con las por entonces modernas normas de salubridad, pero ninguno de dichos pedidos pudo llevarse a cabo por cuestiones presupuestarias.

Al finalizar la década del ’30, durante la intendencia del Dr. Agustín J. Carús, en el marco de un plan gubernamental trazado por el gobernador bonaerense Manuel Fresco, se decidió encomendarle la construcción de un moderno Matadero Municipal al arquitecto e ingeniero Francisco Salamone.

Salamone concibió al nuevo matadero -para abastecimiento de carnicerías locales entre muchas otras como las de Álvaro, Furió, Ciappina, Fittipaldi o las de los hermanos Atilio y Lucas Arnaldo Duclós-, disponiendo los distintos espacios como eslabones de la cadena de producción, que comenzaba con los corrales exteriores para descanso del ganado vivo, de allí se pasaba a la sala de sacrificio y faena, de donde se continuaba a la plaza de despacho. Complementariamente y en conformidad con las nuevas normas sanitarias, Salamone incorporó oficinas de control veterinario, laboratorio para inspección de órganos, lavado de las menudencias y vestuarios para el personal. También dispuso un tanque de agua, caldera, cámaras de decantación y tratamiento de los efluentes con alto contenido orgánico. Estas instalaciones permitirían un adecuado control sanitario e higiene general.

 

Trabajadores y futbolistas    

 Mario Laguna era el encargado del Matadero, en el cual faenaba más de un hábil manipulador del cuchillo. Varias decenas de familias trabajaban allí y hasta tuvo un equipo de fútbol conformado por muchos de los mismos trabajadores del matadero y algunos amigos del vecindario. La conformación más estable del “Club Atlético Matadero”, estaba integrada por José (“Pepe”), Rodolfo, Francisco (“Pancho”), Bautista, Juan, Alberto (“Beto”) y Enrique Larragnetta, “Cacho” Páez, Luis “El Ruso” Landó, Dardo Laguna y Miguel Boloqui. Los hermanos Páez oficiaban de suplentes.

El equipo se enfrentó a rivales como “Porteño de Cacharí”, pero además jugaba en diversos establecimientos educacionales rurales para recaudar fondos. Los equipos de “La Sofía”, “La Mantequería”, “La Chumbeada”, entre otros tantos formaban parte de los competidores. Luego del espectáculo futbolístico, la jornada solía concluir con asado y baile.

 

El rugir de los motores…    

Hacia finales de marzo de 1960 los vecinos del Camino a Tandil comenzaban a palpitar con  ansiedad lo que sería la 12° Edición Premio “Mar y Sierras”. Después de unos días lluviosos, buena parte de los vecinos se dispusieron a disfrutar, la tarde del 3 de abril, de una formidable Carrera de TC, organizada por el Mar del Plata Automóvil Club.

El recorrido se inició en la ciudad costera, cerca del faro, partiendo por el camino de la costa hacia Miramar. De allí volvieron por el camino más interno de Batán hasta el monumento al gaucho, para girar hacia Balcarce. Luego por Tandil cruzaron la ciudad y desde la Base Aérea comenzaron a transitar el camino de tierra hasta Azul.

Todos los vecinos detuvieron sus actividades. En las tranqueras y banquinas se congregaban a matear y esperar para ver pasar a toda velocidad a los intrépidos corredores: Marcos Ciani (Chevrolet), Alberto Logulo (Ford), Juan Gálvez (Ford), Rodolfo de Álzaga Unzué (Ford), Dante José Emiliozzi (Ford), Críspulo Villanueva (Ford), Félix Alberto Peduzzi (Chevrolet), Eduardo Rabbione (Chevrolet), Matías de la Torre (Ford), Modesto Arias “El petiso” (Ford), y Juan Carlos Garavaglia (Ford), entre muchos otros.

Los corredores siguieron camino hasta Loma Negra (Olavarría), luego Chillar, Juárez, Gonzáles Chaves, Tres Arroyos, Necochea y de vuelta al punto de partida.

Con 902 kilómetros recorridos, el coche más veloz de la jornada fue el Ford del marplatense Alberto Logulo. Pero Juan Gálvez consiguió ganar por dos minutos, lo que en una carrera de casi seis horas resultó una diferencia ínfima.

 

Otra epopeya    

El Mar del Plata Automóvil Club, el Club Jorge Newbery de Venado Tuerto (Santa Fe) y el Automóvil Club de Chile programaron en común una carrera distinta que uniría al Atlántico y el Pacífico. Popularmente conocida como la “Dos Océanos”, se inició el miércoles 17 de marzo de 1965, desde el Faro de Punta Mogotes hasta Chile, ida y vuelta.

Azul estuvo de fiesta y una vez más los amantes de las carreras se agolparon en las tranqueras y la vera del camino para ver a sus ídolos, entre los que estaban los ya consagrados Dante y Torcuato Emiliozzi, quienes al fin resultaron los ganadores.

 

Vecinos “fierreros”  

El “Vasco” Juan Francisco Arrechea nació en María Ignacia Vela el 15 de diciembre de 1945. Recibido de veterinario, instaló en Azul un tambo sobre el Camino a Tandil, poco más allá de la Estancia “Los Triones”, sobre la misma mano, en el campo que bautizó “El Facón”.

Durante muchos años disputó diversas carreras y aunque el éxito no lo acompañó, sí cosechó un enorme reconocimiento y gran admiración entre los fanáticos del automovilismo.

En la Fórmula Dos en Uruguay logró su primera victoria en la categoría, pero decidió regresar a su país.

Hacia 1978, el “Vasco”, a pesar de su talento al volante, estaba “parado”. Por eso un grupo de amigos decidió que en ocasión de correrse la Segunda Vuelta de Azul de Turismo Carretera, él tenía que estar presente y para ello alquilaron el Dodge de José Miguel Pontoriero, bautizado por los azuleños como “La Cebra”. Los “tuercas” de Azul volvieron a alentar las esperanzas junto a quien indiscutiblemente había demostrado ser un virtuoso.

Gustavo Brescia nació el 3 de enero de 1956 en Azul. Desde pequeño vivió entre “los fierros”, en el taller de su abuelo Antonio, que luego heredarían su padre Carlos y su tío “Quito” para convertirse además en representantes de Mercedes Benz” en Azul. Las instalaciones estaban en el cruce de la Ruta N° 3 y el Camino a Tandil.

Gustavo fue uno de los numerosos jóvenes que dieron nacimiento a la Promocional 850. Para correr eligió primero un Fiat 600, y posteriormente, lo hizo con Renault Gordini.

En 1979 debutó en Turismo Carretera. Fue invitado por la gente de la Peña “La Amistad” para reemplazar al “Vasco” Arrechea que había viajado a Estados Unidos. Luego de las pruebas de rigor, Gustavo debutó el 20 de mayo en el Autódromo de Buenos Aires.

Sin embargo, con el retorno del “Vasco” no tendría una nueva oportunidad de correr en TC. Por eso Gustavo y su familia decidieron comprar el casco del Dodge perteneciente a Orlando Rodríguez de Laprida. Y los “fierreros” lo siguieron fascinados… (Continuará…)

 

 

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