A LA MEMORIA DE JUAN MIGUEL OYHANARTE

Se presenta hoy el libro “Salpicones de madrugada”  

El periodista y escritor Marcial Luna es el autor de este homenaje al prócer del periodismo azuleño, Miguel Oyhanarte. En él, desarrolla sesenta años de historia del “Viejo”, una eminencia en este diario. El libro, que la comunidad local va a amar, se presentará hoy a las 19 en la sede de la AECA.

Juan Miguel el “Viejo” Oyhanarte en su escritorio. Sus cosas, su expresión al concentrarse y sobre todo su máquina de escribir.

Por Laura Méndez, de la Redacción de EL TIEMPO

¿Cómo no recordar al “Viejo” Oyhanarte?. Quienes trabajamos con él sabíamos de su excelente labor periodística, antológica en la historia de EL TIEMPO. Yo sólo llegué a leer sus “baldosas”.

¿Cómo no recordar su picardía?, ¿su pasión por los archivos?. Miguel era una ‘rata’ de biblioteca, un compañero bondadoso, siempre sugiriendo, corrigiendo, a veces de manera amable, otras… no tanto, pero ello era invaluable. Sus lágrimas en los ojos cuando hablaba de Blanca, su esposa, sobre quien él decía “¡cómo me aguantó!” destacando su rol de mujer, compañera y madre.

Esa mirada cómplice que compartíamos, contándome anécdotas de cuando entró a trabajar en este diario, cómo era todo antes, las largas noches escribiendo en la Remigton, parte de nuestra banda de sonido interno en horario vespertino, hasta que un día dejó de sonar.

Tantos recuerdos… y muchos de ellos aún con plena vigencia; aún se respira el aire de ese “no sé qué” que emanaba el “Viejo”.

Juan Miguel Oyhanarte, su historia, sus fotos, era -como dice el colega Carlos Comparato– “Un libro necesario” (VER RECUADRO).  ¿Cómo no plasmar esos recuerdos, esas imágenes?. Y en pos de ello, movilizado tal vez por ese mismo interrogante, tuvo la grata y ineludible iniciativa Marcial Luna, un periodista que trabajó casi veinte años con él.

Esta obra está prologada por Carlos Comparato, otro de sus compañeros de tareas en EL TIEMPO.

El libro de Luna se titula “Salpicones de Madrugada”. “A  la memoria del querido “Viejo” y otros tantos escritos en EL TIEMPO”, dice la invitación. La presentación tendrá lugar hoy a las 19 horas, en la AECA.

A continuación entrevista con el autor de “Salpicones…”, Marcial Luna.

La tapa del libro de Marcial Luna. La cita infaltable es hoy a las 19 en la AECA.

 Recuerdos…

-¿Se acuerda el momento que conoció al “Viejo”? Cuál fue tu primer impacto?

-En realidad, Miguel me conocía desde que nací. Mi padre trabajó desde los dieciséis años en el ´Diario del Pueblo` y, desde que yo era muy chico, se compartían todos los años cenas o almuerzos por el día del periodista o del gráfico. O la celebración de fin de año, a la que asistían periodistas y gráficos de Azul, con sus familias. Así que, en ese contexto, conocí a Miguel Oyhanarte. Distendido, de buen humor y, al igual que mi viejo, con miles de anécdotas que refrescaban juntos en esos encuentros. Cuando ingresé al diario, ya hacía mucho que conocía a Miguel.

-¿Cuántos años trabajó con él?

-Casi dos décadas. En algún aspecto fue extraño, porque cuando ingresé como redactor, Miguel era jefe de Redacción. Me sugería temas, corregía los textos; pero terminé yo, mucho tiempo después, a cargo de la Redacción, organizando la actividad periodística diaria. ¿Y cómo le iba a exigir una nota al “Viejo”?. Era extraña esa situación para mí, muy incómoda. Bueno, por suerte se resolvió naturalmente. De la misma manera que él enseñó a “sugerir” más que a imponer, yo le terminaba diciendo algo más o menos así: “Viejo, tengo dos columnas a completar. ¿Se le ocurre algún tema? ¿Tiene algo en el tintero…?” (risas). Y sí, siempre tenía tema. O cuando por alguna razón se pegaba el faltazo el editorialista, casi al cierre de la edición, orillando la medianoche, yo llegaba hasta el escritorio de Miguel y prácticamente le imploraba: “Viejo, no hay editorial. ¿Podrá hacerme algo?”. No sé, pero a lo sumo diez minutos después se me acercaba con el editorial escrito y corregido. Un texto coherente, impecable. O cuando encarábamos algún suplemento especial. Yo le decía: “Miguel, ¿quiere escribir algo para el suple?. Lo que quiera o tenga ganas”. Y venía, dos o tres días después, con unos textos extensos a veces, otras no, pero igualmente profundos, de carácter histórico inclusive, muy precisos; material que puede consultarse en los archivos del diario, o en la Hemeroteca.

