SE VINO EL ESTALLIDO

Pasó tanto tiempo del último festejo en el clásico, pero el recuerdo de cómo se celebra no se marchitó. Por la 8º fecha del torneo de la UROBA, Azul Rugby Club se impuso a Club de Remo y vuelve a adueñarse de la histórica rivalidad azuleña.

Balas que pegan en el palo. Maddío y una muy clara chance que no pudo convertir. ARC ganó el clásico.GENTILEZA ARC
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Balas que pegan en el palo. Maddío y una muy clara chance que no pudo convertir. ARC ganó el clásico.

Se la edificásemos verticalmente, alta, muy alta, altísima era la racha oficial de victorias que Remo mantenía sobre Azul Rugby; una saga de triunfos en el clásico extendida por años. Esa misma dimensión, esa portentosa construcción de alegrías consecutivas, es la que ahora atruena al destruirse (que no es lo mismo que olvidarse, claro).

La 8 fecha del torneo de la UROBA citó a los antológicos rivales vernáculos entre las haches del Molteni. Remo asistía al clásico con aspiraciones de dar caza al líder Onas, rival de Estudiantes en la fecha. Las ilusiones borrajas, en tanto, se alimentaban de nutrientes más modestos: volver a sentirse fuerte como equipo, competitivo, y aspirar a la suma de puntos para que los octavos sean un futuro accesible. También los diferenciaba las necesidades en cuanto a la historia íntima: los remeros pugnaban por alargar esa fiesta que en cada clásico se estiraba un poco más; los blaugrana, necesitaban de una  buena vez que la fiesta cambiase de avenida, Urioste en lugar de Pellegrini.

En pos de esa “mudanza” fue que Azul Rugby no resignó segundos para comenzar a implementar el “operativo clásico”; no dejaba pensar a los rapiditos visitantes, las patadas estaban a la orden del día y, constantemente, luego de ellas llegaban los ataques de sendos bandos, como también los rucks, quizás el tercer invitado a esta tarde de clásico azuleño.

El local funcionaba como ingeniería helvética, consustanciado de una manera especial, dispuesto a que Remo no consiguiera expandir sus fantasmas por todo el sur. A los treinta minutos, una buena jugada terminó casi enfrente de los palos con un penal; Maddío convirtió para el 3 a 0.

Hait, de ala, se desprendía justo para cortar a cuanto remero le pasase por su sector, ventura que viose interrumpida cuando una lesión en el cuello lo hizo abandonar el partido. El primer tiempo se despedía.

El segundo tiempo fue mucho más trabado, arremolinado y, quizá, menos digerible a los ojos no tan presos de las pasiones.  Club de Remo cambió la primera línea e izó como bandera al gran Toto Chiodini; así las cosas se emparejaban en los “gordos”, los lines se seguían dominando en lo alto y los rucks eran dignos de admiración. Pelotas robadas de un lado, recuperadas del otro, juego rápido, poca participación del juez y puntada tras puntada: las piernas quedaban gastadas y los cuerpos, magullados.

Maddío tuvo una muy notoria oportunidad con un penal, poco alejado, que dio en el palo. Aunque resulte difícil de creer, el tensionado silencio era tal que el sonido del pelotazo en el metal se distinguió con una nitidez perfecta.

El elenco visitante no practicaba la resignación y frente a un resultado todavía chico, agotaba sus caminos para propiciar puntos. ARC no sabía usufructuar las chances que surgían dentro de las cinco de Remo, y comenzaría a lamentarlo.

Faltaban Ocho minutos cuando se armó una tremenda jugada: no llegó a tapar el ataque Pérez y los gordos –tras esquivar la muy buena defensa que venía proponiendo Julián Acosta– llegaban a anotar de la mano de Chiodini hijo, el try que le daba el 5 a 3.

¿Otra vez la paternidad remera iba a devorarse el plato de anhelos borraja? Se sucedieron momentos de mirada al piso, de temor creciente, de corazones latiendo a bajas revoluciones. Todo ese humo comenzó a disiparse merced al viento que el propio juego volvió a soplar. Presión borraja, penal a poco de la mitad de la cancha y Maddío que pidió a la H. La guinda comenzó a volar y cada centésima se hizo hora entre los azulgranas (los de adentro y los de afuera); la pelota avanzaba, si hasta las tortugas se impacientaban, y el primer estallido se escuchó: misión cumplida y explosión sureña en el festejo.

A poco más de tres minutos, ya casi con la certeza que en el sur comenzaba a modificarse la historia de los últimos años en el clásico, y Marateo que pisó de un lado, pisó del otro, buscó el hueco y se tiró de cabeza, pegado al banderín.

El 11 a 5 dejaba todo cerrado y el partido terminaba. Y mientras la montaña sobre “Mechi” comenzaba a dejarlo respirar, los vencedores del clásico pudieron ver cómo ese edificio de racha negativa, de tantos pisos como de partidos perdidos, comenzaba a derrumbarse. Y para Azul Rugby Club fue el estallido más hermoso del mundo.

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