EL AZUL QUE CONOCIÓ ROBERTO ARLT

Un cadáver con las manitos en cruz

 

En el Colegio Nacional un obrero halló, envuelto en trapos y diarios, el cadáver de una recién nacida. Para un rotativo, el hecho implicó “el progreso que vamos marcando en la estadística del delito”, junto con la toxicomanía. La sección Sociales y el caso de los canillitas. Algunos comercios de la época.

Una publicidad de época: “El rey de todos los molinos” o, lo que era lo mismo decir en 1927, Casa Bugallo.
HEMEROTECA “JUAN MIGUEL OYHANARTE” DE AZUL
Canillitas del diario El Ciudadano, en una foto publicada el 30 de julio de 1927.
HEMEROTECA “JUAN MIGUEL OYHANARTE” DE AZUL
El titular de El Ciudadano para el caso del cadáver hallado en terreno del Colegio Nacional de Azul (28 julio 1927).
HEMEROTECA “JUAN MIGUEL OYHANARTE” DE AZUL
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El titular de El Ciudadano para el caso del cadáver hallado en terreno del Colegio Nacional de Azul (28 julio 1927). HEMEROTECA “JUAN MIGUEL OYHANARTE” DE AZUL

Escribe: Marcial Luna – lunasche@yahoo.com

NOTA II

Alejandro Borda pertenecía a un plantel de obreros que realizaba una obra en el Colegio Nacional de Azul. El 28 de junio de 1927, a las 13 horas, mientras recorría el predio de calle Córdoba, en un sector de altos pastizales, un envoltorio le llamó la atención. Al acercarse, se halló ante una monstruosidad que lo conmocionó como si una navaja le hubiese cortado la respiración: oculto, entre hojas de periódicos y trapos sucios, estaba el cadáver de una recién nacida.

El diario El Ciudadano informó que “el barrio del nuevo Colegio Nacional se halla convulsionado” por el caso. Y aseveró: “El hecho que comentamos evidencia sencillamente el progreso que vamos marcando en la estadística del delito, incluso lo de la toxicomanía, los suicidios espectaculares y otras bellezas de jaez semejante” (28 julio 1927, P.3).

Perfiles grises 

Roberto Arlt, desde la Redacción de El Régimen, ese día 28 publicó su artículo “Las que se pasean en automóvil”, de la serie Impresiones de un porteño en el Azul. Le habían llamado la atención las mujeres, misteriosas y seductoras, que circulaban por calles azuleñas Alsina (actual Yrigoyen) o San Martín. “Se las ve pasar, pero no se sabe quiénes son. El automóvil se desliza con lentitud, tras de la mica o de los cristales de las cortinas se adivinan unos semblantes femeninos”, escribió, en Azul, el creador de Los 7 locos.

Y más adelante, Arlt, se interrogó: “¿Quiénes son esas muchachitas cuyos perfiles grises se distinguen inciertamente tras los transparentes de las cortinas?” (El Régimen, 28 julio 1927, P.1). En la misma edición de este vespertino, en cuya Redacción Arlt realizó un reemplazo durante el mes de julio, se incluyó la noticia del lúgubre hallazgo.

Se limitó a publicar que el obrero Borda había hallado “una criatura envuelta en trapos y papeles de diarios” y que la policía constató que “se trataba de una niña de pocas horas, la cual dejó de existir instantes después” (El Régimen, 28 julio 1927, P.4).

En cambio, El Ciudadano otorgó a sus líneas otro carácter: “El suceso de presta a conjeturas sobre quién podrá ser la muchacha […] carente de los sentimientos que inspira la naturaleza que, sin remordimiento alguno, se ha desprendido del fruto de sus amores para arrojarlo entre los yuyos después de haberlo hecho estrangular […] No queremos creer que haya en Azul mujeres capaces de asesinar al ser que han llevado en las entrañas para cubrir una falta propia de quien sabe querer con todos los ardores y los impulsos de la juventud”.

El obrero Borda dio aviso a su jefe de obras, Ricardo Cotti de la Lastra, y efectuó la denuncia policial. Los que llegaron al predio del Colegio Nacional fueron los agentes Folliet y López Claro, de la comisaría local. Ambos observaron aspectos que reunió la crónica periodística: “El cadáver se hallaba allí desde hacía pocas horas, a lo sumo desde anoche, y se presentaba intacto, como ha debido alumbrarlo la muchachita que dio el mal paso… Presentaba únicamente una señal en el cuello y tenía las manitos en cruz como si hubiera querido implorar perdón a los verdugos” (El Ciudadano, 28 julio 1927, P.3).

El caso pasó, rápidamente, al olvido en la comunidad. La atención diaria, sin embargo, se concentró en otros aspectos.

Cuestión social    

Los periódicos en circulación en el Azul de 1927, en la sección Sociales, además de casamientos, bautismos y notas fúnebres, anunciaban sistemáticamente qué personas se  encontraban enfermas, quiénes habían logrado el alta médica, qué vecinos habían emprendido viaje o, por el contrario, habían retornado a la ciudad. E, inclusive, quiénes se hospedaban, cada día, en los hoteles de la ciudad.

En todos los casos, las menciones eran con nombre y apellido. De la misma manera se publicaba qué familias habían concurrido a las veladas del Teatro Español, a los demás cines y, también, cuáles habían sido identificadas en el paseo dominical del Parque de Azul.

Esa cuestión social, a menudo, adquiría otro ribete. El Diario del Pueblo, por caso, presentó quejas ante la proliferación de lo que etiquetó como “nombres raros”: “Casi todos los días puede leerse en la información que publicamos de las secciones del Registro Civil de nuestra ciudad, que a un niño lo han llamado con un nombre raro, como si se participara de un torneo de excentricidades o de rarezas. Recordamos entre esos nombres los de: Finado, Edicto, Sombra, Macón […] Raviel (Elvira al revés) y así infinidad de nombres que francamente irritan hasta al más pacífico e indiferente.”

