OPINIÓN

Un triunfo histórico

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Escribe
Prof. Liliana Christensen

El 30 de octubre de 1983 los argentinos asistíamos a un hecho histórico que quedaría en la memoria colectiva para siempre: después de una oscura noche de terrorismo de Estado y de brutal represión, el pueblo volvía a las urnas.

La recuperación de la democracia en aquel momento fue un soplo de aire fresco que venía a oxigenar tantos años de padecimientos y de angustia. La alegría era el sentimiento que más se advertía en la ciudadanía, la alegría y la esperanza.

Las campañas presidenciales distaban mucho de ser lo que actualmente vemos; la política era de carne y hueso, los partidos políticos jugaban un rol central y los candidatos le ponían el cuerpo y el alma a la contienda con verdadero fervor democrático.

La palabra que primero surge cuando se piensa en esos años es autenticidad. Todo era más auténtico, más verdadero, más genuino.

Podría pensarse desde cierta perspectiva histórica que también allí había pactos, acuerdos, mezquindades y componendas, pero lo que percibía el pueblo era una campaña electoral atravesada por ideas y por propuestas, con discursos cargados de contenido y con emociones a flor de piel que aún hoy nos estremecen al evocarlas.

Básicamente, había un elemento valiosísimo si hablamos de democracia: confianza. Había confianza en el futuro, en lo que podríamos lograr todos los argentinos juntos y en las palabras que pronunciaban los hombres que se postulaban para superar esa tenebrosa experiencia que tenía al pueblo en carne viva.

En ese contexto es inevitable recortar la figura de un hombre íntegro, de un hombre cabal, de un político de raza que honró la política y que hizo de ella una bandera que debía llevarse con dignidad, con ética y con un profundo respeto por el pueblo que lo había distinguido al elegirlo, democráticamente, para cada uno de los cargos que ocupó.

El recuerdo del Dr. Raúl Alfonsín se hace inevitable al momento de traer a la memoria aquellos lejanos días y se agiganta al contrastar su nombre con tanta pobreza política, conceptual y moral como la que hoy abunda.

Dice Luis Alberto Romero en su Breve Historia Contemporánea de la Argentina:

“Las formas de hacer política del pasado reciente – la intransigencia de las facciones, la subordinación de los medios a los fines, la exclusión del adversario, el conflicto entendido como guerra- dejaban paso a otras en las que se afirmaba el pluralismo, los acuerdos sobre las formas y una subordinación de la práctica política a la ética.”

En efecto, el recuerdo de la violencia vivida en los años ‘70 y la memoria de la brutal subordinación del debate político a la confrontación armada, estaba viva en la sociedad. Que no quería repetir la historia. Que no quería volver al pasado -trágico- sino que aspiraba a un futuro de acuerdos, de entendimiento y de paz.

Y continúa Romero: “La civilidad vivió plenamente su ilusión y acompañó al candidato que mejor captó ese estado de ánimo colectivo.”  El peronismo encaró su campaña con mucho del viejo estilo, convocando a la liberación contra la dependencia y apelando a lo peor del folclore del movimiento para denostar a su adversario, sostiene el historiador. En cambio, “Raúl Alfonsín ganó su candidatura en la UCR primero, y las elecciones presidenciales luego, apelando en primer lugar a la Constitución, cuyo Preámbulo -seguramente escuchado por primera vez por muchos de sus jóvenes adherentes- era un ‘rezo laico’. Agregó una apelación a la transformación de la sociedad, que definía como moderna, laica, justa y colaborativa. Estigmatizó al régimen militar, aseguró que se haría justicia con los responsables y denunció en sus adversarios a sus posibles continuadores, por obra del pacto entre militares y sindicalistas.”

Hoy, a treinta cuatro años de aquellos días históricos, cuando el pueblo argentino parece haber despertado de un mal sueño y por encima de todas las dificultades ha decidido que quiere apostar a una alternativa diferente, dejar definitivamente atrás los espejismos y el relato e intentar un camino sin atajos, es importante traer del pasado su figura y honrarla como se merece.

Porque es una manera de honrar también a todo un pueblo que aún en el sufrimiento y las privaciones, aún padeciendo las consecuencias de tantos años de saqueo y de desidia, despojado, “con los sueños pendientes y los fracasos cumplidos”, ha resuelto que quiere defender su dignidad.

Un pueblo que tiene el coraje de ponerse de pie y a pesar de las adversidades, jugarse nuevamente por la esperanza.

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