RELATOS DESDE EL ENCIERRO

Soledad

“El pasado está escrito en la memoria y el futuro está presente en el deseo”. Carlos Fuentes.

 Escribe Matías Verna (*)

Soledad Ruiz Velázquez estaba presa en la Unidad 52 y su hermano “El Bochita” estaba preso del otro lado del muro, en la Unidad 7. Desde que se despertaban hasta entrada la tardecita se gritaban y hablaban de robar y meter caño a todos los “giles” y los “cobanis”. Cuando se hablaban, lo hacían mirando para arriba para que la voz se oiga mejor.

El guardia que estaba apostado en la garita de ese lateral del muro se encerraba porque eran insoportables los gritos y la música a todo volumen. Igualmente no servía de mucho porque no había vidrios y la puerta cerraba mal.

Soledad Ruiz Velázquez tenía apellido de perfume. Había quedado pegada en un robo junto con “El Bochita” y le dieron siete años. A él, diez.

El régimen de visita les permitía verse los sábados como excusa porque después ella trataba de conquistar a los presos más polentas y él a alguna visita de algún compañero de pabellón.

Nadie más que ellos se visitaban. Hacía rato que papá y mamá les habían soltado las manos.

Una noche ella soñó que vestía ropa del jardín de infantes pero que tenía la edad actual, 23 años, y caminaba por la vereda saltando las baldosas, jugando rayuelas imaginarias y payanas. El jardín estaba ahí, a cinco metros, pero caminaba y caminaba y no podía llegar, entonces lloraba mucho. Cuando despertaba  decía “otra vez soñando giladas”.

Una tarde, en un partido de fútbol, “El Bochita” discutió con un paisano de la zona y se pudrió todo. Piñas, pierdazos, fierros y balas de goma. Él trasladado a Olmos (algunos dicen que allá lo mataron a los pocos días) y Soledad Ruiz Velázquez más sola que su nombre.

La noticia no le generó nada. Algunos gritos, un poco de actuación para conseguir pastillas y nada más. “Se sabía, si tenía más bronca que yo”, decía y sonreía estirando los labios con un poco de vergüenza.

Los días eran más silenciosos. Soledad Ruiz Velázquez se apoyaba en el paredón y el sol le daba en toda la cara. Hablaba poco y como la mayoría se dedicaba a esperar. Dicen que vive en una casita cerca de la cárcel y trabaja en un quiosco que además vende alcohol fuera de horario y drogas a toda hora.

Viajó en tren dos veces hasta su casa pero no encontró a nadie. La primera vez unos vecinos le dijeron que estaban de vacaciones y la segunda un cartel de venta colgado de la reja la hizo seguir caminando sin provocarle el más mínimo indicio de angustia.

Soledad Ruiz Velázquez ahora está embarazada. Lo comentó el Cabo que está trabajando en el muro porque compra cigarrillos en ese quiosco y la vio con el bombo que explota. “El padre del guachín, bien gracias”, dice ella y sonríe con la cara al sol.”El nombre no lo sé, pero le voy a decir Bochita”.

(*) Es periodista y escritor. Nacido en Azul, vive actualmente en Olavarría. Este año publicó su séptimo libro, titulado “Crudo”. En esta sección compartiremos textos inéditos que detallan, con ficción y realidad, la vida en contexto de encierro, tanto de empleados del SPB como detenidos.

 

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