Y el veredicto es…

 

Por Mariana Azcona

Lic. en Psicología egresada de la UBA. Especializada en Clínica Familiar Sistémica.
MP. 35387 – marianaazcona45@gmail.com

Casi sin darnos cuenta, a medida que los niños van creciendo, vamos definiendo su personalidad.

Nuestras expectativas, miedos e inseguridades se transmiten día a día junto con su desarrollo.

Cuanto influimos en la personalidad y el carácter de los más pequeños?

Es una pregunta muy difícil de responder, casi imposible, ya que los factores que inciden en el desarrollo de la personalidad de nuestros hijos son múltiples y muy difíciles de identificar.

“es muy tímido”, “es terrible”, “no le gusta jugar solo”, “es desconfiado”, “tiene problemas de socialización”, “no le gusta lo dulce”, “no sabe compartir”, “es igual a su padre”, “contesta como la abuela”, son solo algunos ejemplos de cómo vamos sentenciando las conductas y los procesos de nuestros hijos.

Nuestra mirada se va sesgando y poniendo el acento solo en las acciones que confirman nuestras sospechas y cada vez las consolidamos más.

Nuestra opinión y nuestra mirada son referencias a partir de las cuales los niños conocen y exploran el mundo.

Es cierto que cada niño tiene su forma de ser, sus necesidades particulares, sus miedos propios, sus capacidades y dones característicos de su ser. Nos resulta inevitable ir definiéndolos a medida que su persona va apareciendo en la sociedad.

Nuestras exigencias y el miedo frente a la mirada de los otros también se transmiten.

Es importante no transformarnos en los jueces de nuestros hijos dictando sentencias que los llenan de culpa por no colmar nuestras expectativas.

Ser conscientes de nuestras frustraciones como mapadres, lo que no podemos lograr y lo que ellos nunca van a ser porque son sujetos independientes a nosotros mismos, es lo primero que podemos hacer para evitar que se sientan juzgados y culpables de no ser lo que se espera de ellos.

Resaltar sus cualidades en lugar de sus defectos también es fundamental para transmitirles seguridad y no dañar su autoestima.

Hablar de nuestras preocupaciones y miedos cuando ellos no estén presentes, evitar hablar mal de ellos como si no estuvieran escuchando.

Saber que están en desarrollo, que su personalidad no es algo definido y estático y sobretodo, que están aprendiendo.

“compartir es difícil, ya vas a ir aprendiendo”, “todos nos enojamos, lo importante es que aprendas qué hacer cuando te enojas”, “aprendiste un montón de cosas desde que naciste, también vas a ir aprendiendo a cuidar tus juguetes”.

Nuestra función como mapadres es acompañarlos a que ellos descubran su personalidad, resaltando sus aspectos positivos, ayudándolos a mejorar sus puntos débiles y mostrándoles opciones y alternativas cuando sea necesario.

Dejemos nuestras desilusiones y frustraciones para compartir con nuestra pareja o personas de confianza porque son nuestras, nos pertenecen y a nuestros hijos no les corresponde estar a la altura de nuestras  expectativas.

 

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