UNA CRÓNICA

FOTO NICOLÁS MURCIA

“Museo Etnográfico y Archivo Histórico ‘Enrique Squirru’ de Azul”. Tal el nombre exacto -aunque parezca pomposo- de la Institución que los habitantes de la ciudad conocemos como “el Museo” (porque hay otros), del mismo modo que sucede en Tucumán, único lugar del país en que la Casa Histórica de Tucumán o Casita de Tucumán es llamada “La casa”, a secas.

Nombre exacto, decía, del Museo porque en él se conservan valiosos vestigios de los indios pampas y mapuches, de los gauchos del siglo XIX y de los primeros inmigrantes europeos  en aquella pampa de malones convertida en fuerte, a orillas de un arroyo extenso y amable.

El marco no podía ser mejor para la presentación de un libro que habla de otro de los símbolos de Azul: el Parque (Municipal Domingo Faustino Sarmiento). Los organizadores habían querido hacer el evento en la confitería del mismo Parque, pero los arreglos edilicios no llegaron. El Museo fue la solución. Y allí, entre pectorales de plata, botas de potro, rifles Remington y fotos de comisiones directivas de Sociedades Filantrópicas, sucedió aquella reunión, a las ocho de la noche de un sábado caluroso que estaba empezando a ponerse fresco.

Fresco afuera; adentro, el clima se iba caldeando por efecto de presencias: la autora, los artistas plásticos que ilustraron los poemas, el arquitecto que hizo el prólogo, los músicos, la locutora, alguna autoridad, familiares, amigos. Típicamente argentino, el público seguía apareciendo después de la hora indicada, y esa costumbre es buena, porque da lugar al deambular relajado en busca del saludo de los conocidos, al encuentro, al corrillo ameno; al disfrute, en fin,  de un remanso en la vida apurada que llevamos, unidos todos en la expectativa de algo que presentimos amoroso y auténtico.

Al principio fue la música, un dúo de jóvenes con piano y guitarra eléctricos. Sabiamente, la ofrenda musical estuvo parcelada en épocas, desde la creación del Parque en 1918, hasta la actualidad. Desfilaron las canciones que escuchaban los abuelos en las décadas del veinte y treinta, las de moda en los cuarenta y cincuenta, y así sucesivamente. Creo que uno podía imaginarse el paseo de la gente por el Parque, vestida como en el tiempo que rememoraban las melodías. Los muchachos tocaban esos temas que ya no se escuchan pero los mayores recuerdan, con mucho conocimiento  y sobre todo, con ese entusiasmo aflojador de corazones de los que aman la música. Entremedio, la locutora leía los poemas, y el alma del Parque iba flotando  entre los presentes, las vitrinas y el cielo de la casa señorial que supo donar desde muy antiguo, su generoso vientre al Museo.

Y llegó el momento de la autora. Airosa en sus 87 años con bastones, contó cómo el Parque permanece en su vida desde aquel enamoramiento inicial que aún continúa. En el instante de agradecer, recordó a la Directora del Museo e invitó a los ilustradores que dieron vuelo  a sus “sencillos” –dijo- poemas. A su pedido, se agregaron los músicos, la locutora, el prologuista y todos disfrutaron el homenaje del público.

La autora, que recibió en el Encuentro, de manos del Presidente del Consejo Deliberante, la copia  de la Declaración por unanimidad “De interés municipal” de su libro, contó que para más satisfacción le acababan de llegar  los ejemplares de su última novela, La Peña. Y la mostró, extraída de una caja que alguien terminaba  de abrir, anticipando que también trataba  un tema azuleño, como fueron  aquellas peñas de autos que se hacían por los años de la hazaña de un hijo de este pueblo en la pista de Nürburgring.

Después, como buenos argentinos mundanos, nos entregamos a las felicitaciones, al ágape, a la charla.

Yo, que llevo más de la mitad de mi existencia  en esta ciudad que no me vio nacer, sentí  esa noche de festejo la mágica conjunción de voluntades y recuerdos  con los que se forjan  la identidad y el carácter propio de una comunidad.

Y fui, no por mi marido ni por mis hijos azuleños, sino por el amor de una octogenaria llena de vida que tampoco nació en esta ciudad, una azuleña más.

Intimos momentos, profundas sensaciones que nos depara la vida, tan extraña, tan sorprendente.

Graciela Oro Fino.

 

 

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