Triángulos peligrosos

Por Mariana Azcona

Lic. en Psicología egresada de la UBA. Especializada en Clínica Familiar Sistémica.
MP. 35387

 

Un triángulo amoroso no es el único que trae problemas en la familia.

Cuando uno de los padres se alía con alguno de los hijos, pasando por encima del otro progenitor, esa acción recibe la denominación de triángulo, y también genera inconvenientes en el círculo íntimo. Pero ¿cómo nos damos cuenta y qué podemos hacer para evitarlo?

La etapa de crianza es ardua, cansadora y requiere de mucha paciencia. Una de las cosas más difíciles de lograr, para la pareja, es unificar criterios y ponerse de acuerdo en qué cosas va a permitir, y cuáles no. O, lo que es lo mismo, cuándo ceder frente a los deseos de nuestros hijos.

La participación de los hombres en las tareas domésticas incluye la crianza de los niños. Antes, por lo general, era la mujer quien decidía, respecto de los chicos, lo que podían hacer y aquello que no: desde lo que comían, a la rutina diaria y de si veían o no la tele. La nueva modalidad requiere de acuerdos; es decir, de discusiones y polémicas que nadie quiere tener, pero que a los fines de establecer reglas de conducta para los más pequeños de la casa, resulta imperioso tener. Es saludable que así sea.

Cuando no discutimos y no llegamos a acuerdos con nuestra pareja, es difícil poner límites. Si no lo hacemos, esos parámetros a veces se cumplen y otras no; según quién esté y cómo esté el clima en casa, los patrones de conducta son unos u otros.

Lo peligroso es que, al final de cuentas, a menudo la decisión la terminan tomando los niños, asumiendo una responsabilidad que no les corresponde tener.

Si la discusión se posterga, aparece el enojo de uno de los padres, quien, para evitar el enfrentamiento con su pareja, dirige su frustración hacia el niño, que otra vez queda como responsable y ahora carga con la culpa de la decepción. De esa manera se cierra el triángulo.

La responsabilidad y la culpa generan, en los niños, estados de ansiedad, nervios y malhumor. A simple vista parece que el niño se porta mal y que no hace caso. Cuando los psicólogos le preguntamos a los padres sobre estas cuestiones, nos damos cuenta que no se alcanzaron los acuerdos en aspectos esenciales que tienen que ver con la crianza de los niños. Faltaron las charlas y los acuerdos.

Es importante fortalecer el equipo de crianza de nuestros hijos, tomándonos un tiempo para acordar límites, horarios y reglas.
Como padres, no tengamos miedo a discutir con nuestra pareja, siempre y cuando sea desde el respeto mutuo. Podemos disentir en muchas cosas. Lo importante es construir juntos alternativas que valen para ambos y, sobre todo, para nuestros chicos.

No olvidemos que cuando discutimos y alcanzamos acuerdos, esa enseñanza es recibida por los hijos como una muestra de que esa mecánica del arribo a consensos con diálogo, es posible.

Si las reglas son claras y sólidas, los niños se sienten contenidos y seguros. Aunque inicialmente les toque enojarse, ellos lo harán desde su lugar de hijos, sin asumir responsabilidades ni decepcionar a las personas que más quieren: sus padres.

 

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