CARAVANA HASTA FANAZUL  

Si parecen como doscientos treinta y siete extraños

“Acabo de llegar, no soy un extraño (…). Los carceleros de la humanidad no me atraparán”.

Charly García  

FOTO NICOLÁS MURCIA


 
Por Silvio Randazzo,
de la Redacción de EL TIEMPO
srandazzo@diarioeltiempo.com.ar
–“Acabo de llegar, no soy un extraño”. La caravana comienza a dibujar una suerte de visera en el ingreso a FANAZUL, a medida que la larguísima hilera de vehículos desobedece la conducta rutera y se desperdiga en decenas que pugnan por hacerse un lugar en las banquinas de la bacheada Ruta 80. Bocinazos, banderas al viento, aplausos, abrazos. Son las 11.25 y los fabriqueros acaban de llegar, por enésima vez, al portón de ingreso, portón que se dibuja como el primer símbolo infausto en esa geografía campera para los trabajadores y las trabajadoras que en familia, con amigos, con azuleños a los que siquiera conocen, buscando entender y no ahogarse en impotencia.
“Y yo los miro sin querer mirar”. Ojos tristes barren el lugar con miradas agrias. La policía –apostada al otro lado del portón– trasluce pequeños gestos de inquietud. Cuidan algo que nadie quiere maltratar. Las miradas fabriles se extienden en su pretensión bien adentro, fabricando escenas cuyos secuestradores conocemos. A quienes el pudor gana, ensayan pequeñas piruetas para disimular la tristeza, pero casi todos no proponen resistencia a los pesares, a los impulsos (pareciera que en esta experiencia doliente, en los fabriqueros el llanto es un código fraternal que se impone a los pudores).
–“Y siento un aroma poco familiar”. Una de las mayores perversiones que surge de este estado de las cosas en torno al cierre de FANAZUL, es que sus trabajadores se sientan extraños, ajenos, impropios de ese lugar. El poder llegar sólo hasta la puerta, el cordón policial reforzando la frontera infranqueable, genera en ellos (Cacace lo destacó en su alocución ayer) un sensación de no ser de ahí, de no pertenecer, de ser un extranjero en su propia casa. Claro que la sensación es pasajera, pero mientras perdura tiene el tiempo necesario para corroer el ánimo. Una de esas personas que tiene que cargar con esa pasajera sensación de extrañeza me cuenta que, por momentos, cree estar en un muy mal parido sueño. “Todavía no lo puedo creer. Venir acá, venir en caravana y no en el colectivo a trabajar, llegar y quedarte del lado de afuera, con toda esa policía ahí custodiando… No somos invasores”.
La pertenencia, ese vínculo que hubo de forjarse durante décadas en algunos casos, basamenta el pedido de restablecimiento de las fuentes laborales. En eso ocupan sus horas casi todos los fabriqueros, en pedir volver a trabajar. Y de momento esto está siendo negado en nombre de la “improductividad” de la fábrica y una “mejor administración del Estado”. Claro que los que ven improductividad y despilfarro en FANAZUL, son los mismos que gastan casi 236.000 pesos en una palmera (es obvio que esa suma no altera un ápice la caja del Estado, pero simboliza casi con hermosura la incoherencia del mensaje).
La pertenencia –me dice otro trabajador, con 15 años en FM– “es algo muy grande. No te das una idea cómo, una vez que empezás a trabajar acá, la fábrica se te mete en tu vida. Tengo casa, auto…”. Lo que no alcanza a decirme, lo que la impotencia expresada en lágrimas le impide contar, es que gracias a FANAZUL tiene, también, una clase trabajadora a la que pertenecer.
–“Desprejuiciados son los que vendrán/ Y los que están ya no me importan más”. Se sueltan palomas y globos, Cacace acota que las primeras simbolizan la paz de este reclamo y que los segundos, la esperanza de una resolución que dignifique la necesidad de sus compañeros. La esperanza (como Galeano lo decía de la utopía) es útil para seguir caminando. Pero no en todos los fabriqueros anida con la misma efervescencia. “Hay algunos compañeros que están buscando trabajo, que meten alguna changa. Tienen familia, yo no los culpo. A mí me cuesta resignarme, me cuesta creer que ya no voy a trabajar aquí adentro”.
Los globos vuelan alto, son globos de color azul, como el corazón fabriquero, como la ciudad que, en buena medida, abraza este pedido de no cierre de FANAZUL. Pero no son lo mismo: los globos se pinchan, se desinflan y abandonan su errático derrotero aéreo. Los trabajadores se abrazan, se agrupan y cantan que van a volver. Al menos en la ventosa mañana de domingo, esa voz en cuello aturde más que el silencio del Estado (de los estados), acalla los rumores oscuros y cobardes que les impregnan la Marca de Caín de la “haraganería”. Esos, esos ya no importan.
–“Los carceleros de la humanidad”. Alimentar la ilusión es una necesidad, pero ¿en manos de quién se yergue esa ilusión compartida? El Estado local se presenta ante los estados provincial y nacional (los tres, de Cambiemos).  Resulta que la decisión de cerrar la fábrica es del Estado Nacional, decisión ante la cual no ha intercedido la gobernadora bonaerense, decisión que el intendente azuleño negó cuando la campaña electoral era la moneda de cambio.
Estos estados impugnan lo que refieren como irresponsabilidad y la ambición proselitista del kirchnerismo, que habría poblado FANAZUL de favores políticos. No hay acuso de recibo. El interventor de FM, Luis Riva, designado por el actual Gobierno Nacional, enfatiza que la decisión de cierre está tomada, que el pueblo de Azul debe “asumir” los despedidos. No reconoce vocaciones ni sentido de pertenencia: si no es en FANAZUL, los fabriqueros tendrán que reconvertirse en “canteros”, “mineros” o “costureros” (si acaso alguna vez se instalase una fábrica de ropa en la ciudad). El ministro de Defensa, Oscar Aguad, intercede con tanta impronta que hace que todos reclamen por él.
Mientras el Estado continúa mojando la pólvora y en FANAZUL los propios tienen que aclarar que no son extraños, cabe un escueto interrogante: ¿Y los trabajadores?
 
 

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