Simón Bolívar

Por Adolfo Mirande – Especial para EL TIEMPO

¡Qué buena monta trae el caporal!. ¡Que ni fuera de aquellos regios potros de Castilla, la Real!. Viene de un arreo cabalgando un ruano cabos blancos desde el límite oriental.

Necesita detenerse; y por eso volea la pierna y se baja del caballo.

Cuando pisa el cuerpo blando, la mapanare (1) se enrosca, y con la cabeza en ristre tira como un latigazo la mordida.

Dos pequeños brotes enrojecen la piel de su tobillo y un fuerte ardor le hace contraer el gesto.

(1)Bothrops atrox, mapanare.

Una de las serpientes más venenosa del norte de Sudamérica. El machete parte a la víbora en pedazos y el reptil queda enroscándose en el pastizal entre la sangre, cuando el jinete vuelve a montar. Es un habitante de los Llanos Orientales. El llanero es  el gaucho, el huaso, el cowboy y el charro mejicano. Se siente naturaleza y es lo mismo, para él, la laguna, el brillo del Sol, la fuerza del río, y la tempestad que golpea su rostro al galopar; la intemperie es su lugar. Vuelve a su bohío evitando las horas más violentas del gran Sol de la pradera. El jinete es colombiano. Y el caballo ruano que monta se llama Simón Bolívar. Lleva alpargatas lugareñas con hebilla en el talón, pantalones livianos a media canilla y camisa suelta de algodón, sujeta por una faja que estrecha su cintura. Cruza su espalda una escopeta en bandolera y el machete se  acomoda al costado. El agudo dolor y la tumefacción ya han subido por su pierna hasta la ingle y dos puntazos insoportables en los testículos lo estremecen. Siente mucha sed, y cuando vomita, la náusea y las violentas   arcadas lo doblan sobre la crin; respira mal y está al borde del desvanecimiento. Nota el pecho oprimido; se le producen fuertes palpitaciones; la garganta, la lengua y el paladar se le secan y le parecen de papel o de cartón. Va el jinete por la ardiente inmensidad temblando de frío, aunque lo está abrazando el calor tropical.

Aunque el  ruano marcha al paso, pierde el equilibrio y su pie hinchado se va hundiendo en el estribo en una suerte de horrible masacre de sangre y carne entre el vuelo de los moscardones hambrientos del estado colombiano del Meta.

Cuando el hombre cae desvanecido de la montura, el caballo ya tiene la decisión tomada y suavemente lo sigue arrastrando por el llano colgando de una pierna en el estribo.

Simón Bolívar  lleva paso a paso al amigo de noches profundas y de días de  soles grandes, de distancias largas y de tiempos que no se acaban, y lo seguirá llevando.

Colgado del estribo, a pleno calor, el caballo lo lleva, para que otro hombre pueda curarlo.

Ya no siente. Ya no sufre. Solo delira. Y van apareciendo como pantallazos las imágenes felices y tristes de su vida.

El jinete es el personaje de la planicie, del arpa y del cebú, es fiestero y romántico; baila y enamora; es parrandero y en la guitarra llanera hace brotar el joropo; y las coplas  las dedica a las mujeres, al caballo y a la inmensidad que deslumbra su emoción.

Simón Bolívar es un caballo con estirpe de Andalucía  y trae en sus venas sangre moruna, pero su alma es toda llanera.

 

Es una misma cosa el hombre con el caballo y forman una sola naturaleza y así como vienen juntos al mundo, cuentan las leyendas que ni el propio diablo los ha podido separar.

Por los llanos de la Orinoquia va Simón Bolívar con el jinete lastimado y así llega  al hospital con corazón ilusión. Caracolea y relincha en el patio, pero la esperanza es vana, porque aunque colgado del estribo, trae al amigo con fidelidad inquebrantable…el jinete ya viene muerto, porque en un momento del camino se fue a la eternidad, a la leyenda y al misterio del Llano Oriental.

 

 

 

 

 

 

 

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