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11-01-2019

El mercachifle


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ENFOQUE

Se trataba de hombres primero italianos y luego sirios o libaneses en su mayoría, que venían a pie cruzando los campos con su carga a cuestas, un súper atado de lona con mil y una chucherías prolijamente ordenadas. Los “turcos”, como se los llamaba, desplegaban toda la mercadería sobre la lona prolijamente, tal como lo hacen los manteros actuales: hilos, agujas, telas, juguetes, zapatos, aros o guantes, flautas o ropa se desplegaban ante los ojos de todos como un gran escaparate de ilusiones.

Carro de Miguel Majluf fotografiado por él mismo, en la nevada de ceniza de 1932. GENTILEZA DE NELLY MAJLUF DE ARTOLA

Por Lis Solé.
EL DATO:

Fuentes: Entrevistas personales con Omar “Fayo” Rahhal, Elvira Agra de Leguizamón, Nelly Majluf de Artola, Ema Moreno de Loza, Susana Man de Albano, Oscar Barbaro. Archivos Municipales y Provinciales.

Las cosas han cambiado y mucho, pero más se nota en la población rural.

Antes vivir en el campo era “estar en el campo” y sólo muy a las cansadas se movía hasta el pueblo, cosa de no todos los días, ni de fines de semana y ni siquiera de una vez al mes. Por ahí, las compras indispensables se hacían con algún comisionista que pasaba o cuando el padre de familia con algunos hijos mayores ensillaba el carro y salían para hacer las compras de la casa con una larga lista de mercaderías.

Por eso, los chicos crecían libres y curiosos pero también muchas veces chúcaros y asustadizos como los cuises, miedo que desaparecía cuando se escuchaba el chiflido largo acompañado por el coro de ladridos de los perros que anunciaban la llegada del mercachifle.

Los mercachifles eran hombres primero italianos y luego sirios o libaneses en su mayoría, que venían a pie cruzando los campos con su carga a cuestas, un súper atado de lona con mil y una chucherías prolijamente ordenadas.

Después de los parloteos en un idioma parecido al castellano donde las “p” se cambiaban por “b”, estos mercachifles sirios o libaneses eran invitados a asearse, a servirse algún vaso de agua, a refrescarse con el agua del aljibe y a comer o cenar con la familia.

Los “turcos” desplegaban toda la mercadería sobre la lona prolijamente, tal como lo hacen los manteros actuales: hilos, agujas, telas, juguetes, zapatos, aros o guantes, flautas o ropa se desplegaban ante los ojos de todos como un gran escaparate de ilusiones.

“Beine, beinetas señora… todo baratito” decía el turco que se llegaba todos los años hasta la tapera de Solé. Los correajes eran muy finos y la carga muy pesada por la que el mercachifle llevaba los hombros en carne viva para estupor de los niños de la casa. El “turco” ya casi amigo de las familias sabía en qué casa para y a qué hora llegar para almorzar o cenar los ricos tallarines de María Iocco.

Primer mercachifle en Alvear   

El primer mercachifle documentado en General Alvear se llamaba Calletano Losende, italiano, y fue en 1872.

Según la Ley Provincial N° 1, todos los comerciantes de la Campaña debían pagar una patente de 1.500 pesos de impuestos, según el artículo N° 10 del año 1871 en donde se clasificaban las profesiones, artes o industrias.

El 23 de septiembre de 1871, se había creado la Dirección de Rentas. Un año antes, en 1870,  la Ley de Patentes dividía a las profesiones, industrias y ramos de comercio en nueve categorías. En el Artículo 5° se especificaba que a los de las Compañías de Gas, a los mercachifles, los vendedores de billetes de lotería, los escribanos, los organistas y demás músicos ambulantes y las parteras les correspondía abonar patentes de 1° clase.

Así que Melitón Ruiz, Juez de Paz de General Alvear, le cobra al “tano” Losende la suma de 1.500 pesos en concepto de patente, el 13 de noviembre de 1872.

El turco Assis  

La Ley era estricta y el Juez de Paz o el Comisario perseguían ferozmente a los  mercachifles. El 12 de junio de 1909, el Sargento Peralta detuvo al mercachifle Félix Assis por no estar “munido de la patente correspondiente” y es recibido por el Comisario José María Sarobe.

Félix Assis era árabe, soltero y tenía 23 años allá por 1909. No leía ni escribía, era vendedor ambulante y se domiciliaba en el Cuartel 1° de General Alvear y fue encarcelado “por ser sorprendido por la Autoridad vendiendo en el Cuartel VI, en el Paraje de Santa Isabel”. El mercachifle hace su descargo diciendo que no tiene la patente porque las ventas las hacía a nombre de Alejandro Alabe.

El “Turco” había andado por la estancia “La Primavera” y pasado por lo de Crispín Pérez y se iba a encontrar con su patrón en la estancia de Crotto o en caso contrario, debía volver al pueblo… Y en eso estaba, según él, cuando fue detenido por el agente en la casa de Jacinto Peralta.

Actúa entonces el Juez de Paz Pedro Acosta, que realiza el Inventario de las mercaderías. La lista es larga pero resulta imperdible para reconocer la variedad y cantidad de cosas que llevaba el “Turco” Assis en su carruaje de cuatro ruedas toldado con lona y con la patente N° 151.

Mucho más que una tienda…   

Llevaba 44 recortes de tela bombasí, 6 cortes de tela de lana, 5 bombachas gambona, 1 traje casimir, un pantalón ídem, 7 blusas gambona, dos bombachas casimir, 16 calzoncillos surtidos, 6 enaguas, 25 repasadores, una toalla, 3 camisas de hombre, una camisa de señora, 13 pañuelos de algodón grandes, una frazada ordinaria, 11 servilletas, un cuadro con estampa, 8 pañuelos de lana, 15 pares de medias grandes, 31 piezas de festón surtidas, 22 pares de medias de chicos, un par puño señora, una faja, un cinturón de señora, 8 cajas de jabón olor surtidos, 5 flautas, 6 cajitas de broches, 26 peines y peinetas surtidas y un resto de caja de horquillas para el pelo.

