ENFOQUE

Soy laburante y tiro pa´delante

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Por Guillermo Ravizzoli (*)

 

Haga frío, haga calor o esté lloviendo.

Aunque corra un viento helado y penetrante.

A las seis se levanta el laburante,

porque el mundo no se puede detener.

Soy laburante y tiro pa´delante,

lo que como me lo gano con el lomo!

No me asusta a mí el trabajo que sea duro,

lo importante es que no nos falte el laburo.

 

Hace 30 años esta canción de Luis Aguilé se clavaba en la memoria colectiva de la sociedad argentina como un homenaje popular a la cultura del trabajo. Entre sus líneas se puede descubrir valores como la dignidad, el esfuerzo y el sacrificio, esas mixturas cotidianas entre los derechos y obligaciones de cada uno, que a veces son justas y otras no.

Cada vez que alguien se autorreferencia como “laburante” intenta sintetizar con esta palabra valores como: pasión, compromiso, cooperación y por sobre todo confianza. Muchos de nosotros hemos mamado esa cultura de nuestros abuelos y padres, de aquellos hombres y mujeres que apostaron con gran esperanza y energía a una gran Nación para tener una oportunidad de mejora, crecimiento y desarrollo, pensando siempre en el progreso para sus futuras generaciones.

Hoy el paradigma cultural de la Argentina cambió, ya nos somos lo mismo que hace 100 años. Y aquí surgen varios interrogantes que cada vez más resuenan en el inconsciente colectivo:

¿No existe más la cultura del trabajo? ¿Qué pasó con los ideales básicos de nuestras generaciones anteriores? ¿El trabajo está viviendo su cambio cultural proyectado a un mundo más globalizado, volátil e intangible?

La cultura del trabajo, sí existe. Está ahí presente, cambiante, diferente a otros años. Con una nueva matriz y planteando nuevos desafíos. Lo interesante es que cada vez más un trabajador deberá incorporar más conocimientos para poder dar respuesta a las diferentes demandas. Y no hablamos solamente en el saber académico y filosófico, sino también incorporando el conocimiento de la experiencia, el popular, aquel que muchas veces nombramos como la Universidad de la Calle.

Potenciar las articulaciones y acciones entre los diferentes actores de la sociedad (los estamentos del Estado, la dirigencia política, las empresas, los sindicatos, los emprendedores, los lugares de trabajo, los barrios, las comunidades, la familia, los educadores, los estudiantes y los centros educativos), serán clave para fortalecer la relación educación – trabajo como prioridad y el papel que todos ellos asuman en conjunto y en sus ambientes naturales de acción, garantizando el desarrollo y progreso del tejido social. Apostar por la calidad del trabajo a través de la educación, la capacitación y la formación ya no es una opción, es una decisión indelegable.

Por eso el gran desafío como sociedad es devolver el sentido ético del trabajo, tomando conciencia de aquellos valores básicos e importantes por sobre las estructuras de consumo masivo, que hace que se tomen caminos muchos más rápidos, y que en la mayoría de las veces terminan teniendo desenlaces traumáticos. Es necesario ubicar el trabajo como un factor de dignificación del ser humano, una dignidad construida con esfuerzo, dedicación, compromiso y responsabilidad.

El trabajo genera valores, experiencias, habilidades y conocimientos que nos permiten ser cada día mejores personas. Contiene un potencial liberador, es una fuente de creatividad y generación de riqueza social. Es tan importante que debe ser el eje central de cualquier estrategia de desarrollo para hoy y para el futuro, como alguna vez lo pensaron aquellas generaciones emprendedoras. Y si uno es laburante la dignidad no envejece nunca.

“Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida”. Confucio (filósofo chino)

 

(*) Diseñador en Comunicación Visual UNLP, cursó la Maestría en Administración de Negocios UNICEN, ex presidente del CEDA y Director de Comercio en FEBA.

 

 

 

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