NOTICIAS DE GENERAL ALVEAR  - ENFOQUE

Siempre mujeres

Escribe Lis Solé.

Mujeres… Mujeres en los todos los tiempos, con pasado, presente y mucho más futuro. Como en casi todos los lugares, en General Alvear su papel ha estado en un segundo plano y llevaron una vida complicada y nada sencilla para seguir adelante pues el sistema patriarcal  limitó su trabajo al hogar. Sin embargo, fueron y serán el sostén y guía de muchas familias.

La abuela Lucía, en realidad mi bisabuela paterna, nació en Italia en 1869 en Orsogna, Chieti, un pueblito precioso situado frente al Mar Adriático… La abuela seguramente escuchaba el mar cerquita entre los cantos en italiano de su mamá María Antonietta Garigliani. Del otro lado, por el oeste, veía las altas montañas cubiertas de nieve. Se casa con Antonio Iocco y tienen dos hijas pequeñas, pero la situación cada vez es más complicada en Italia.

A pesar del hermoso paisaje, de la gran familia, como muchos italianos la pareja debe dejar su país. Familia de agricultores, la producción de las chacras no alcanzaba para vivir y el hambre y las enfermedades eran muchas. Casi desesperados,  debieron subirse a los barcos y partir hacia Sudamérica en busca de comida y trabajo digno. Seguramente fue difícil animarse a llegar a la Argentina sin dinero ni comodidades, con otro idioma y costumbres, pero donde la vida parecía tener valor.

El matrimonio decide separarse: primero viene Antonio, más tarde, su esposa, Lucía, en 1899. Con 30 años, madre ya de dos niñas, Serafina de tres y María Dominga recién nacida, viaja en barco. Parte del Puerto de Pescara, ahí cerquita de Chieti. Contaba su nieto Rubén Pinciroli  que el viaje fue largo (más de un mes estaban arriba de los barcos cruzando el Atlántico) y la inseguridad mucha: Lucía mantenía a sus hijas de la mano por temor a que se las robaran.

Por fin,  llega a Buenos Aires el 31 de julio de 1899 sin las maletas que desaparecen misteriosamente en el puerto. El matrimonio Iocco-Sorgini se instala en General Alvear, en la quinta de Luis Moya situada en la calle Belgrano, donde construyen una casa alta encima de una loma, enfrente de la actual pista de ciclismo, con una laguna a un lado y un monte grande del otro, que estuvo hasta hace poco (ahora construyen ahí un supermercado). Antonio se dedica a la chacra y a la quinta, ejerciendo el oficio que registra en Inmigraciones y que trae de su lejana Italia: verdulero. La vida transcurre.

Nace en Alvear la primera nena argentina, en 1905, Filomena “Minucha” Iocco, que contrae matrimonio con Federico Policani. Viven en una propiedad ubicada al norte del pueblo, cerca de la familia de Linos González. Durante años se ocupa de la quinta con la que abastecía de verduras al pueblo con su sulky. Uno de los ocho hijos de “Minucha”, Abel Policani, recordaba cuando esperaba a su padre con la tranquera abierta cuando venía del reparto.

Al año siguiente, en 1906, cuando Lucía tenía 37 años, nace mi abuela María Iocco, esposa de Fermín Solé, hijo del lechero catalán don Pedro Solé. María y Fermín trabajan denodadamente en el tambo. María, a pesar de tener siete hijos, se levanta temprano todas las mañanas y sale a las cuatro de la madrugada a ordeñar las vacas, leche que su marido repartirá durante años a caballo y carro por el pueblo.

Tres hijas más tendrá Lucía: Concepción, Adelina y María Dominga. Concepción, conocida por todos como “Cheta”, nació en 1911, y contrae matrimonio con Romeo Pinciroli, herrero artesanal nacido en Lobos, empleado del ferrocarril, fogonero y mecánico de  locomotoras. Uno de sus hijos, Níver, comienza a trabajar en la sodería de su tío Floro, en 1949, “sólo para probar” pero continúa con la Empresa Fittipaldi hasta nuestros días junto a su prima Edith Fittipaldi.

Floro Fittipaldi, que ya tenía desde 1896 una sodería, algo muy novedoso para la época, contrae matrimonio con la sexta de las hermanas Iocco Sorgini, Adelina, la “Lelo” como todos la llamaban. En los años 20, Floro Fittipaldi es representante de la recordada gaseosa “Bolita”, la cerveza Quilmes y la Naranja “Bilz”. Vivían enfrente de la sodería que en un principio estaba en Pellegrini y Alsina y que, ahora, aún se encuentra en Pellegrini y Lavalle, siendo el negocio de más antigüedad del pueblo.

Serafina, la mayor, que lleva por supuesto el nombre de su abuela Serafina Mastricola, se casa con Pedro Mocchi y se va de Alvear a San Justo, Buenos Aires, donde tiene seis hijos y es la única que deja el pueblo.

Dominga, la segunda de las hermanas, se casa con Enrique Cayetano Rozzi Corridone, italiano, que llega con 14 años a Argentina en 1908 y se casa ahí nomás, a los 19 años con Dominga;  ocho hijos nacen en General Alvear de esta pareja. Viven en una quinta grande que iba desde la calle Hernández hasta la calle Piñeyro, donde actualmente está la casa de Carlitos Cordido y el barrio nuevo. Allí había un huerto con frutales y quinta de verduras que vendía don Enrique Rozzi en el pueblo haciendo reparto puerta a puerta.

Los últimos años, Lucía queda viuda y vive, bien en la casa de su hija Concepción en la calle Irigoyen, entre Belgrano y Gutiérrez (una casa grande que aún está en pie y que fue construida por Romeo Pinciroli), bien en la casa  de Adelina, otra de sus hijas. De tarde en tarde, visitaba a su hija María de Solé y se sentaba en la galería de La Tapera a tomar mate dulce, con mucha azúcar como a ella le gustaba, junto a su nieto más chico, Rodolfo Solé.

Seis mujeres tuvo la abuela Lucía, los siete amores de don Antonio Iocco. Llegaron a General Alvear para armar y mantener a la familia “unita”, en un país de italianos que hablaban español como decía Jorge Luis Borges.

Apellidos que se escuchan en Alvear y descienden de estas seis mujeres: Mocchi, Iocco, Rozzi, Severino, Delía, Mengarelli, Villamarín, Policani, Lavin, Solé, Almeira, Manganiello, Illescas, Fortain, Cartilucci, Gnessi, Pincirolli, Quintana, Márquez, Fittipaldi, Pavioni, Carlomagno, de la Fuente, Alari, Marcos, Spagnuolo, Sivero, Trillini, Ortiz… Impresionante descendencia que Antonio y Lucía no podrían haber imaginado jamás. Mujeres duras, con miradas firmes, muy recias y de rostros castigados… Sus rasgos parecen cansados y sus sonrisas suavemente dibujadas. Mujeres trabajadoras acompañando a sus maridos en las quintas o en el tambo, o divorciadas y con 8 hijos, cuidando solas a su numerosa familia en aquellos tiempos donde nada se podía comprar… Mujeres impecables, mujeres altivas, mujeres ejemplo… Mujeres orgullosas de serlo.

 

 

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