PRIMERA PARTE

Recuerdos del “Camino Viejo a Tandil”

RAÚL SANTIAGO GALLARDO
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RAÚL SANTIAGO GALLARDO

Por Eduardo Agüero Mielhuerry

 “Caminante, son tus huellas del camino y nada más. Caminante no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace camino y al volver la vista atrás se ve la senda que no se ha de volver a pisar…”

Pero los recuerdos quedan guardados en lo más profundo de nuestros corazones. Quedan grabados a fuego esos momentos en los que fuimos felices, en los que la emoción nos invadió hasta desbordar el alma. Quedan también atesorados esos momentos difíciles en los que tuvimos que decir adiós, en los que no hubo consuelo y nos dejamos llevar por las lágrimas.

El pasado nos cimienta. Nos hace lo que somos. Somos pasado y presente proyectando un futuro. Y nuestra historia comienza con un pequeño paso sobre un camino que supo de penares y alegrías, que preserva anécdotas simples pero ricas para el espíritu. Hoy es el “Camino Viejo a Tandil”, sin embargo, supo ser “joven”, vital y medular para el desarrollo de un montón de personas y sus vidas rurales.

Todos a la Feria

Un movimiento particular de gente se generaba en torno a la Feria de Miguel Ángel Castellár (en la esquina misma del camino a Tandil y la Ruta Nacional N° 3). Varias decenas de corrales llenos de animales eran la postal sin igual de los días 12 y 24 de cada mes. El remate feria tuvo su máximo auge en los inicios del siglo XX, cuando las condiciones socioeconómicas del país favorecían en gran forma el negocio ganadero.

Cuando se anunciaba un remate, el movimiento de tropas, tropillas y cencerros llenaban los atardeceres de aquél sector tranquilo. Grandes polvaredas y los ladridos de leales colaboradores de arreos constituían el preludio de lo que era prácticamente vivido como una fiesta.

Mozos de la firma martillera, “escribientes” como los llamaba el paisanaje, se ocupaban de ubicar la hacienda en chacras y pastoreos de los alrededores.

A las tropas grandes había que separarlas en lotes en lugares del local especialmente destinados para ello. Una vez efectuado el remate se reorganizaban las tropas y los arreos comenzaban a dirigirse a sus destinos. Los que se dirigían desde la zona de cría a las de invernada, al trasladarse difundían los precios obtenidos, datos que pasaban a convertirse en la referencia para las futuras operaciones. El traspaso masivo del arreo y el ferrocarril al camión jaula se sitúa promediando la década del ’50, aunque ya se veían esporádicamente desde fines de los ’30.

Mucha gente circulaba por aquellos sectores y alguna tarde llamó la atención de varios una pareja de hombres, de los cuales uno iba en silla de ruedas y el otro, con afanosa simpatía llevaba a su amigo de aquí para allá buscando contacto con la paisanada. En diálogo amistoso no tardaban en pedir alguna “limosna” para poder comer y seguir viaje para vaya uno a saber a qué destino. Y claro, entre la gente de campo, la cordialidad no era nunca dejada de lado y más de uno echó mano al bolsillo para ayudar…

Sin embargo, más de uno se vería vulnerado en su buena fe… De golpe uno de los arrieros dio la voz de alerta ante un toro embravecido que arremetió contra los alambrados. El animal, que parecía no estar dispuesto a ser rematado, logró escaparse en medio del revuelo de aquellos que se aprestaban a la compra de hacienda. Mas quiso el destino que el animal arremetiera contra el hombre que marchaba en silla de ruedas empujado por su amigo… El griterío alertó a la pareja y ninguno de los dos dudó en salir corriendo… La silla de ruedas quedó abandonada en medio del camino. No fue magia, no fue un milagro. Eran estafadores.

Al caer la tarde, cuando los negocios habían concluido, los colaboradores de la Feria culminaban su jornada laboral reuniéndose en torno a un fogón, para compartir un asado, y compartir historias de los más variados tintes, algunas de cuchilleros, teñidas todas de amistad y hasta gualichos y brujerías. Los mugidos entrecortaban de tanto en tanto las charlas y luego la calma pasaba a gobernar, hasta que despuntaba el alba nuevamente y había que terminar la tarea de traslado de hacienda. Y la Feria volvía a la calma… y José Gandolfo, su casero, volvía al mantenimiento rutinario…

Colectivos y lecheros

Pero el camino a Tandil continuaba con su incesante trajinar. Los colectivos de “El Rápido”, que salían desde el Argentino Hotel (Yrigoyen entre Colón y Rivadavia), donde de alguna manera funcionaba la terminal y la boletería –ya que la Estación Terminal de Omnibus “Francisco Toscano” aún no existía-, partían hacía diferentes rumbos, entre ellos la vecina ciudad serrana. En consecuencia, ante la carencia de otros medios, muchas veces eran abordados por los vecinos como si se tratasen de colectivos urbanos, pagando un módico pasaje.

Bien temprano, apenas se terminaban las tareas de ordeñe, los lecheros salían con rumbo a la ciudad, a cumplir con el reparto de leche cruda. A tranco firme, como calculando el tiempo del reparto, los caballos tiraban de los carros en un peregrinar rutinario. En cada hogar en los que brillaban los tarros de aluminio en la puerta o donde debían golpear las manos para que alguien lo reciba con una olla, los lecheros dejaban un par de litros de leche fresca con pocas horas de ordeñada… También, de vez en cuando, andaban con quesos o ricota. Varios se ganaban “el mango” con esta tarea, pero eran los de mayores clientelas Jacinto Cladera, Luis Boloqui y Adolfo y “Minino” Héctor Sagarna.

(Continuará…)

 

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