Cuarta parte

Recuerdos del “Camino Viejo a Tandil”

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Por Eduardo Agüero Mielhuerry

Los hornos ladrilleros fueron de las primeras industrias que se instalaron en las inmediaciones de nuestra ciudad, más allá de los Molinos Harineros a la vera del Arroyo Azul. Empleaban bastante mano de obra puesto que su producción requería de una alta participación manufacturera. En el Camino a Tandil, frente al Matadero, se hallaba el reconocido horno de los “Hermanos Rosa”, un emprendimiento familiar a cuyo frente se hallaba Pedro. El barro arcilloso, elemento básico para la fabricación de ladrillos, se humedecía y se hacía pisotear sucesivamente por varios caballos hasta convertirlo en una masa maleable, a la que se le podía agregar paja. Luego se lo moldeaba como ladrillos que se dejaban secar al sol o luego se los cocinaba a alta temperatura en hornos alimentados por leña.

Poco más allá, otro enorme y exquisito emprendimiento era la importante Huerta de los hermanos Randazzo.

La educación ante todo

Bien temprano por la mañana, en la época escolar, las “blancas palomitas” arrancaban su procesión por el Camino hacia la Escuela N° 26.

La escuela rural se introducía en la comunidad como una necesidad de brindarle escolaridad a los hijos de las familias campesinas, acercándole a través del aula, los conocimientos, la cultura, la historia, el progreso de la técnica y la ciencia que tanto necesitaban los alumnos que vivían en zonas alejadas o apartadas de los centros urbanos. La escuela aparece como un pequeño faro luminoso del saber y de la cultura, enraizándose en los sentimientos de los vecinos.

Los Di Stéfano, los Mielhuerry, los Gandolfo, caminaban cada mañana a clases… Los pibes se enfilaban desde todas partes, incluso algunos cortando campo, por huellas zigzagueantes a pie o a caballo. Los Larragnetta, los Boloqui, los Paéz, los Gaudio, los Garay, los Navas, los Sagardía, y tantos otros  llegaban de aquí y de allá.

La Escuela (que supo estar en la casa donde actualmente está la “Perrera Municipal”), era un edificio pequeño pero acogedor, con techo a dos aguas, construido durante la primera presidencia de Juan D. Perón, en una época de tanto “fanatismo” por la obra del General que luego de entonar la marcha “Aurora” con la que se izaba la bandera, los niños terminaban entonando la “Marcha Peronista”, encabezados por Nélida Peralta Reyes, la maestra de los primeros grados y directora del establecimiento. Esas mismas “blancas palomitas” estudiaban con libros escolares en los que leían, entre otras tantas frases: “Mamá me mima. Evita me ama”, “Los niños visten bien. La Fundación Eva Perón da ropa al que necesita”, “Perón y Evita nos aman”… El Peronismo estaba en pleno auge en el país. Y por entonces Juan Carlos Peralta Reyes, oficiaba como Comisionado en el Municipio (y llegaría en los años ’70 a ser Intendente).

Un salón grande, dividido por un tabique contenía a los niños en dos grupos ya que dada la cantidad de alumnos se agrupaban los primeros grados por un lado y los últimos por otro. De los mayores se ocupaba la maestra Leonor Hilda Marchessi de Gutiérrez. Luego, muchas docentes fueron las encargadas de educar a los pequeños y una de las más queridas y recordadas sería Inés Varela de Pérez.

En el caminito de acceso al edificio había una pequeña gruta hecha con piedras, dedicada a la Virgen de Lourdes. Pero hubo un año, a poco de iniciar el ciclo lectivo, en el que un par de alumnos convencieron a otro más pequeño de que debía probar su puntería. Lejos de la conciencia plena de lo que podía significar la “Virgencita”, el pequeño Oscar demostró que tenía una perfecta destreza cuando la partió en varios pedazos de un único piedrazo. Inmediatamente los padres del niño fueron notificados de la travesura y no tuvieron más alternativa que llegarse al pueblo para comprar una nueva imagen y reintegrarla a la gruta de la escuelita.

El 2 de marzo de 1971 la Escuela se vistió de gala para celebrar su aniversario y ser bautizada como “Patricias Argentinas”. En la ocasión participó del acto la docente María Aléx Urrutia Artieda.

“El Sapo” y los caballos…

Junto a los hombres que se establecieron en la zona rural, para realizar una actividad económica que les permitiera sobrevivir, se encontraban aquellos que lo hicieron guiados por su afán de comerciar, favoreciendo con su actividad el afincamiento de los labradores de la tierra. Los almacenes de campo fueron favorecedores de las comunicaciones al ocuparse del correo, ser proveedores de mercaderías, y por sobre todo centros de reunión del poblador rural, que encontraba en ellos el único lugar de esparcimiento y regocijo.

Una de las grandes celebraciones entre el paisanaje eran las carreras de caballos organizadas en el Almacén “El Sapo” de don Pedro Garay. El jockey de la casa era Juan De la Canal, destacado no solo en las carreras de su patrón sino también en toda la zona.

Domadores, con sus redomones y madrinas de pelos variados, tendían sus pilchas, ordenando el carro o la Villalonga de los vicios en el almacén de provisiones, en la huella larga que parecía desdibujarse al tiempo que se enmarañaba entre los pajonales.

La taba, las bochas, los naipes o alguna cuadrera constituían el paso previo a acercarse al mostrador de estaño para tomar alguna copa. Centenares de personas pasaban la jornada distendidos, disfrutando de una armoniosa camaradería que muchas veces tenía algún fin benéfico cuando lo recaudado era donado para la Escuela.

El almacén ya no funciona, pero el viejo edificio aún perdura y marca el límite de una leyenda que recuerda el paso de algún personaje como Catalino Domínguez cuyo destino siempre estuvo ligado a las disputas y los altercados provocados por el juego, las polleras u otras cuestiones. Simples recuerdos que son parte de una historia doméstica que se agiganta con el paso del tiempo sumando a su prontuario la actuación de un joven Horacio Guarany, que cantó para el vecindario en la Estancia “La Celina”, un poco más atrás de “La Severa”, ambas de Ramón Elgar, donde también solían armarse grandes domas.

(Continuará…)

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