No terminó allí el asunto. El diario, en el mismo artículo, se lanzó con una curiosa propuesta. “A los chicos hay que ponerles nombres correctos, de santos o de diablos, si se quiere, pero que no resulten más tarde un motivo de disgusto para sus dueños” (Diario del Pueblo, 25 julio 1927, P.2).

Los canillitas    

Una problemática vigente en el Azul que recorrió Roberto Arlt en 1927 fue la situación de los canillitas, aquellos niños que voceaban los diarios en el centro de la ciudad y en  cada rincón de los barrios.

Precisamente, el diario El Régimen, donde se desempeñó Arlt, ante la imagen conmovedora que ofrecían los “canillitas ateridos”, se colocó al frente de una campaña para menguar la situación. Tituló en primera plana: “Una iniciativa: serán provistos de ropas y calzado”, y observó “En sus cuerpos debilitados, el frío pone tintes morados.”

Acomodando el plomo de las primeras líneas para enunciar que era “el gremio más simpático entre ese pequeño mundo de los chicos que no tienen juventud y que deben ganar su vida y la de los suyos desde que dan sus primeros pasos”, el diario donde se desempeñó Arlt por esos días, además, fue categórico al indicar: “Un chico que trabaja es también un motivo de dolor: no se puede menos de pensar en la juventud perdida para siempre porque se ha carecido de todos los placeres que hacen posible una niñez. No es concebible niñez sin juegos” (El Régimen, 12 julio 1927, P.1).

Algunos negocios  

Vicente Ponzio tenía su carpintería mecánica, de obras y muebles, en la calle Entre Ríos 674. La firma Guarella Hnos. poseía su local en Moreno 620, entre San Martín y Alsina: ofrecía antejos y lo que dio en llamar “lentes impertinentes”, especiales y cómodos para “usarlos en el teatro”. Guarella, en 1927, se dio en llamar el “Primer Instituto Óptico Fotográfico de Azul” y, además, publicitó la “venta de aparatos de corriente galvánica Energo y de Alta Frecuencia.”

Roque Bitonte anunció su nuevo puesto de fruta y verdura “El Triunfo”, en Alsina y Bahía Blanca (actual Castellar). Llamó la atención pública al decir: “Se atienden pedidos por teléfono que serán despachados inmediatamente”. Su número, de la Unión Telefónica (UT), fue el 525.

Azul tuvo su “Gran Taller de Vulcanización”, dotado de un sistema moderno. El negocio lo llevaron Francisco y Juan Caldentey, en Humberto 378 (UT 641). En el local, además de vulcanizar, se vendieron neumáticos, aceites y grasa. Se publicitó la atención de “pedidos de la campaña [ya que] la casa cuenta con un auto para prestar auxilio a cualquier parte”.

Francisco D. Ribet fue el propietario de Casa Ribet, en Colón y Guaminí. Se trató de un almacén de comestibles, despacho de bebidas, especializado en la venta de vinos nacionales e importados. Allí se ofreció al público “caramelos finos, surtidos, conservas frescas de toda clase” y se buscó captar el interés: “Reparto a domicilio, sin recargo”.

La Flor del Barrio fue una tienda, mercería, sombrerería, zapatería y venta de artículos de talabartería de Emer y Abdo Daher, en San Martín y Lavalle. Los propietarios del local encontraron su forma de promocionarse: “Una visita a nuestra casa, la convencerá a Ud. de lo beneficioso que resulta comprar artículos que no sufren recargo por gastos de alquiler y personal.”

Roque Amendolara tenía, en 1927, su taller de zapatería La Florida, en San Martín 509. Además, funcionó como agencia de lotería, cigarrería y salón de lustrar calzados.

La herrería de Alfonso Bugallo, en Moreno y Juárez (actual Roca), fue una fábrica de tanques y bebederos, y se dedicó a la construcción de pozos semisurgentes, colocación de molinos a viento, bombas y tanques australianos.

Domingo Colotto era el dueño de la Agencia “La Razón”, en San Martín 493. Fue la única agencia oficial de recepción del diario porteño La Razón, aunque además distribuyó en Azul ejemplares de algunas revistas y los rotativos Crítica, El Telégrafo y Última Hora. En el local se expendió aceite y cigarrillos. También poseyó el clásico espacio para lustrar zapatos de los transeúntes.

Imparcial, salvo…      

…cuando se trató de la sección “Arañazos”. Allí el diario El Imparcial, en su sección de Sociales, arremetió contra todo aquello que consideró “ausencia de decoro”.

Se dirigió a las involucradas evitando sus nombres, aunque sin escatimar reprobaciones. Veamos un caso: “Siga, nomás, señorita, en el tren que lleva y le aseguramos que dentro de algunos años podrá contar con los dedos de la maño las personas decentes que la saluden […] Tal vez sea Ud. pura como las azucenas pero nadie más desconfiado y alarmista que la ‘opinión’, y esa señora tan temible le está ‘echando el ojo’ como vulgarmente se dice, porque parece que no le agradan esos sus paseítos por las calles no muy iluminadas de la ciudad en compañía de amiguitos […] haga como sus amiguitas, que conversan con sus ‘filos’ en lugares visibles…”. (30 julio 1927, P3).

En la misma edición el diario publicó que “cierta ‘damisela’ ayer se ‘desbocó’ en pleno centro contra un ‘tenorio’ que se tomó la libertad de dirigirle un piropo […] La ‘palomita’ en cuestión, bien conocida por sus andanzas, se sintió ofendida por el galanteo del fogoso galán de ocasión…”.

 

 

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