ENFOQUE

Violencia de género

Por Horacio Guillermo Rodríguez

Profesor Adjunto de la Facultad de Derecho de la UNICEN

En un artículo publicado en octubre del año pasado hacíamos referencia, y en alusión a la que emprendiera Mao Tse Tung en la primera mitad del siglo veinte, a que la La Gran Marcha del día 3 de junio del 2015 contra la violencia de género bajo el lema “NiUnaMenos” (y que tuviera un enorme éxito de asistencia en muchas ciudades – no en la nuestra- pero fundamentalmente en la de Buenos Aires), en verdad era el comienzo de una ardua tarea dado que este fenómeno de violencia de género (y de la violencia toda) es producto de algo muy ancestral y muy arraigado, por lo que su erradicación reclama un largo y verdadero cambio cultural, generado fundamentalmente por el aporte de la educación formal a cargo principalmente del Estado, con la contribución de cada uno de nosotros que alentamos ese cambio, y con el auxilio de la sociedad organizada casi espontáneamente como ocurre con la movilización del viernes 3 de Junio pasado.

Por estos datos culturales, la gran marcha necesariamente tendrá que ser una larga marcha, como también se la llamó a la de Mao, persistente, continua y con un número cada vez mayor de adherentes porque a no olvidarnos de que se está pretendiendo un cambio social muy profundo y en todos sus estratos, razón por la cual inexorablemente se requiere de tiempo.

Claro que algunas disciplinas como el derecho pueden crear casi inmediatamente condiciones más favorables para las mujeres sometidas a actos de violencia o en riesgo de serlo, tal como las restricciones, la amenaza penal, jueces y organismo especializados, procesos y procedimientos más expeditos, asesoramiento y patrocinio gratuito (prestado por profesionales idóneos y no por cualquiera), o aún con tecnología vieja (estadísticas, registros, etc.), o nueva (botón antipánico) o aún de punta (pulsera localizadora del presunto atacante como complementaria de las restricciones o prohibiciones de acercamiento a la víctima mujer).

Aunque lo más importante o lo que acabará en gran medida con este flagelo de la violencia contra nuestras madres y contra nuestras hijas, es ese soñado cambio cultural que seguramente no será ni inmediato ni total pero al que indiscutiblemente hay que apuntar, mediante una verdadera toma de conciencia colectiva, para lo cual aporta y mucho, este tipo de marcha como la que ahora acompañamos y aplaudimos.

Pero el éxito de esta medida, como de muchas otras, estará dado por una participación cada vez más creciente, tanto cuantitativa como cualitativamente, y con esto último apunto a los hombres porque somos nosotros los que debemos tomar una doble conciencia: por un lado sobre la existencia de la violencia de género como un problema social transversal y muy serio;  y por el otro sobre que no es un problema de mujeres como una suerte de patología de afectación exclusivamente femenina, sino un problema social generado por hombres enfermos y no mujeres enfermadas.

En definitiva, un gran logro cultural en el sentido que se deja propuesto, sería a través de un generalizado reconocimiento de la dignidad de las mujeres, dignidad que muchas veces la ponen en juego sus propias congéneres quienes aceptan o hasta buscan relacionarse con los hombres de manera desigual afirmando en forma tácita una inexistente inferioridad natural, o cuando (muy probablemente de manera inconsciente), alientan un machismo de neto corte, además de anacrónico, patológico, o en los casos en que aceptan situaciones que aunque solapadas muy significativas, como la que se plantea cuando una aparente prestigiosa casa de venta de ropa europea, lanza una línea de remeras tanto para bebas como para bebes, sólo que las de ellas tenía la leyenda de “linda como mamá” y en cambio las de ellos tenía la siguiente: “inteligente como papá”.

¿Y qué pasó en Azul con la marcha del viernes? Pues pese a que no nos destacamos por constituir una sociedad particularmente participativa, en esta marcha hubo una sensible mejora tanto en el número de asistentes cuanto en el sexo de éstos, de lo cual podemos enorgullecernos por nuestra doble condición de varón y de azuleño.

 

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