Sociedad

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Entrevista a José Manuel Lucía Megías, el padrino de nuestro Festival Cervantino

13 de enero de 2020

La misma se transcribe a continuación: “Hay una voluntad en él de querer ser diferente”



Catedrático de Filología Románica de la Universidad Complutense de Madrid, coordinador académico del Centro de Estudios Cervantinos (desde el año 1999 hasta 2014) y vicedecano de Biblioteca, Cultura y Relaciones Institucionales de la Facultad de Filología de la UCM, José Manuel Lucía Megías dirige la plataforma literaria Escritores complutenses 2.01 y la Semana complutense de las Letras de la Universidad Complutense de Madrid (desde el año 2010). Ha trabajado sobre la iconografía quijotesca siendo director del proyecto del Banco de Imágenes del Quijote. En el año 2016 ingresó en la Orden Civil de Alfonso X El Sabio con la categoría de Encomienda por su labor de difusión de la vida y la obra cervantina. Acaba de cerrar una magnífica biografía sobre Miguel de Cervantes a modo de trilogía, cuidadosamente editada e ilustrada por la editorial EDAF. En el año de Pérez Galdós que comienza, hablamos del Cervantes eterno.



“Lo que hay que hacer con los clásicos es reírse, pegarse, asombrarse, dialogar, pero, sobre todo transmitir el placer que supone leerlos”



-¿Le habría molestado a don Benito que comenzásemos “su año” hablando de Cervantes?



-¡En absoluto! De hecho, sin Cervantes, posiblemente Galdós no hubiese sido el que fue.



-¿Se puede conocer a alguien que vivió hace 400 años?



-“Toda ficción (la actual y la del pasado) es necesaria para la vida”.



-Bueno, ese es precisamente el gran reto. Realmente no es posible conocerlo en su cotidianidad, pero de alguna manera uno puede acercarse a los lugares, los libros, los objetos, los paisajes que fueron testigos de su huella. Como biógrafo o historiador estudias, observas y recreas todo eso sabiendo que al final se está haciendo ficción, pero bueno. Toda ficción (la actual y la del pasado) es necesaria para la vida. Ahora bien, una cosa es el trabajo del novelista, que se puede permitir una ficción total, y otro el que hacemos los científicos, que, sabiendo que vamos a hacer ficción, porque no tenemos todas las claves de la verdad, sin embargo tenemos la voluntad de acercarnos lo más posible a ella.



-¿Qué te sedujo de Cervantes?



-Primero el Quijote, como a todos. Y luego, de pronto, me sedujo ese Cervantes atrapado en la sombra del Quijote que, a medida que lo leía con detenimiento en toda su producción literaria, se me iba presentando como un escritor gigante, múltiple, complejo y paradójico. El hecho de dedicar todos estos años de mi vida no a la obra cervantina, sino a su persona, ha sido precisamente por esa obsesión de intentar perfilar al Miguel de Cervantes lector; su vida riquísima en paralelo con su obra.



-¿Hay en España más cervantistas o más quijotistas?



-Pues esa es una buena pregunta. Lo que abunda, para bien o para mal, son los quijotistas. Pero realmente hay una escuela de cervantistas maravillosa en España ya desde el siglo XIX, donde la mirada es cada vez más abierta. Afortunadamente, en todos estos años hemos pasado de ese cervantismo que analizaba al pobre Cervantes como si fuese una isla a llegar hoy a construir a Cervantes como un hombre de su tiempo, que no se puede entender si no le situamos en su época, en su género, su estilo, sus referentes y sus lecturas.



-Lo bueno ya lo sabemos, pero ¿qué hay de malo en todo ese quijotismo o cervantismo desmedido que hemos tenido desde el siglo XVIII?



-Pues seguramente los extremos, desde aquellos que terminan ensalzando a Cervantes como si fuera el autor perfecto que nunca jamás puso una mala coma a los que desprecian a Cervantes sin haberlo leído bien, como sucede, por ejemplo, con el Cervantes dramaturgo. A mí me duele muchísimo cuando estudiosos del Siglo de Oro despachan a Cervantes con la frase “no es Lope de Vega”. Por supuesto que no; precisamente por eso hay que estudiarlo y valorarlo en ese contexto.



-Pero esa espinita te la has quitado en el segundo tomo de la trilogía, “La madurez de Cervantes”, dedicado a la faceta de dramaturgo de don Miguel.



-Claro. Porque para él el teatro era, como para tantos autores del Siglo de Oro, algo muy importante. El teatro era negocio e industria, y Cervantes estuvo metido en ese mundo y además triunfando, llegando incluso a aupar a autores como Lope y otros, y bueno, en las leyes no escritas del éxito literario, a él le tocó no estar en la primera línea. Pero qué duda cabe de que, en ese sentido, las líneas han ido cambiando con el tiempo.



-Y hablando de cambios, ¿cómo es tu visión de Cervantes, ahora que acabas de cerrar la trilogía de su vida?