La variedad era infinita y sigue: una caja de plumas de escribir, 6 frasquitos de agua de olor, 3 navajas de afeitar, una máquina de cortar pelo, 10 tijeras, una caja de dedales, 11 boquillas de madera, 2 relojes, 5 cajas de botones y un resto sueltos comunes y de fantasía, 7 cadenas ordinarias de lata, una cortapluma, un lote de figuritas de cigarrillos, 5 libros de apuntes, 7 espejitos chicos, 2 restos de elástico, 6 carreteles de hilo, 11 alfileres de gancho, 8 peines surtidos, 5 papeles con botones, 3 bombillas de lata, 2 paquetes agujas, 11 boquillas surtidas, 20 restos de piezas puntillas, 27 pañuelos surtidos, 3 relojes de metal y acero, un anillo de metal ordinario y 74 piezas surtidas de trencillas, además un cajón y un baúl que completaban la carga del carro del turco Assis.

El comisario José María Sarobe pone carro y mercaderías a disposición del Juez de Paz de Alvear, don Pedro J. Acosta, que finalmente reintegra lo incautado al llegar la Patente desde el Azul.

Mercachifles  de los campos   

¡Cuánta gente de campo recuerda al mercachifle!

Elvira Agra de Leguizamón evoca a muchos que se llegaban hasta lo de Mathet donde trabajaban sus padres pero principalmente de uno que tenía en un carro con caballos. Era libanés y venía de Azul llegando a la tardecita justo a la hora de cenar. Hablaba de su señora y de mil cosas hasta que después de vender todo lo que podía, se iba a dormir a su carro. Mucho tiempo después, la familia lo encontró en Azul, ya jubilado y viudo viviendo en una hermosa casa frente a la plaza azuleña, expresando su gratitud por la Argentina que les había dejado vivir y trabajar en paz.

Don Miguel Majluf   

Don Miguel Majluf empezó repartiendo la ropa que confeccionaban sus padres en Olavarría envuelta en un paquete con el que iba caminando por el campo. Después, se hizo el carro con el que hacía los recorridos y así podía llevar otras cosas además de los trajes y vestidos. Con ese carro anduvo más o menos hasta el año 1935, llegándose hasta los ranchos y estancias, lugar donde sabía que, producto de la proverbial hospitalidad gaucha, seguro lo invitaban a comer y dormir. Don Miguel, también llevaba una máquina fotográfica con la que sacaba y vendía fotos a la gente que visitaba, fotos que podía revelar en el mismo carro o llevar en la próxima visita.

Los hermanos Jorge y José Man    

Los hermanos Jorge y José Man habían llegado a Argentina en 1907, hijos de Amud y de Amini Abdeloaeb, nacidos en el pueblo de Rimi, Damasco, en Siria. Llegaron con su carga de mercaderías al hombro cubriendo toda la zona de la Colonia de Olaso. Al casarse, Jorge dejó la profesión que continuó su hermano José hasta que se instaló en Saladillo. El “Turco” Man andaba con un camperón grande que abierto, mostraba la mercancía chica colgada como de cintas o bolsillos y una valijota enorme, de cuero marrón claro que todavía conserva la familia.

Desde el Líbano llegaron Hussain y su hermano Mostafá Rahhal, pioneros de la familia que se radicaron en Tapalqué; unos años después, llegaron los hijos de Hussain que tenían la tienda en Alvear, enfrente de la Plaza en la actual avenida Perón y Sarmiento y en Tapalqué, la Tienda “Don José” que continúa abierta y a cargo de Mohamed que por esas cosas de los pueblos, siempre fue conocido como Don José.

¡Un libro para cada historia!   

¡Cuánto para contar de los mercachifles!. El Turco Balleto que venía en tren desde Saladillo con su bicicleta a la rastra; Maldonado, el santiagueño, que por años llegaba una vez por mes hasta las estancias de Micheo con hermosas telas para vestidos; Oroná con su voz inconfundible; el Turco Asse que recorría el Paraje “El Chumbiao” allá por los años 30, vendedores que hacían sus giras bajo el calor del verano o en los fríos de invierno con gran capacidad de trabajo y haciendo muchos sacrificios, tarea que sólo ellos pudieron hacer.

Los desvencijados carromatos de los mercachifles andaban por barros y cruzaban lagunas y su regreso periódico incluso instauró el pago en cuotas, y si no había plata también recibían plumas o cueros que intercambiaban en otras chacras o estancias.

Cambia… todo cambia  

Ya por los 60, el carro poco a poco se fue reemplazando por un auto o camioncito atiborrado de mercancías que se iban vendiendo entre largas mateadas y conversaciones. Algunos progresaron y abrieron grandes y hermosas tiendas en Saladillo, Alvear, Azul o Tapalqué fruto del gran sacrificio realizado durante tantos años de andar, o abrieron otros negocios aprovechando esa capacidad innata de comerciar propia de su ascendencia persa.

A Susana Man todavía le parece escuchar el pregón de su tío José: “Beines… beinetas, todo baratito señora”.

Vendedores de historias; comunicadores sociales y distribuidores de cultura también; deliverys actuales con sus negocios a cuestas. Un recuerdo para los viejos mercachifles, los esperados chiflidos de los campos con su tremenda carga de ilusiones.

En Facebook, los amigos han nombrado muchos más mercachifles de Alvear y contado sus historia, muy curiosas e imperdibles.

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