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Los casi 42 años de espera se agotaron ayer. Boca Juniors es campeón oficial de Primera División por octava vez en su historia. En un estadio desbordado, volvió a vencer a Chacarita, esta vez por 2 a 1, y se coronó como el soberano del Apertura 2016.

El plantel de Boca Juniors que se coronó campeón del Torneo Apertura de Primera División. Jugó 17 partidos: ganó 12 partidos, perdió uno solo y empató en cuatro ocasiones. 
ADRIÁN GELOSI 
NICOLÁS MURCIA Lágrimas de alegría, lágrima de campeón. Pedro Íbalo y Kevin De Stéfano, el arquero y el goleador del equipo campeón. 
NACHO CORREA
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El plantel de Boca Juniors que se coronó campeón del Torneo Apertura de Primera División. Jugó 17 partidos: ganó 12 partidos, perdió uno solo y empató en cuatro ocasiones. ADRIÁN GELOSI

Una fiesta que difícilmente cualquier boquense vaya a olvidar. El primer día en que los 42 años dejaron de sumar minutos, horas, días y meses. La tarde en que el Infantino lució una fisonomía inédita, merced a una asistencia superlativa de hinchas. El partido que de una buena vez confirma, aunque ya no era necesario, que Boca dejó de ser la revelación, la sorpresa, la Cenicienta de un torneo que lo mostró siempre como protagonista fundamental hace rato, mucho rato. El domingo en que la calabaza se convirtió en carroza, esa misma que se colmó con los jugadores campeones del Apertura 2016 y que los depositó en la Plaza San Martín, una vez que la celebración en el estadio se había agotado.

El plantel xeneize se impuso a la chapa funebrera (una chapa merecidamente lustrada en la década), al aura que rodeaba al campeón de la década y a sus propios miedos. En los 180 minutos de esta serie final, apegado a un plan irrenunciable y legitimado en sus resultados durante todo el campeonato, el conjunto que entramaron Di Prinzio y ambos Rígoli fue el mejor en esta llave decisiva, a caballo fundamentalmente de un conocimiento cabal de las propias potencialidades y debilidades. Si hay algo que distingue a este Boca es que nunca intenta hacer cosas para las que no está preparado.

Ayer, el equipo auriazul volvió a plasmar el menú que lo depositó en esta histórica final. Fue Boca 100%, concretó lo proyectado, volvió a anular a un rival que hizo muy poquito para desanularse y esperó, paciente y fortificado, por ese instante que una instancia como ésta suele ofrecer en cuentagotas. Este campeón ha sabido demostrar que una gota le vale como un océano.

Nos esperábamos goce estético y no lo hubo. El local esperó el pitazo de Chaparro (de buen arbitraje) para ir por yugular sureña, aplicar su habitual despliegue físico para espinar la probable tenencia rival. Pero sucedió que Chaca optó por alterar el matiz de su tradicional propuesta y se asimiló bastante a su oponente. El tri jugaba siendo vertical, salteando líneas en la cesión e intentando acertar la cabeza de Escribano o la corrida de Zirilli directamente contra los defensores. Así logró desactivar un tramo inicial en el que el boquense había ganado el campo y lo replegaba hacia su arco.

Con algunas reminiscencias a la apertura del marcador consumada en la ida, Boca llegó al gol mediante una fórmula registrada: pelota parada en tres cuartos sobre el sector izquierdo, Borda mandó la pelota a media altura rumbo al primer palo, allí donde Maxi Sierra, un Goliat que se hizo David ante la defensa funebrera y mandó un cabezazo exacto al ángulo inferior diestro de Cáceres, que apenas si consiguió mirar.

¿Qué caminos tomará Chacarita?, resultaba ser un interrogante pertinaz para esa coyuntura del cotejo. Barajábamos dos opciones: mantener el sendero expeditivo, con poca intervención de los volantes en la apuesta ofensiva, o bien comenzar a plasmar una construcción del juego más reconocible en su planteo y modificarle la contraoferta a su rival. Impedido de ensanchar su salida, de proyectar a Gorosito o, por el sector contrario, a Miglino, el tri optó por redundar en la apuesta centralizada, sin escalas desde su defensa, bastante fácil de repeler para los centrales auriazules.

El 1 a 0 no distrajo ni ablandó el espíritu general del planteo boquense. Jugaba aplomado, paciente y a la espera de una nueva oportunidad especial. En parte, Boca instaba a su contrincante a que se hiciera cargo del encuentro, a que asumiera el timón dado el resultado global de la final.

El amanecer del complemento fue vidriera de una suerte de reacción de Chacarita, dotando ahora su propuesta de mayor sucesión de toques, otra dinámica ofensiva y un adelantamiento en el campo. Decidía no desprenderse tan súbitamente del balón y prosperar en conjunto.

A la férrea labor defensiva del vencedor, se sumaba en detrimento de las posibilidades sureñas el paso del tiempo (que siempre está pasando, claro). Pero en una final, y cuando estás en desventaja, el minutero se acelera. Por ello es Chaca comenzó a tomar previsibles riesgos en pos de acortar diferencias, moneda que en su reverso tenía los cada vez más amplios espacios en zona defensiva. Con el ingreso de Couce por Olivera, Raidigos pasó de punta y en la zona de volantes, Zirilli trocó lateral con Miglino. Las insinuaciones se fortificaron, pero las variantes no emergieron.

El golazo de Martín Traina fue tan espectacular como sorpresivo. Conti mandó un balón cruzado, desde la derecha, al sector opuesto, en el ingreso al área mayor; Di Cataldo pareció ganarle la posición con comodidad al número 14 xeneize, pero éste logró colar su pie izquierdo para impactar el balón y mandarlo –por alto y en diagonal– por sobre la estirada de Cáceres. Para el cuadrito… y para la vuelta olímpica.

Todo lo demás no significó demasiado a esta final. Paulo Rodríguez descontó al tomar un rebote corto de una estupenda atajada de Íbalo. El conjunto tricolor desestimó todo reparo, pues ya no había nada que proteger, las ilusiones se habían esfumado. El oro estaba, todo, en las arcas de Boca.

Desde ayer, a eso de las 17.35, los 42 años (en tren de verdad, 41 años y 10 meses) alimentan la anécdota. Hay eternidades que no duran para siempre, hay momentos que parecen eternos, hay sueños que se cumplen.

LA FIGURA  

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Francisco Randazzo

La defensa xeneize toda jugó un destacado partido y Randazzo resultó su exponente máximo, y el del partido también. El lateral izquierdo aportó una marcación efectiva, sin concesiones, tanto cuando Boca planteó el juego en campo rival como cuando optó por el refugio cerca de Íbalo. Y en las escasas ocasiones en las que fue posible, se ofreció como salida.

 

 

 

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