OPINIÓN

Tras haber abandonado la utopía regresiva del populismo, ahora se debe afrontar la etapa de reconstrucción del estado

El nuevo populismo, que resurgió en América latina de la mano de Hugo Chávez, buscaba alcanzar "el socialismo del siglo XXI". ARCHIVO/DYN
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El nuevo populismo, que resurgió en América latina de la mano de Hugo Chávez, buscaba alcanzar "el socialismo del siglo XXI". ARCHIVO/DYN

Por Aleardo F. Laría (*) Agencia DyN

 

El discurso populista, como se ha puesto en evidencia durante la década kirchnerista y en los momentos actuales, busca exacerbar el conflicto político. Para conseguir esta intensificación artificial de los antagonismos, resulta crucial la exhibición de un enemigo. “No hay populismo sin una construcción discursiva de un enemigo”, afirmaba Ernesto Laclau.

Esta concepción resulta diametralmente opuesta a la que considera que las instituciones democráticas son el marco adecuado para procesar los desacuerdos y que, si bien el disenso es la materia prima de la política, en ocasiones es posible también alcanzar consensos alrededor de algunas políticas de Estado.

Mussolini no fue más que un socialista desencantado  

El nuevo populismo, que resurgió en América latina de la mano de Hugo Chávez, buscaba alcanzar “el socialismo del siglo XXI”. De allí, que resultara enormemente atractivo para intelectuales posmarxistas como Laclau o a sus émulos locales, como Carta Abierta. Se produjo entonces un fenómeno similar al que dio origen al fascismo italiano en los inicios del siglo XX.

Mussolini no fue más que un socialista desencantado, que al percibir que el proletariado europeo prefería la reforma a la revolución, se inclinó por buscar un nuevo vector -el nacionalismo- que llevara a la ruptura del régimen burgués.

La izquierda leninista latinoamericana, ante el fracaso evidente del proyecto de ingeniería social encarnado por el comunismo soviético, creyó encontrar en el nuevo populismo una alternativa al viejo leninismo. En el fondo, lo que llevaba a tantos intelectuales progresistas a entusiasmarse con liderazgos mesiánicos de perfil autoritario era su profunda aversión al capitalismo. Por ende, cualquier fórmula que exacerbara el conflicto social, que pusiera al sistema al borde de la ruptura, era siempre bienvenida.

Se buscaba abrir un proceso de cambio radical que rompiera la estructura institucional vigente.

Falta de actualidad del discurso populista del posmarxismo   

Para Laclau “la defensa del orden institucional a cualquier precio, su transformación en un fetiche al que se rinde pleitesía desconectándolo del campo social que lo hizo posible, es la que gobierna al discurso antipopulista de los sectores dominantes”. Consideraba que había en el institucionalismo liberal una tendencia inherente a sustituir la política por la administración y que, “en sus formas más extremas” el institucionalismo “tiende al tecnocratismo, es decir, a diluir las identidades populares globales y a sustituirlas por un gobierno elitista de los expertos”.

Esta concepción explica la santa indignación religiosa de tantos ilustres progresistas que han contemplado horrorizados la llegada a los ministerios de tantos chief executive officer (CEOs) o la conversión de la política en “mera gestión”. Como si la política fuera un campo reservado a los “militantes”, es decir una forma peculiar de corporativismo, donde la clase política se considera la única preparada para asumir el rol de representantes de los ciudadanos.

De igual modo, la creencia de que la política ha derivado en “mera gestión”, supone la falsa polarización de dos extremos abstractos que, en la realidad, conforman un continuo de mezclas siempre ambiguas y enigmáticas. El problema con el que ha tropezado el discurso populista del posmarxismo, tanto en la Argentina como en Venezuela, es su definitiva falta de actualidad.

“El capitalismo no es más que el resultado de prácticas económicas y sociales concretas”    

La pretensión de superar el capitalismo mediante la intervención de líderes providenciales es tan anacrónica, que ya había sido ridiculizada por el propio Carlos Marx cuando se burlaba de “la fuerza creadora de los mitos, característica de la fantasía popular, que en todas las épocas ha probado su eficacia inventando grandes hombres”, para añadir a continuación que “el ejemplo más notable de este tipo es, sin duda, el de Simón Bolívar”. La obstinada pervivencia del “sistema” capitalista se debe, como acertadamente ha señalado Pierre Rosanvallon, a que el capitalismo no es la realización de una construcción racional y premeditada, de una utopía o de un plan de sociedad. “El capitalismo no es más que el resultado de prácticas económicas y sociales concretas” y designa simplemente un proceso donde la propia dinámica de expansión de las empresas capitalistas domina la forma de organización social. De modo que los planes de asalto a la ciudadela del capitalismo han fracasado uno detrás de otro por la resistencia de unos materiales que son fruto de la sedimentación impensada de siglos de civilización.

Frente a la utopía populista, desplazada por el voto popular, se alza ahora la administración prudente de las cosas. Al decir de Rosanvallon, “volvemos a encontrar aquí el tema liberal de la simplicidad política: la política se vuelve simple porque solo está constituida por tareas de gestión y, en consecuencia, ya no es política estrictamente hablando”.

Etapa de reconstrucción del Estado

Entiéndase bien. No es que la política desaparezca sino que lo que desaparece es la política entendida como retórica de la confrontación permanente. Las diferencias pasan a ser procesadas por el sistema institucional que acepta el disenso como algo natural y las instituciones son vistas como espacios neutrales para el debate democrático y no como resultado de las relaciones de fuerza entre las clases o grupos sociales.

Afortunadamente, hemos abandonado las utopías regresivas y afrontamos ahora una etapa de reconstrucción del Estado. Hay que conseguir que el Estado se haga cargo, de un modo responsable, de las tareas que son la base de su legitimidad: la salud pública, la educación, la seguridad, las jubilaciones, el servicio público de la Justicia y la infraestructura de obras y servicios públicos. Naturalmente, en sociedades complejas como las actuales, debe también asumir un rol de regulador del mercado para favorecer la libre competencia -disolviendo situaciones de posición dominante- y estimular determinadas actividades productivas, diseñando planes de desarrollo sustentables.

Pero, como en la reconstrucción de los edificios, siempre hay que comenzar por asentar primero las bases.

(*) Periodista y abogado.

 

 

 

 

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