-Diferente, por supuesto. Para mí la trilogía ha sido una especie de revelación; empecé haciendo la biografía de un escritor que me apasionaba, y después de casi diez años de trabajo me he encontrado con un hombre que se va construyendo a sí mismo, para quien la escritura era solo un elemento más de esa construcción. He descubierto a un joven Miguel apasionado y aventurero, a un hombre lúcido en la madurez y, sobre todo, a un Cervantes en la plenitud capaz de tener una vida exclusivamente en papel cuando ya la propia vida le obligaba a poner el pie en el estribo.



-Ese Cervantes unitario que tradicionalmente nos habían contado, tú lo desmiembras, en tu trilogía, en tres etapas.



-Si. Yo quería destruir “el pecado original” tradicional del cervantismo, que era explicar a Cervantes desde la atalaya del Quijote. Parecía que toda biografía de Miguel de Cervantes tenía que ser un nudo de caminos que convergieran al final en el Quijote. En la trilogía me propuse todo lo contrario: hacer una biografía en proceso, más o menos como se vive la vida: paso a paso, sin saber lo que va a pasar dentro de diez años o de diez páginas.



-¿Qué se está haciendo mal en la trasmisión de Cervantes a los jóvenes?



-Lo mismo que se está haciendo con todos los clásicos: ponerlos en un pedestal, hablar de ellos con voz engolada y con eco, como si fuésemos a revelar una verdad absoluta. No nos damos cuenta de que les hacemos un flaco favor a los jóvenes lectores que se enfrentan a los clásicos en las escuelas, porque precisamente su “primera vez” debe ser todo lo contrario. Lo que hay que hacer con los clásicos es reírse, pegarse, asombrarse, dialogar, pero sobre todo transmitir el placer y el disfrute que supone leerlos. Los clásicos han de ser una experiencia de vida, no una imposición académica.



-Hay libros que el paso del tiempo modifica y aleja del lector, y ya nunca más serán lo que eran. ¿Crees que eso pueda ocurrirles en un futuro no demasiado lejano a los clásicos?



-Bueno, la definición de “clásico” precisamente es aquel que es capaz de pasar por encima del tiempo. Pero aun así, ¿qué nos sucede con el Quijote? Pues que ya no lo podemos leer como hace 400 años, desde luego. Sin embargo, uno se da cuenta de que ese libro, como tantas otras obras clásicas, es capaz de incorporar nuevos elementos que no tenían en su origen, para seguir dando respuestas a los lectores de cada momento. Y ahí entramos nosotros, los mediadores, profesores, historiadores, científicos, que hemos de actuar de “puente”. Lo que ocurre es que a veces se trata de un puente magnífico que permite a grandes masas de personas entrar y conocer esa obra, y a veces solo somos capaces de construir puentes estrechitos, donde caben muy pocos. En el caso de España, los puentes han sido tradicionalmente estrechos (risas). Pero eso está cambiando.



-Esa capacidad de renovación no se da en todos los clásicos.



-No, no se da, es cierto. Porque hay obras tan apegadas a los gustos de su propia época que no llegan a traspasarla, y entonces nos vemos obligados a enfocar su estudio como se estudia la arqueología: quitándole el polvo e interpretándola. A nadie se le ocurriría (hasta ahora) cambiar una estatua griega para adaptarla a los gustos del presente. Era así, y así hemos de contemplarla. Y lo mismo ocurre con las obras literarias del pasado.



-Quiere decir que sin los mediadores hay obras que se perderían para siempre.



-Por supuesto, y con ellas parte de lo que fuimos. Los mediadores tenemos que recuperar esa labor social perdida o diluida en todos estos años de labor científica. Esta última nos da el conocimiento de base, claro, pero debemos poder divulgar sin prejuicios y además en un lenguaje adecuado (literario, cinematográfico o el que sea), para que los clásicos vuelvan a estar presentes en la sociedad.



-¿Qué tiene Cervantes, que explica todos los presentes?



-La primera razón es que su obra es universal; es decir, en cualquier parte del mundo uno dice “Cervantes” o “Quijote” y sabe que se va a producir una comunicación. En Argentina o Corea, en un momento dado yo hablo del Quijote, y no tengo que explicar qué es. No ocurre lo mismo con Calderón o Quevedo, por ejemplo, para los que previamente necesitas unas claves con las que poder empezar a dialogar. La segunda razón, consecuencia de la primera, es que Cervantes trata temas universales que se pueden reinterpretar en cada época. Por ejemplo, el tema de la libertad, muy presente en el Quijote, o el de la voluntad. Hemos de recordar que Don Quijote lo es porque decide consciente y voluntariamente serlo.



-“Yo sé quién soy”.



-Efectivamente. No se trata de un sueño ni una pesadilla. Hay una voluntad en él de querer ser diferente para mejorar la vida a los demás. Y esa es una lección universal, práctica y eterna que uno puede trabajar con los niños en educación, o usarla como elemento moral antes los agentes políticos en cualquier parte del mundo. (ZENDA SITIO WEB)



 


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