Utopía de una sociedad que está cansada

OPINIÓN

Borges y la República Argentina. Moneda conmemorativa -año 1999-, con motivo de los 100 años del nacimiento del escritor Jorge Luis Borges.

Escribe: Dr. Facundo Gómez Romero /Arqueólogo

El título parafrasea aquel inquietante cuento de Borges: “Utopía de un hombre que está cansado” y quizá nos sirva para avizorar porqué considero que esta sociedad está cansada, muy cansada. Serán estas algunas disquisiciones elucubradas por un ciudadano común que se permite utilizar las libertades que da el ensayo para trazar unas breves líneas. Porque una cosa es bien cierta: el milenio cambió pero nuestros problemas persistieron. Nuestra clase política sólo aparece en épocas de campaña electoral, para intentar encantar con su pirotecnia vana y sin sentido; hecha de un rosario de promesas nunca cumplidas al ciudadano de turno. Una vez ganada la contienda en las urnas, hay que empezar a gobernar. Los gobiernos se suceden así desde hace varios lustros. Los hay más o menos verborrágicos, más o menos hegemónicos, más o menos idealistas, más o menos pragmáticos; pero hay algo de lo que ninguno está exento: de un grado atroz, insostenible casi, de inoperancia.

Para colmo de males, todo el peso de esa inoperancia y del sostenimiento a rajatabla de un estado elefantiásico, opaco y deslucido, cuyos rasgos visibles sólo dan pena y asco: las jubilaciones de privilegio, el florecimiento de los “ñoquis”, la multiplicación de casos de corrupción de funcionarios públicos, para sólo enumerar algunos; lo sostiene el ciudadano que paga sus impuestos callado la boca mientras se debate en la odisea imposible de llegar a fin de mes. Su principal adversario es esa fatal inoperancia, que hace que la inflación ya sea marca registrada de la Argentina y que el “tarifazo” campee a sus anchas.

Las cosas no son así en el mundo, en donde administraciones gubernamentales más eficientes o menos eficientes, ya dejaron de lidiar hace años con economías inflacionarias y con aumentos inconcebibles de cargas fiscales y servicios básicos. Para vislumbrar esas realidades no es necesario irse a latitudes muy lejanas, tales como los países nórdicos que siempre “midieron bien” en estas comparaciones un tanto volubles, sino que ahora podemos enfocar la mira hacia nuestros vecinos. Países como Chile y Uruguay y hasta la propia Bolivia, constituyen espejos en donde deberíamos mirarnos. Con economías saneadas y ritmos de crecimiento sostenidos, sirven para pensar cuán ineficaz es nuestra clase política a la hora de hacer medianamente bien su trabajo.

El sistema político argentino

El sistema político argentino no funciona. Es hora de decirlo de una buena vez. En todas nuestras reparticiones públicas sigue primando la tradicional empiria que no sólo permite, sino que además apoya, la imagen en la que se percibe a cuatro empleados tomando mate y charlando, y a sólo uno, trabajando. En tanto que sueldos y jubilaciones de la clase política resultan extremadamente amorales, por sus elevadísimos montos, sobre todo para gente que, como ellos, demuestra que no sabe hacer bien su trabajo. Y repito: no sólo no sabe hacerlo bien, sino que además, comete repetidamente los más escandalosos delitos de corrupción y malversación de los fondos públicos.

Pregunto: ¿es ilícito pensar en sueldos de montos normales para con la clase política?, sobre todo pensando en su enorme inutilidad para con la tarea que el voto del pueblo le asigna. ¿Resulta un sinsentido pensar en la abolición de las jubilaciones de privilegio?, el viejo Marx nos diría que sí, que ninguna clase actúa en contra de sus propios intereses de clase, y la clase política nacional no es la excepción.

Viví muchos años en España, una economía complicada, pero que tiene resueltos la gran mayoría de los problemas que a nosotros no solamente nos agobian, sino que nos carcomen, frenando la más mínima posibilidad de crecimiento. Alucinado ante todo el rosario de casos mafiosos de corrupción por un lado, y de “tarifazos” salvajes por el otro, no puedo dejar de pensar en aquél país con sana envidia. Para su suerte, “los gallegos” básicos, brutos y “cuadrados”, como nos gusta categorizarlos, se sitúan muy lejos, a años luz, de nuestra bananera realidad.

El filósofo francés Michel Foucault nos enseñó que el poder todo lo atraviesa y que todos y cada uno somos sujetos activos del mismo, en un complejo diagrama en constante ebullición. No obstante, en nuestro país esta es una verdad a medias, y ¿porqué? debido a que el peso del estado es lapidario para con el ciudadano de a pie. El poder de la clase política y sus instituciones se desbarranca en cascada desde el pináculo de la pirámide y alcanza hasta el más infinitesimal de los rincones de una geografía no poco vasta. El mejor ejemplo de esto es el pago de impuestos y servicios, cuyos aumentos exorbitantes recaen sobre el ciudadano quien sólo tiene una salida: pagar.

La presión impositiva argentina es una de las más sofocantes del globo. Esta realidad determina, por un lado, que el argentino medio prácticamente trabaje para poder pagar los impuestos, y por otro, que la desmesura de los gravámenes sólo sirva para ahuyentar capitales extranjeros  los que, lógicamente, eligen otras tierras para invertir.

