Reflexiones amorosas ante la pérdida de un hijo nuestro

Para Daniel Vaca Narvaja Bidegan
 Compañeros siempre y de antigua data, amigos en las buenas, hermanos en las malas, queridos míos de los que más he querido y los que más quiero:
Me pregunto cómo decirles el consabido “acompaño en el sentimiento” si no me alcanza la razón para entender ni el corazón para doler lo que mi espíritu ante la noticia atroz padece.
Apenas me da el ingenio y el pobre consuelo de la lengua para acompañarlos, de lejos, simbólicamente y desde la rigurosa –y limitada- dialéctica del abecedario.
El hecho es inaudito y asombroso. Ante lo nuevo, no sólo sufriré con ustedes; yo también estoy aprendiendo. En medio de la pena agradezco por el favor de que casi alcanzo a presentir lo inimaginable, lo distante, lo imposible; la dimensión sobrehumana de un alumbramiento que se frustra en el cenit de la existencia.
– ¡Nació varón! Celebró a los gritos Daniel.
– ¿Qué nombre le van a poner?
– El mejor nombre del mundo: DANIEL.
Hoy, aquel padre jubiloso reconoció, casi subrepticiamente, el cadáver de su hijo (bello y expresivo el rostro cerúleo, un metro ochenta, casi noventa quilos de humanidad turgente) en la morgue de Calamuchita.
– El asma se cobró una vida más. En la plenitud de la audacia. Tronchando el inescrutable futuro de un hijo de tigres.
La tragedia. Lo impensable. La negación del orden lógico de la vida: es a contrapelo que un hijo muera antes que sus padres.
Una contradicción con la naturaleza, la humana, la universal, la que creó Dios, dicen, y la que nos gobierna y la que está en riesgo, y porque la amamos cuidamos con esmero, a ella, en su grandiosidad, y a cada una de sus criaturas, en su atómica inmensidad.
En medio de esa épica de la vida, también, a veces, la naturaleza nos acosa con feroces insidias. Que un hijo muera antes que sus padres es antinatura, es una puñalada a traición y por la espalda.
Murió Danielito Vaca Narvaja Bidegan. Un absurdo de la inteligencia. Un abismo de la imaginación. Un esperpento de la especie.
Decirles que me duele ¡es tan poco! que sólo atino a sufrir por mi propia cuenta la inexorable y bárbara verdad. Y me lleno de interrogantes.
Como nunca podremos entenderlo, allí saldremos, alta la frente, caliente el corazón, atenta la inteligencia, a seguir viviendo. Y a pelear por el futuro venturoso que inexplicablemente Danielito no conocerá, pero intervendrá con su entusiasmo desde el paraíso donde van los inocentes y los valientes.
La vida nos compensará; eso es lo único seguro.
Mi más sentido pésame, Daniel y Gloria.
Un gran abrazo.
-Ernesto Jauretche

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