-¿Cómo lo definiría o cómo lo definió en el libro (me refiero a lo personal) y también periodísticamente?

-El libro no es una biografía. Sólo refiere aspectos de su trabajo periodístico. Le hubiese disgustado una biografía. Eso siempre lo tuve en claro. No le gustaba hablar de él. Pero le busqué la vuelta y lo embromé (risas). Me concentré en sus escritos, no sólo en las “Baldosas Flojas”, porque no fue lo único que escribió en el diario. Su trabajo fue mucho más amplio, por lo que tuve que relevar más de 22 mil páginas de la “producción Oyhanarte”. No hay definiciones, en ese sentido, pero en una nota reciente en este diario escribí que fue “el cronista del pueblo”, el pasado 7 de junio. Sigo sin encontrar un encuadre mejor para el caso de Oyhanarte. Así que mantengo ese titular para él.

-¿Qué significó en su vida?

-En esa época pasábamos muchas horas en el diario. Desde la mañana hasta el cierre; es decir, con suerte nos íbamos a la medianoche. Era mucho tiempo para aprender de él, afortunadamente. Por suerte lo aprecié en el mismo momento. Un padre, en algún sentido también, desde lo laboral, porque era el mayor referente en la Redacción, el tipo que tenía las respuestas o, al menos, los indicios que le requería como redactor, prácticamente a diario. Me incentivó a concluir mi carrera de Historia y el día que me recibí estaba muy orgulloso. Escribió un suelto en el diario donde se denota eso y me regaló un libro de Bayer sobre los anarquistas expropiadores, con una dedicatoria especial. Él amaba los libros y valoró siempre el estudio, la lectura. En definitiva, incentivó a la clase trabajadora al esfuerzo por progresar a través de la educación. En el libro, cito varios de sus textos sobre ese tema, porque fue una constante en su trayectoria periodística.

-Además de una relación laboral, imagino la personal. ¿Cómo era?

-Nos vivíamos peleando, desde el primer hasta el último día (risas). No, en realidad la relación fue de lo mejor. Insisto en que me conocía de niño, apreciaba mucho a mi viejo y eso ha influido también. De no haber existido esa relación dentro del diario, óptima diría, creo que Miguel no me hubiese “sugerido” grandes temas, más allá de lo cotidiano. Algunos resultados los alcanzó a conocer, como la investigación en torno al fusilamiento del sindicalista Chaves, o el extenso informe sobre Heinrich, el artillero nazi que vivió y murió también, aquí, en Azul. O cuando me “sugirió” que me hiciera cargo de la biografía del exintendente De Paula, que se publicó en unas ocho páginas del tabloide.

Cuando apareció la primera versión impresa de “Chaves”, con la edición del diario, esa mañana el “Viejo” se me acercó y me dio un par de palmadas en la espalda. Yo pensé que me iba a ligar un par de patadas (risas), pero no, solamente me dijo: “Buen trabajo, buen trabajo”. Y para mí fue el mejor aliciente, porque entendí que no lo había defraudado. Había sido uno de los temas que me “tiró” sobre la mesa para que me metiera de lleno. Y fueron dos años de investigación, nada menos.

Con el tema del ataque guerrillero al cuartel de Azul lo mismo. Pero me llevó muchos años más. No lo llegó a conocer. El resultado se publicó recién en 2016 y él falleció en 2009. Mis cuentos también, le di algunos para leer y le gustaron. De hecho, se publicaron en la edición que hacíamos para la ciudad de Saladillo. Siempre me estaba regalando libros, que eran suyos, que tienen sus marcas y que conservo con el mayor afecto. Y me estimuló con mis novelas, que pronto se publicarán. Es decir, te aplicaba los correctivos necesarios, pero te empujaba hacia adelante. Nunca me dejó de incentivar. Por eso entiendo que este libro que estamos presentando, era algo así como una asignatura pendiente que yo tenía con él.

