¿Y por casa cómo andamos?

El trabajo se construye y configura históricamente, es decir: sus formas responden a las lógicas de los intereses dominantes en cada momento. Todas las modalidades de trabajo responden a concepciones de la sociedad, concepciones con respecto al sujeto: la

familia, los roles sociales, los géneros, etcétera. Por eso cuando se habla de competitividad, mercado de trabajo, venta de trabajo y recursos humanos, se está hablando de una sociedad que se disputa los medios de producción desde distintas lógicas, pero que en su mayoría promueven valores como el egoísmo y el individualismo: el sálvese quien pueda.

Estos (des)valores que se instalan en la sociedad muchas veces no permiten detenerse a reflexionar sobre los actos, las relaciones humanas que tejemos, y el futuro que queremos construir como sociedad. Estas formas de las que hablamos favorecen sólo a una minoría privilegiada, que logra obtener sus ganancias a costa del sacrificio de la mayoría trabajadora. Los dueños de los recursos y del capital (banqueros, sojeros, industriales, importadores) se benefician de la competencia entre los trabajadores/as, promoviendo el individualismo y la búsqueda del bienestar personal.

Los dueños de esos recursos económicos son quienes hoy ocupan gran parte de los cargos políticos en las instituciones del Estado, y a través del mismo se permiten introducir toda reforma, decreto o ley que les reditúe un beneficio tanto personal como a su clase.

Miedo en relación al trabajo

Hoy estamos volviendo a sentir miedo en relación al trabajo: el fantasma de la desocupación actúa como disciplinador y las estrategias para superar este miedo se proponen como individuales y competitivas. Sin embargo, siempre coexistieron bajo estas coyunturas de avance del capitalismo saqueador, experiencias que superan estas formas individualistas de acumulación y que promueven en cambio lógicas colectivas, solidarias y participativas.

Varias de estas experiencias se materializan en lo que son las cooperativas y las empresas recuperadas por sus trabajadores, acá en Azul: Coopecer, Radio Azul, Pachi Lara, Sudantex y El Molino Nuevo y también las 17 cooperativas de trabajo. Asimismo, se observa hoy el crecimiento del sector de trabajadores autogestionados como emprendedores, pequeños productores, pequeñas empresas que en su mayoría son de origen familiar, artesanos, artistas, trabajadores de oficios, trabajadoras domésticas, etcétera. Todas estas experiencias  nos muestran otras formas de trabajo, en donde las decisiones se toman de manera participativa, en donde la cooperación reemplaza a

la competencia, la solidaridad al individualismo y la retribución equitativa a la acumulación explotadora. Estas formas, como nos gusta decir, más humanas, son históricas. Algunas veces con más o menos visibilidad en función de la capacidad que han tenido para ocupar los espacios públicos, introducirse en los espacios educativos, plantear agendas políticas, construir derechos, proponer y desarrollar políticas públicas y ocupar los medios de comunicación masivos.

Todas estas experiencias de trabajo en Azul vienen siendo el sostén económico de muchas familias y, sobre todo, su lugar de encuentro y vinculación; ese lugar donde se construyen las soluciones económicas pero a la vez se construyen subjetividades e identidades, un nosotros en un mundo que  parecería ir en la dirección contraria. Todas estas experiencias en Azul están siendo hoy arrasadas por las políticas restrictivas, por los ajustes, por los requisitos de competitividad, por criterios de des-humanización laboral que vulneran derechos humanos esenciales y anulan las posibilidades de soluciones colectivas. Estas políticas instalan de esta manera el miedo; el sálvese quien, además de esmerarse, pueda competir.

“Resistiendo en unidad”

Pero esto no sucede sólo en Azul, está pasando a lo largo y ancho del territorio nacional e incluso a nivel mundial. Hay un avance de políticas neoliberales que impone formas de trabajo y lógicas de producción acorde con sus intereses particulares de acumulación.

Es por todo esto que tenemos que (re)encontrarnos en las calles, tenemos que hacer visibles nuestros reclamos y problemas y construir conjuntamente soluciones. Pero esta construcción debe ser ante todo política: proponer cambios profundos en las lógicas de producción, de consumo y distribución y contener un mensaje solidario, colectivo, participativo e inclusivo como nos vienen mostrando las distintas experiencias autogestivas que acabamos de describir y que nos brindan posibilidades de desarrollo para todos y todas. Porque estas experiencias vienen resistiendo los avances del capitalismo, resistiendo desde propuestas colectivas y desde un espíritu solidario. Por eso seguiremos apoyando a los trabajadores que recuperaron su empresa y a quienes quieran recuperarla, a las cooperativas y mutuales, a nuestros emprendedores y artesanos, a nuestros vecinos productores, a nuestros feriantes y artistas, a nuestros ambientalistas, a nuestros vecinos y compañeros obreros. Es decir, a las clases populares que siguen luchando día a día por un mundo más justo e igualitario. Tenemos que seguir resistiendo en unidad y construir la alternativa desde las clases populares, con un claro y contundente mensaje esperanzador para reivindicar las luchas pasadas, las presentes y construir un futuro para nuestro pueblo trabajador.

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