Para colmo de males, ese dinero en muy contadas ocasiones retorna en obras públicas, iniciativas culturales o infraestructuras. En la región donde habito, tenemos las mismas carreteras que hace sesenta años y en el ejido urbano los pozos y baches campean a sus anchas, y si nos alejamos unas pocas cuadras del centro, las calles ni siquiera tienen señalización. Y no es que persista en estas un deseo innato de volver a ser parte del campo que las vio nacer, es pura y simple desidia de los gobiernos de turno.

Muchas veces me pregunté qué hubiera ocurrido en los países europeos si hubieran sufrido aumentos tan descomunales en las tarifas y en los impuestos. Probablemente, se hubieran sucedido marchas tras marchas, cada vez más violentas, huelgas inacabables y otras protestas que hubieran paralizado el país de turno, hasta hacer dar marcha atrás en los desmesurados aumentos. En nuestras latitudes, pocas voces se alzan, tibias e inconsistentes son las reacciones y así, la opresión de la clase política es total.

Curioso país este, de sindicalistas millonarios y obreros paupérrimos. Porque este sí que es un logro de las administraciones políticas nacionales, y es que tiene un altísimo grado de producción. Y qué produce, indagará el lector, la respuesta es sencilla: pobres. Alrededor del 30% de los argentinos se sitúa hoy en la pobreza, es decir de cada 10 argentinos 3 son pobres. Buena parte de ellos viviendo en la indigencia y en condiciones de vida auténticamente infrahumanas. Encuadre que hace eclosión en un país con riquezas naturales y recursos privilegiados que nos distinguen a nivel mundial.

“Para muestra basta un botón”

En otro tiempo las cosas fueron enteramente diferentes y para muestra basta un botón, según afirma el viejo dicho. En 1880, Estanislao Zeballos publicó un libro titulado “Viaje al país de los araucanos”, en este describe así al Azul de la época:

“A las 9 de la mañana del 18 estábamos reunidos en la plaza del Azul. Conocía el pueblo desde 1874; peros sus progresos durante los seis años transcurridos me llenaron de asombro. En 1832 era un fortín; en 1879 es una ciudad extensa, con edificación opulenta y con una riqueza palpitante…El Azul presenta un aspecto y una actividad que impresiona agradablemente. Se siente palpitar donde quiera el bienestar de los habitantes y la riqueza del distrito”.

Huelga cualquier tipo de duda al respecto, las palabras citadas son el reflejo más puro y acabado de nuestra decadencia. Lamentablemente, en este sentido puede tomarse a la ciudad de Azul como un excelente ejemplo de lo acaecido en el país.

En el cuento aludido en el título de este ensayo, Borges sitúa los hechos del mismo en un futuro lejano. A dicho futuro, arriba un visitante del siglo XX y mantiene una larga charla con un personaje que habita el territorio de lo que fuera la Argentina. En un momento de la genial trama, se sucede este diálogo:

“Inquirí:

-¿Qué sucedió con los gobiernos?

-Según la tradición fueron cayendo gradualmente en desuso. Llamaban a elecciones, declaraban guerras, imponían tarifas, confiscaban fortunas, ordenaban arrestos y pretendían imponer la censura y nadie en el planeta los acataba. La prensa dejó de publicar sus colaboraciones y sus efigies. Los políticos tuvieron que buscar oficios honestos; algunos fueron buenos cómicos o buenos curanderos.”

Como se ve, la literatura también brega por la todavía improbable honestidad de los políticos y por la aún más improbable ausencia de gobiernos. Porque ya se sabe, cuantas más competencias y autoridades tenga un estado, más infelices serán sus sociedades.

Para terminar y no extenderme por demás, dejo en claro que no estoy hablando acá de ninguna “grieta”. La espantosa ineficacia que campea a sus anchas en la clase política argentina les cabe a todos por igual, con alguna que otra notable excepción, que no haría más que confirmar la regla. Excepción que, lamentablemente todavía no conozco o simplemente no he dado con ella. Tampoco es mi intención ofrecer algún tipo de solución al respecto, no soy politólogo especialista en políticas públicas ni nada que se le parezca, ni tampoco ocupo ni ocupé ningún cargo en la administración del estado.  Soy, como dije, tan sólo un argentino más.

En 1982, mi padre Jorge Gómez Romero, publicó un artículo en este mismo medio, muy celebrado por entonces. Tenía sólo 14 años entonces y, pese a mi corta edad, me pareció el sangrar de una herida abierta. Se titulaba “Cuarenta años de frustraciones”. Desgraciadamente, en el tiempo transcurrido desde entonces, hemos agregado treinta y cinco años más de dislates. En todos estas décadas de desilusiones hemos pasado: por el espanto de Isabelita, López Rega y la “juventud maravillosa”, por la larga noche de una dictadura tenebrosa, por la hiper- inflación, por el “uno a uno” y el vaciamiento del estado, por el 2001, por el asalto al poder político de una estructura mafiosa, y por el “tarifazo” y el “impuestazo” implacables. Por eso afirmo que esta sociedad está cansada, muy cansada…

Pero, volvamos a las matemáticas: la suma de años de fiasco y desengaño (los anunciados en el título del artículo de mi padre y los transcurridos desde entonces) nos entregan la friolera de setenta y seis años. Cifra que se corresponde con la esperanza de vida del argentino medio, ése y no otro es el regalo envenenado que nos ha hecho la clase política en todos estos años. La expectativa de cualquier cambio al respecto en el corto o mediano plazo, para nuestra desgracia, anida sólo en el terreno de la utopía.

 

 

 

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