VIOLENCIA: OBSERVAR TAMBIÉN LAS CAUSAS

Días pasados, el secretario de Salud de la Municipalidad recibió críticas de uno de los gremios de trabajadores comunales. El STMA acusó al funcionario por convocar a una conferencia de prensa para dar cuenta de algo que, cierto es, nunca debió haber faltado en el Hospital “Dr. Ángel Pintos”: la presencia de personal para brindar seguridad al personal que se desempeña en el centro médico asistencial, así como a los pacientes y sus familiares.

Por un lado, corresponde anunciar a la población a través de los medios de comunicación el inicio de guardias con personal policial, de la misma manera que el dirigente gremial actúa acorde con su función de velar por la seguridad de sus representados. Pero también debería explicarse que, con este tipo de medidas, lo que se hace es intentar paliar las consecuencias, no las causas de un creciente estado de violencia que se vive en la comunidad.

No hace falta deambular por las calles para saber de la existencia de un grado de irracionalidad cada vez mayor, y de estados de exaltación recurrentes ante la más mínima discusión que se pueda generar. Esto último es bastante común verlo luego de un accidente de tránsito, cuando la primera reacción de algunos conductores es descargar la ira en la humanidad del otro protagonista del siniestro.

Es correcto inferir que, con ubicar policías en el hospital, no se soluciona el origen de la violencia, pero eso era algo que había que hacer porque los centros de salud también son receptores de la violencia instalada en la sociedad, y ningún trabajador tiene el derecho de desempeñar su labor en tales condiciones. El mismo razonamiento se podría trazar al destacar que se hacen controles de tránsito cada vez más rigurosos para sacar del manejo a quienes se pasan de copas u otra sustancia, pero con ello no se está yendo a la raíz de aquello que lleva a una persona a embriagarse o drogarse e irresponsablemente ponerse al volante de un automotor.

Se repite el relato de quienes son testigos de personas –fundamentalmente jóvenes de distintos estratos económicos y sociales- ingiriendo estupefacientes en la vía pública sin ninguna clase de conciencia del daño que se están generando en sus organismos.

La misma ausencia del rol de los padres en la contención de sus hijos hace que se viva una suerte de total “descontrol” en algunas de las denominadas “previas”, fiestas privadas y a la salida de algún local nocturno, cuando unos pocos sacan a relucir su “incontenible” furia y se toman a golpes de puño por cualquier zoncera. No olvidemos el caso de una agente de policía que, en nuestro medio, salvó milagrosamente su vida luego de ser alcanzada por un trozo de baldosa que le impactó en la cabeza.

Siempre hubo peleas y corridas, pero nunca antes se asistió a un despliegue semejante de la irascibilidad, que tiene como punto más álgido y preocupante al desprecio por la vida propia y del prójimo.

Es posible que muchos padres hoy “ausentes” hayan sido víctimas primigenias de esa falta de contención y de atención de sus progenitores. De ahí el desmadre que vino después y que hoy nadie sabe si se podrá reencausar.

En algunos planos de la sociedad merodea la resignación y el conformismo porque la violencia es algo instalado en la matriz del ser humano. Nadie pide que Azul sea una isla de lo que sucede en el resto del país.

Era costumbre que hasta hace unos cuantos años un grupo de padres se reuniera en la ex confitería Cacique Catriel para intercambiar opiniones que permitiera encontrar otros caminos para tener mayor llegada a los jóvenes, en quienes descansan las esperanzas de una comunidad menos violenta, realmente más equitativa y solidaria.

Quizás acciones de esa índole, u otras, se puedan implementar en el corto o mediano plazo para hacer un abordaje sincero, profesional y a fondo de las causas de la violencia y las posibles medidas de acción a seguir.

 

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