Ser vecino periférico en Azul ¿es ser kelper?

Por “Tercera posición”

Si hay un lugar ingrato en nuestra ciudad para ocupar como vecino es pertenecer a una comisión vecinal. Primero lo critican los de afuera (llámense políticos o ciudadanos “ilustrados”,  y luego hasta los de adentro del vecindario, los que miran desde la ventana de su casa las cosas que pasan en el barrio, pero no atienden la puerta cuando se los va a buscar para que ayude en encontrar soluciones.

El destrato que sufren de parte de todos ellos no es viejo ni nuevo, no importa la gestión de gobierno, es de siempre. Incluso a los medios de comunicación les cuesta caminar las calles de los suburbios, más allá de la predisposición que muestran con los vecinos a la hora de cuando estos se avienen a visitarlos a los propios lugares de trabajo, o los invitan a realizar algún recorrido.

En realidad la formación de las comisiones vecinales no deja de ser el resultado directo de venir a ocupar un hueco que por impericia y desidia deja el espectro político, ejecutivo y legislativo, inclinado a satisfacer a los vecinos más “céntricos” por sobre los más “periféricos”.

Y sin que de esto escape ningún barrio, es especialmente notorio el abandono político hacia quienes habitan en calles de tierra o detrás de las vías o el arroyo.

Es casi rayano a la discriminación. Y tan irrisorio lo que solicitan estos que debería al menos sonrojar a quien, o quienes, tienen las herramientas para llevar adelante las soluciones y no las llevan a la práctica, pero si intentan sacarle algún rédito político. Sirva como ejemplo la disputa pública entre dos concejales por la creación de un Parque Cerealero que libre a los pobladores de Villa Piazza Centro y Sur de la problemática de salud que acarrea el venteo de cereales, y el propio tráfico que la llegada de estos en camiones origina a dicha zona.

Lo concreto de los pedidos, y a la vez sencillos en la realización, pasan por resolverles al vecino problemáticas de su vida diaria. Ni tan siquiera solicitan medidas de fondo, como asfalto, centros de atenciones de salud, sub comisarías o descentralización de oficinas públicas.

Cada vez menos escuchados, los vecinos “apenas” si se circunscriben y preocupan en solicitar más iluminación por razones de seguridad, que la policía “pasee” un poco más seguido por los barrios, que le tapen los pozos, que se ocupen las autoridades de los terrenos baldíos o que le desmalecen algún baldío.

Y ni eso, ni tan siquiera con eso, se les cumple. Apenas si llega alguna “curita” cuando la protesta vecinal se traslada a los medios de comunicación.

Cada vez que los vecinos, a través de su propia mini organización –el Plenario de Comisiones Vecinales- intenta expresar lo que les pasa en cada uno de sus barrios, tratan primariamente de juntarse con autoridades del ejecutivo o del legislativo y no cortarse solos. Y en cada uno de los intentos reciben el cachetazo de la indiferencia por ausencia de los mismos, o cuando logran la concurrencia de algún actor público, la archi repetida respuesta que reciben es: “tenemos que hacer entre todos una agenda de trabajo hacia adelante”. ¿Para qué?, si tanto funcionarios como concejales conocen perfectamente los problemas de cada barrio. En otras palabras, acallan mediáticamente los justos reclamos vecinales, ofreciendo un ficticio diálogo lleno de literatura falsa.

El municipio ya debería tener conformado un archivo especial para guardar las repetidas carpetas presentadas por cada barrio y el propio Plenario, en donde se esbozan pedidos, e incluso lo más importante, propuestas y proyectos.

Quizás sería hora de volver a insistir con que rotativamente algún vecinalista – sea de Azul, Chillar o Cacharí-, ocupe la Banca 19, para aunque más no sea forzar a un edil o funcionario a que se embarre los pies o sufra la angustia de transitar un barrio de día para que vea pozos y malezas, y de noche para que compruebe en carne propia la angustia de no saber que le va a pasar a la vuelta de la esquina.

 

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