Tres consignas, no una

Moira Goldenhörn *

Esta semana se votó en al Cámara de Diputadxs de la Nación el Proyecto de ley que busca regular nociones básicas de salud sexual y reproductiva que desde hace décadas las mujeres impulsamos en consonancia con organismos internacionales.

Dos consignas de la campaña verde son ley y no se cumplen, pese a ello, el mayor debate se ha centrado únicamente en lo relativo a la despenalización del aborto.  Despenalización que no sería pedida a gritos y en marea verde de no ser por el incumplimiento consuetudinario de las normas de nuestro Código Penal (cuya sanción data de 1921) respecto a los abortos no punibles, o al Protocolo para la Interrupción Legal del Embarazo, que existe hace más de 5 años y tampoco se cumple.

El aborto no es sólo un problema de salud pública ni exclusivo de las mujeres. Es una cuestión social e histórica. ¿Alguna vez nos hemos puesto a considerar qué le pasa una mujer que decide abortar? Sin el prejuicio que suele atribuirse a “las aborteras” o “las feminazis”, claro.

Partiendo de lo obvio, las mujeres que abortan, lo hacen porque se encuentran con embarazos no deseados. Y ¿por qué no desean ese embarazo? Fundamentalmente, por haber sido concebido sin su consentimiento: mediando violación, abuso, violencia sexual de otro tipo, o una falla en métodos anticonceptivos en algunos casos, o por encontrarse la mujer gestante en situaciones económico sociales poco propicias para que esa vida anide y se desarrolle sin poner en peligro la subsistencia de ella y sus otrxs hijxs, en otros. Incluso pueden ocurrir ambas cosas y/o representar ese embarazo un riesgo a su salud.

Sólo si asumimos a “las mujeres que abortan” no como un otro a destruir, sino como semejantes a nosotrxs, como parte de este entramado social que somos todos y todas, con empatía, misericordia y compasión, podremos contribuir a resolver una problemática que excede en mucho las cuestiones sanitarias: lo componen cuestiones sociales, morales, culturales y económicas. Y no ponen el ojo en la moralidad de las mujeres sino en el orden de la sociedad que construimos.

Por ejemplo, ¿qué rol tienen los hombres en los embarazos no deseados por las mujeres? ¿son responsables en su sexualidad? ¿están educados sexualmente en el respeto por el deseo y el cuerpo femenino o se imponen sobre ellas? ¿son corresponsables en la anticoncepción o “delegan” en ellas sin saber los efectos adversos y secundarios de la anticoncepción hormonal tan extendida y las ETS que pueden transmitir? ¿son responsables por lxs hijxs que engendran?

Y, como sociedad en general, ¿creamos condiciones para que las familias puedan recibir nuevas vidas? ¿tenemos licencias laborales equitativas para hombres y mujeres, de modo de evitar la discriminación laboral de las madres? ¿tenemos guarderías en los trabajos y casas de estudio de modo de asegurar la crianza emocional y físicamente saludable del lactante hasta sus primeros 2 años al menos? ¿tenemos trabajos dignos para las mujeres que aceptan maternar solas ante el abandono paterno? ¿espacios públicos aptos para niñxs? ¿castigamos con la misma dureza al progenitor que abandona que a la mujer que aborta?

Hemos visto esta semana violentos enfrentamientos, en su mayoría en nombre de Dios. Algunos entre mujeres, otros, agresiones de hombres hacia las mujeres que defendemos la necesidad de sacar a la luz un problema social que históricamente fue vivido en soledad, aislamiento, vergüenza, desamparo e ilicitud. Incluso dos hombres cometieron femicidios: uno en Tucumán y otro en la embajada Argentina en Asunción, ambos femicidas embistieron con vehículos a mujeres que se manifestaban con el pañuelo verde.

Es un error pensar que defender la visibilización, a través de la despenalización, implica estar a favor del aborto como recurso de emergencia, o de usarlo “como método anticonceptivo”. En lo personal, no estoy ni estaré jamás a favor del aborto como práctica, pero no encuentro objeciones respecto de las acciones de otra mujer en estado de necesidad o desesperación, ni de poner fin a la violación, terminando el embarazo impuesto por el violador. No juzgo, porque sé de la discriminación, maltrato y desprecio que la sociedad nos dispensa a las madres que trabajamos y estudiamos. Y también sé de la violencia machista.

Por otro lado, rechazo la “condena a la maternidad”: la maternidad debe ser elegida, deseada y feliz, no la imposición de una triste condena social “por abrir las piernas”, fundamentalmente porque a los hombres no se les condena socialmente a la paternidad por meterse entre nuestras piernas.

Rechazo el aborto como práctica porque en la mayoría de los casos, es evitable y su realización responde a necesidades patriarcales de fondo. Pero reclamo su despenalización porque no podemos seguir escondiendo el aborto y sus causas bajo la alfombra: la violencia sobre las mujeres es evitable y la Educación Sexual Integral, obligatoria.

Si se implementara la Educación Sexual Integral tan resistida, se formarían ciudadanxs conscientes de ser las mujeres libres de elegir o no la maternidad como proyecto de vida, al igual que los hombres de elegir o no la paternidad, y ambxs serían así corresponsables en la anticoncepción y la crianza, porque serían ma/paternidades elegidas libremente y no condenas: los embarazos serían deseados, y la anticoncepción, también.

Si a los varones se les educara desde niñxs a conocer el deseo y respetar el consentimiento sexual de las mujeres, tendríamos menos violaciones, menos embarazos no deseados y menos abortos.

Si a los varones se les enseñara desde niñxs a ser co-responsables en la anticoncepción, habría menos embarazos no deseados por las mujeres y, también, menos abortos.

Si tuviéramos Educación Sexual Integral para informarnos y decidir libremente si las mujeres queremos o no una relación con alguien que no nos cuida, y los hombres decidir si se arriesgan a la paternidad eventual por no cuidarse; si tuviéramos acceso y co-responsabilidad en el uso de anticonceptivos seguros, nadie pediría a gritos aborto legal para no morir.

Y es eso lo que se expresa al decir “mi cuerpo, mi decisión”, no que el fruto de la concepción sea parte del cuerpo femenino y ella puede matarlo, sino que, como el cuerpo femenino queda dispuesto de por vida al cuidado del fruto de esa concepción no deseada, contraviniendo otro proyecto de vida de la mujer, la mujer puede no querer abnegarse al cuidado de un hijx e invertir su tiempo, dinero y salud en ello si no ha sido deseada su existencia.

Tenemos que ser honestxs con nosotrxs mismxs: la clandestinidad no frena los abortos, sólo establece la línea divisoria entre las mujeres “santas” y las “impuras; las “vírgenes” y las “putas”; las “normales” y las “feminazis”; las “madres” y las “aborteras”, donde las segundas son así también “delincuentes” y diferentes a las “mujeres de bien”, mereciendo los más variados castigos, incluso la muerte como hemos oído y leído esta semana. Y esa línea divisoria, como cualquier grieta, dispara y alimenta el odio, la violencia y la desunión.

Mujeres somos todas, lo que falta es empatía desde los hombres, y también entre nosotras.

* Abogada, docente-investigadora, feminista (y también esposa y madre).

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