Una vuelta en Bici por Argentina

Santa Cruz

Escribe: Tomás Rivero

Especial para EL TIEMPO

Me gusta estar al lado del camino, fumando el humo mientras todo pasa”, canta Fito Páez en uno de sus temas.  Es ahí, al lado del camino, donde pasa gran parte de mi viaje. Donde paro a comer o  a descansar, o simplemente a contemplar el paisaje.

Es al lado del camino donde me detengo por una bocanada de aire tras una fuerte subida o a recuperar una porción de alma perdida, jugada contra el viento en contra.

Al lado del camino, veo camiones y autos pasar. Algunos tocan bocina y saludan. Otros parecen, ni notar mi presencia.

Es al lado del camino donde, cuando el sol empieza a caer, busco confiado un lugar donde acampar, alejado de la ruta y de la vista de los vehículos que pasan.

Esa es mi práctica diaria, descargar la bici, armar la carpa, acomodar mis cosas, y recién ahí, cuando ya está todo listo, poner a calentar un poco agua para el mate, y entre cebada y cebada, prepararme la cena.

Cruzando Santa Cruz

PEDALES A LA OBRA que tenemos que cruzar toda Santa Cruz si queremos llegar a Ushuaia, me dije decidido al salir de Comodoro Rivadavia. Unos 1350 km me separaban de la ciudad más austral de la Argentina.

Despacito me destine a recorrer esa interminable ruta 3, que más al sur me dirigía, más parecía que se estiraba y los pueblos cada vez se veían más distantes.

De Caleta Olivia a Fitz Roy, De Fitz Roy a San Julián, de San Julián a Piedra Buena…, Y así, como saltando de pueblo en pueblo, me iba acercando cada vez más a mi primer gran destino, Ushuaia.

Entre guanacos que al galope acompañaban mi pedaleo, y bajo la atenta mirada de algún zorro que curioso me vigilaba desde lejos, en Santa Cruz cumplí mis primeros 1000 km de viaje.

El viento dé tanto en tanto me hacía saber quién mandaba en esa parte desolada del país y el frio me recordaba que ahí la primavera se había olvidado de llegar.

Por las noches un cielo estrellado acompañaba mi cena. En esa estepa eterna, el universo entero se dejaba ver plasmado por sobre el techo de mi carpa. De lo ínfimo a lo importante, de lo efímero a lo trascendente, iba reflexionando dándome cuenta cuanto me quedaba por aprender

Y así, casi sin darme cuenta llegue a Punta Delgada, último pueblo antes de cruzar el Estrecho de Magallanes. Y ahí a esperar, al reparo del viento, a que una barcaza  me cruzara al otro lado del canal, para por fin poder poner pie firme en la Isla del Fin del Mundo.

<
>

¡Deja un Comentario!

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *