SIGUEN SIN AGARRAR AL TORO POR LAS ASTAS

 

La fugacidad, una de las tantas “virtudes” argentinas, va convirtiendo rápidamente en pasado a la huelga general y al tan encendido como agotador debate que se desató en derredor de ella.

De la decena de paros totales organizados por las centrales obreras argentinas desde que se reinstauró la democracia, el reciente fue uno de los más flojos y un verdadero caleidoscopio que lo hizo, a la vez, uno de los más particulares de la historia.

Ante todo fue convocado por una CGT conducida por un triunvirato atado con alambre y obligado a efectuar una protesta por circunstancias políticas, al que se sumaron dos centrales de centroizquierda en proceso de unificación también por el espanto y no por el amor.

A ellas se montaron las agrupaciones de la izquierda más radicalizada, que fueron funcionales a la jornada de protesta con cortes, piquetes y manifestaciones callejeras.

En cuanto a los participantes, otra vez se oyó la elemental cantinela de que si no hubiera parado el transporte, todo habría sido un fracaso. Nadie pudo (o no quiso) percatarse de que los gremios del transporte también son justamente eso, gremios, integrados por trabajadores que tienen sus demandas y el derecho a practicar la huelga.

Muchos trabajadores se sumaron por voluntad propia, muchos otros presionados y también una importante porción obligados por el simple hecho de que están suspendidos o con vacaciones forzadas por la complicada situación de sus empresas.

También son miles de miles los desocupados, los subocupados y los trabajadores en negro (casi cuatro de cada diez), que aplican a la estadística si se la manipula.

Y ni hablar de los que están estancados, en las banquinas de la comunidad, los que alguna vez fueron bautizados como los “desaparecidos sociales”.

No es correcto, es cierto, introducirlos a todos en la misma olla como partícipes del paro, pero es indudable que forman parte de los que de una forma u otra andan a los barquinazos en el mundo laboral argentino.

También trabajó ese día muchísima gente que comulga con el gobierno, la que corría riesgo en su empleo, la que no está de acuerdo con las consignas elevadas por las organizaciones gremiales, la que discrepa con los sindicalistas, los trabajadores autónomos, los políticamente independientes.

El descrédito de los sindicalistas está fuera de discusión. Para ello alcanzan y sobran pocas líneas. Mucho se sabe y se ha dicho de ellos desde hace largo tiempo.

Pero también es importante contemplar la otra cara de la moneda y el gobierno debe comprender que tiene que saber jugar la pelota cuando está de su lado en el campo de juego.

Envalentonada por la marcha del 1 de abril y por la despareja huelga del 6, la administración de Mauricio Macri y el propio presidente -pero sobre todo muchos de sus seguidores- parecieron interpretar que el sindicalismo está groggy.

El mismo jefe de Estado fustigó en la cara a los propios dirigentes horas antes de la huelga y pidió y se prometió terminar con las “mafias”. Pero a la vez los estaba palmeando y beneficiando con anuncios, como ocurría con Gerardo Martínez, uno de los más ortodoxos y maleables sindicalistas de cuño peronista.

Desde este gobierno, como desde los anteriores, nada se ha hecho hasta ahora para modificar el esquema que rige las asociaciones gremiales.

Y tampoco se ve demasiado entusiasmo en promover la aparición de demasiadas organizaciones alternativas a las ya existentes, aunque la Constitución Nacional promueve la inscripción de esas entidades libremente.

En síntesis, con iguales o distintas denominaciones y colores políticos, unos y otros se siguen corneando como siempre y el toro continúa bramando sin que nadie lo agarre por las astas.

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