ENFOQUE

Vida estéril


Escribe: Padre – 
Juan Carlos Ormazabal

Es el riesgo más grave que nos amenaza a todos: terminar viviendo una vida estéril. Sin darnos cuenta, vamos reduciendo la vida a lo que nos parece importante: ganar dinero, estar informados, comprar cosas y saber divertirnos. Pasados unos años, nos podemos encontrar viviendo sin horizonte ni proyectos y fácilmente logramos una alegría hueca o nos deprimimos. Poco a poco, vamos sustituyendo los valores que podrían alentar la vida por pequeños intereses que nos ayudan a “ir tirando”.

Tal vez no es mucho, pero nos basta con “sobrevivir” sin más aspiraciones. Lo importante es “sentirse bien” y “mantenerse joven”. Confundimos lo valioso con lo útil, lo bueno con lo que nos apetece, la felicidad con el bienestar. Ya sabemos que eso no es todo, pero tratamos de convencernos de que nos basta. Sin embargo, no es fácil vivir así, repitiéndonos, alimentándonos siempre de lo mismo, sin creatividad ni compromiso alguno, con esa sensación extraña de estancamiento, incapaces de   hacemos cargo del propio sufrimiento y del ajeno de forma constructiva. La razón última de esa insatisfacción es profunda. Vivir de manera estéril significa no entrar en el proceso creador de Dios, permanecer como espectadores pasivos, no entender nada de lo que es el misterio de la vida, negar en nosotros lo que nos hace más semejantes al Creador: el amor compasivo y la entrega generosa.

Jesús compara la vida estéril de una persona con una “higuera que no da fruto”. (Lucas 13,1-9).

La pregunta de Jesús es inquietante. ¿Qué sentido tiene vivir ocupando un lugar en el conjunto de la creación si nuestra vida no contribuye a construir un mundo mejor? ¿Qué significa pasar por esta vida sin hacerla un poco más humana? Criar un hijo, construir una familia, cuidara los padres  ancianos, cultivar la amistad o acompañar de cerca a una persona necesitada… no es “desaprovechar la vida”, sino vivirla desde su raíz más plena. Jesús con esta parábola invita a sus oyentes de ayer y de hoy a una “conversión”, a dar una vuelta de 180 grados.

La  vida tiene sentido si damos “fruto  abundante”. Si pasamos la vida   comparándonos unos con los otros; si miramos lo que hacen o dejan de hacer los demás, silo hacen bien o mal, allí nos estancaremos en críticas malsanas y moralistas. Convertirnos, es intentar un crecimiento a los ojos de Dios. Como la higuera que sino da fruto debemos consultar con el agricultor que sabe cultivar la tierra, la riega, busca más abono, la poda, le saca los yuyos.

Dejemos hablar a nuestra conciencia. Allí en medio de todas las voces aparecerá la mejor de ellas, que es la voz del que nos creó.

Dice San Juan Pablo II: “El hombre debe fructificar en el tiempo, es decir, durante la vida terrena, y no solamente para sí, sino también para los demás, la sociedad de la que forma parte integrante. Sin embargo el hombre debe fructificar simultáneamente también para la eternidad. Y si   quitamos al hombre esta perspectiva, quedará una higuera estéril”. (3, 4, 80).

 

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