COLABORACIÓN

Una madre, el manto y un milagro

Por Adolfo Mirande – Especial para EL tiempo

Era un personaje como salido de antiguas narraciones de magias, de desiertos, de valiosas joyas y de princesas encantadas.

Se dirigía solitario hacia el sur, bordeando la costa oriental del Mediterráneo entre Luna, Sol y arena. Entre obsesión, desesperación y ansiedad.

Uno tras otro en su recorrida interminable, visitaba a los más famosos facultativos en la búsqueda de un remedio para su mal.

Consultaba alquimistas, hechiceros, doctores y sabios de fama que atendían dolencias de principales señores, como sacerdotes, monarcas, terratenientes y ricos comerciantes.

Cruzó desiertos, praderas, calores y vastos territorios de noche y de día.

Lo contemplaron caravanas de enigmáticos camellos, con la mirada en la eternidad, víboras del desierto, buitres pacientes, y tempestades de arenas.

En el Mar Muerto percibió los aromas de las viñas de Engadí.

Siendo gran artista y afamado orfebre fue perdiendo su fortuna en manos de falsos profetas y charlatanes en la desesperada búsqueda de la cura de su mal.

En su angustiosa peregrinación terapéutica, además de otros males sufrió debilitamientos del seso, a tal punto, que preguntaba por alfombras mágicas y lámparas maravillosas.

Ahora iba con lo último que le quedaba; un manto de belleza tan singular que otro no había.

Pero su mal no se curaba…Él era triste como los hombres, y todo lo deseaba, y no recibía con alegría las buenas cosas que la vida le daba, y no se resignaba por las malas que por ley probable le llegaban.

Llevaba el manto para su venta a un palacio, en Oriente, de Las Mil y Una Noches, de bellas princesas y notables señoras. Le era necesario el dinero para el pago de sus obsesivas consultas. Pero no existía remedio humano, ni galeno en el mundo que su mal curara.

Era un manto tejido en Persia cruzado por hilos de platino y por hebras de oro puro que destacaban la blancura del otro metal entre fibras de exóticos animales del norte, cuyas pieles traían los más osados y grandes mercaderes.

Eran perlas de Omán y diamantes africanos las piezas que engalanaban aquella joya de inefable belleza.

Un mentado hechicero, previo pago exorbitante debería curar el tedio, el desagradecimiento, y la envidia que lo desasosegaban.

Con alguna pócima de hermética sustancia salida de quien sabe que misteriosa y humeante retorta, y con muy engañosa promesa, habría de sanar el falsario hechicero, la angustia de su alma.

Andando en esa industria el caminante se desato un fuerte ventarrón, y de la arena agredido, se refugió en una cueva el viajero.

…Y allí había una madre…

La madre y el padre velaban allí a un niño en humilde cuna.

Por un solo instante parpadeo el pequeño mirando al viajero y una luz divina y nueva alumbro al caminante y todo lo vio distinto.

Apiádose el hombre de la desnudez y lo cubrió con su manto dorado al niño.

–Este es mi regalo, dijo.

Y en un solo momento, el peregrino sintió en su alma la luminosidad más fantástica que sentir pudiera y estallo su sonrisa en dulzura y su mirada más profunda nunca había sido tan tierna, tan feliz y tan buena.

Con la paz encontrada olvido su propio mal y se sintió ampuloso de luz y de felicidad.

El niño sonreía, el rico manto se hizo tibieza y polvo de amor y cubrió a todos los friolentos del mundo y el penitente caminante sintió la gloria de un milagro.

Fue hace 2000 años. La cueva era una gruta, la cuna estaba en un pesebre y un asno y un buey, eran la compañía mejor. El lugar, Belén de Galilea…Y el niño, el Mesías, según palabra de los profetas del Señor.

…y estaba con su madre…

 

 

 

 

 

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