-En cuanto al libro ¿cuáles son sus objetivos principales para con los lectores?, ¿Contiene fotografías?

-No tiene grandes pretensiones, porque él no las tenía y, en definitiva, el libro refleja a Oyhanarte por escrito. Miguel siempre miró la totalidad, no se extravió en una reducción. Por eso sus escritos, en “baldosas” y las demás secciones que redactó, son miradas profundas y precisas del mundo y del país. Recién entonces bajaba al nivel local. Es decir, es difícil explicar un proceso como el inflacionario sólo atendiendo a lo local. Él lo planteaba desde lo macroscópico, de una manera muy inteligente, y recién entonces bajaba al plano azuleño. El libro, sí, contiene fotos inéditas, cedidas por su familia, y páginas color con buena parte de su trayectoria como futbolista, en Villa del Parque.

-¿Faltan más “Oyhanartes” en Azul? ¿Por qué?

-No soy quien para decirlo. Sólo hablo por mí. Yo siento que me quedé sin un referente fundamental, porque no era sólo Miguel. Era él y su archivo, que atesoraba muchas respuestas. El periodismo siempre atravesó etapas de transformación. Actualmente se registra un proceso de transición. Ya se visualizan nuevos formatos, pero la esencia seguirá siendo la misma: el periodista en contacto con la gente, con su pueblo, ocupándose de sus problemas y escribiendo sobre ello. Así fue Oyhanarte y hoy seguiría igual: escribiría sus notas en una máquina mecánica para que alguien, después, la terminase volcando a alguna plataforma digital, por ejemplo en El Tiempo online. Pero la esencia de sus notas sería la misma, la que nunca perdió.

Podía escribir un extenso artículo o bien un suelto de diez líneas, porque sabía adaptarse. Su archivo personal, en papel, debe protegerse. Hoy, en otros diarios, es el punto de partida para el denominado “periodismo de datos”. Cuando me refiero al “legado Oyhanarte” apunto a eso: es un patrimonio cultural que no debe extraviarse.

-¿Se refiere a su familia en el libro?

-Para Miguel fue muy importante toda su familia, naturalmente. Pero su padre, Dionisio Oyhanarte, fue quien le inculcó la pasión por la tinta y el papel. La primera parte del libro se refiere a ese aspecto.

Un libro necesario

Por Carlos Comparato

Sumergirse en la obra periodística de Juan Miguel Oyhanarte es un enorme desafío y Marcial Luna, profesor de historia, investigador y ex periodista de este diario, lo asumió. Hay libros que son necesarios y éste, que refleja una etapa del inconmensurable trabajo del querido “Viejo”, como lo terminamos llamando en la redacción bajo la  simbología del homenaje, es primordial para entender una época de un Azul que ya no existe y de una forma de hacer periodismo que quedó en los anaqueles.

Detrás de los personajes con los que suscribía sus notas estaba su pluma inconfundible. Era un agudo observador de lo cotidiano, de las pequeñas misceláneas a las que les daba un contenido mordaz, insinuante, trepando mañanas y amaneceres con su Juan Pisacalle, uno de los tantos seudónimos con los que firmaba sus artículos. Pero su columna “Baldosas Flojas” con el agregado “Salpicones de madrugada” fue una marca que identificó a El Tiempo. Resultaba el espacio ideal para el librepensador y empedernido lector, cooptado por la bohemia y su socialismo utópico, tiritando abrazado a la Remington en las noches frías de un tiempo que ya no es. Como los interminables intercambios en diversos tonos en derredor de su escritorio por cuanto personaje o personalidad, como se lo quiera denominar, merodeaba el diario. Miguel tenía como un imán pero nunca elevaba la voz, no ordenaba, insinuaba a una redacción que, en muchos casos, iniciábamos el camino de “laburar” de periodistas.

Marcial Luna reúne en este primer volumen una parte de esa frondosa historia desde el origen hasta la década del 70 y merece ser leída para poder comprender. Y de eso se trata: comprender. Una época, un periodismo, una sociedad. Irrepetibles, es verdad, pero que signaron el porvenir quedando impresos para siempre en las páginas de El Tiempo.

 

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