Una vuelta en Bici por Argentina

Tierra del Fuego

Escribe: Tomás Rivero

Especial para EL TIEMPO

Al otro lado del estrecho, la cosa no parece cambiar. El viento sigue soplando y parece nunca cansarse. La 257 me va a llevar hasta Cerro Sombrero, primer pueblo con el que me voy a encontrar en la Isla. El sol se está poniendo y todavía me faltan 40 km. Me espera una familia para cenar, los conocí en el estrecho y me invitaron a hospedarme en su casa. Como viene la cosa y con este viento, más que seguro que llego de noche.

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Oscurece y me faltan… ¿cuántos? ¿20, 25?, los kilómetros no parecen pasar más. Me pongo la linterna frontal y sigo pedaleando. Apenas distingo la línea blanca al costado de la ruta, pero esos pocos metros me sirve de guía. Doce horas de pedaleo, más de 150 km, demasiado para un solo día. Solo pienso en comer y en dormir y en que mañana toca otro día de pedaleo.

Frio, viento, lluvia….y una carrera de Rally

Tierra del Fuego me recibió como….bueno, como más o menos me lo imaginaba. Ya me había mentalizado que esta isla recóndita del Continente Americano no me iba a hacer las cosas fáciles.  135 km me separan de San Sebastián, el paso fronterizo que me va a permitir cruzar de vuelta a Argentina y creo que el camino no me va a dejar llegar en el día de hoy. Me comentaron de unos puestos de arreo que hay a lo largo de la ruta y tal vez sean buenos lugares para pasar la noche.

Al frio y al viento, hoy le sumamos la lluvia que despacito empieza a mojar. Me pongo la campera impermeable, creyendo que la puedo burlar, pero a las pocas horas ya estoy mojado. No queda otra que mantenerse en movimiento tratando de que el cuerpo pueda guardar un poco el calor.

A lo lejos veo autos parados. Me acerco curioso a preguntar qué está pasando. Una carrera de rally va a mantener la ruta cortada por más de una hora. Pregunto si me dejan seguir y me dicen que NO. Sigue lloviendo y ahora que estoy quieto el frio se siente hasta en los huesos. Miro para los costados para ver si alguien desde algún auto me hace seña de que suba, pero cada quien está en su mundo, tomando mate, escuchando música, conversando con los motores en marcha y la calefacción prendida….¡¡¡Uffff que frio que tengo!!! ¿Ninguno de estos me va a invitar a subir?

Pasa el 67, el 158, el 75.  ¿Alguien sabe cuántos autos son? Se me acerca el guardia que está cortando la ruta y me regala unos caramelos. ¿Para que mier** quiero unos caramelos? Me pregunto malhumorado y en silencio, mientras acepto el regalo. Trato de comer uno, pero no puedo quitarles el papel, casi no puedo mover los dedos.

Espero y espero, el tiempo cada vez pasa más lento. Creo que ya más frio no puedo sentir. Se me acerca otra vez el guardia. “Ya casi termina” me dice y se aleja nuevamente.

Creo que falta solo uno, viene rezagado, aparentemente tuvo un accidente. Y por fin, al cabo de unos interminables minutos,  el mágico número 22 da final a la carrera. Después de casi una hora y media, puedo seguir viaje.

Sigo pedaleando, tratando de recuperar algo de calor, pero es imposible. Todavía no sé dónde voy a dormir. Voy buscando los puestos de arreo pero no veo nada. Necesito un techo que me proteja de la lluvia. Y por fin en el cruce de la Y-79 y Y-85, estaba. Como quien encuentra el más preciado tesoro, abrí la puerta. No sé si era un puesto de arreo, una parada de colectivo abandonada, u otra cosa, pero poca cosa me importaba, era ideal para pasar la noche.

Dibujos y escritos en las paredes me indican que ese lugar es frecuentado por ciclo viajeros de los más diversos países. Me quedo atónito, leyendo cada uno de ellos que brillan ante mi mirada, y ya con ropa seca y la cena cocinándose, me doy cuenta de que estoy donde quiero estar, feliz por estar haciendo lo que quiero hacer.

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