28 de septiembre de 2026
Por Ezequiel Zabalza (ezezabalza@hotmail.com)
A pesar de haber recorrido los escenarios más importantes del vóleibol, de haber jugado Mundiales y Juegos Olímpicos, de haber integrado cuerpos técnicos de selecciones nacionales y de haber conquistado títulos como jugador y entrenador, Hernán Ferraro vuelve una y otra vez a Azul cuando habla de su historia.
Porque antes de la elite estuvo Chacarita. Antes de las selecciones estuvo aquel grupo de jóvenes que llegó desde Buenos Aires. Y antes de todos los títulos estuvo la necesidad de sostener un proyecto que parecía no tener lugar donde continuar.
-Antes de ser entrenador reconocido nacional e internacionalmente, fuiste jugador y tuviste una relación muy fuerte con Azul. ¿Qué recordás de tu llegada a la ciudad?
-Uh, de mi llegada a Azul recuerdo todo, todo, todo. Recuerdo el bar de Chacarita, a 'Raulito' atendiéndolo desde una ventanita y mirándonos. Éramos tres locos (-Sebastián- el 'Turco' Jarif, otro compañero y yo) que habíamos venido desde Buenos Aires a dar una mano en el vóley. Si bien ya éramos conocidos dentro del ambiente del vóley, recuerdo que nos miraban mucho, un poco de reojo, como preguntándose qué estaríamos haciendo. También recuerdo la vergüenza y, al mismo tiempo, las ganas que tenían los jugadores de aprender, de estar y de compartir con nosotros.
Me acuerdo de todo: de las casas donde vivíamos, del barrio, de la sensación de entrar a Chacarita y, sobre todo, de la gente. Recuerdo especialmente a los dirigentes, que nos dieron mucho cariño y nos hicieron sentir parte de una familia.
Yo era muy chico; quizás hoy no parece, pero tenía apenas 21 años. Mi padre había fallecido un par de años antes, así que en ese momento me sentí muy contenido, muy albergado. Y creo que por eso, hasta el día de hoy, tengo un amor tan grande por Azul.

Antes de convertirse en entrenador y construir una trayectoria vinculada al alto rendimiento, Ferraro fue jugador (aparece con N°8) y tuvo en Azul una etapa decisiva de su vida. Llegó a la ciudad con apenas 21 años y rápidamente se vinculó con Chacarita, donde comenzó una historia que terminaría desembocando en la creación de Azul Vóley. Foto: archivo.
-Tu etapa en la ciudad comenzó vinculada a Chacarita. ¿Qué significó para vos jugar en "Chaca" y qué recuerdos tenés de aquel equipo y de aquella época?
-Sí bien nosotros jugábamos en 'Chaca', creo que lo mejor que nos pasó, y también lo mejor que hicimos, fue no identificarnos únicamente con el club. Nosotros éramos el equipo de vóley que representaba a la ciudad, más allá de que llevábamos el nombre de Chacarita.
Había una comisión de vóley independiente y todo el mundo sabía que nosotros no dependíamos directamente de 'Chaca'. De hecho, después de dos años, el presidente del club decidió que no continuáramos porque nosotros estábamos generando una verdadera revolución con el vóley y él quería que el club se enfocara principalmente en el fútbol.
Creo que lo más importante fue justamente eso: haber logrado que el equipo trascendiera al club y se identificara con la ciudad. Por eso, cuando después se creó Azul Vóley, todo explotó mucho más, porque era algo propio, algo nuestro. Y lo más curioso es que no teníamos sede, no teníamos prácticamente nada. De hecho, todavía hoy seguimos sin tener una sede propia. Pero, de alguna manera, eso también hace que todo lo que logramos tenga todavía más valor.
-Pasaste unos años viviendo y jugando en Azul. ¿Qué tenía aquella ciudad que hizo que te quedaras tanto tiempo?
-Para mí, la ciudad tenía todo, y lo sigue teniendo, pero sobre todo tenía algo fundamental: su gente. Las personas que la conformaban hacían que uno se sintiera en familia.
Después de entrenar a la mañana, en el gimnasio de pesas del 'Loco' Verry (por Fernando Etcheverry), por ejemplo, me la pasaba tomando mate. Y así por varios lugares más... No sé, era todo muy familiar.
Nosotros éramos una familia que se insertó rápidamente en la sociedad. Y, más allá de que nos veían como deportistas, en ese momento todavía no éramos tan conocidos como lo fuimos después. Nos querían y nos recibían, sobre todo, como personas. Creo que eso fue lo que hizo que me sintiera tan cómodo en Azul y que terminara formando un vínculo tan fuerte con la ciudad y con su gente.
-¿Qué personas fueron importantes en tu formación durante aquellos años?
-Fueron muchas las personas que fueron importantes durante esos años y seguramente me voy a olvidar de algunas. Pero recuerdo especialmente a Roberto Kober, a (Rubén) Tornabene, a la "Vieja" Manzo, a (Omar) Violante, a (Julio) Portales, a "Cachito" Ferrarello, a Emilse y a mucha gente que estaba permanentemente a nuestro lado, ayudándonos y compartiendo esa locura por el vóley, más allá del vóley de élite.
Nosotros creamos la escuela de vóley y, a partir de las cinco de la tarde, llenábamos el gimnasio de chicos y chicas. También se acercaron muchos profesores con ganas de aprender, porque en ese momento se sabía poco sobre vóley. Después apareció "Fito" Pauluzzi, que hasta el día de hoy, junto con Damián "Dibu" Costantini y Mario Catabbi, sigue manteniendo viva la llama del vóley en Azul.
Creo que ahí se produjo un cambio muy importante. También había profesores que estaban en contra nuestro porque nosotros veníamos a ocupar un espacio sin ser profesores de Educación Física. Ellos sentían que estábamos entrando en un lugar que les pertenecía y pensaban: "¿Estos locos vienen a hacer vóley cuando nosotros ya sabemos de esto?". Pero nosotros nunca entramos en esa discusión. Seguimos haciendo lo nuestro, tratando de tener carisma con los chicos y las chicas y, sobre todo, de transmitirles nuestra manera de entender el vóley. Cada profesor que se sumaba, rápidamente entendía de qué estábamos hablando y que nuestra intención era construir algo que pudiera perdurar en el tiempo. Gracias a Dios, eso se logró.
También era difícil porque yo iba a ver los partidos de fútbol los fines de semana, de Alumni Athletic, y veía muchos jugadores que llegaban desde Buenos Aires o desde otros lugares, cobraban por jugar el fin de semana y después se iban. Y eso dejaba poco en la ciudad. Entonces también existía esa mirada sobre el porteño o el foráneo que venía, hacía unos mangos y después se iba. Y claramente nuestra intención nunca fue esa. Nosotros queríamos involucrarnos, formar personas, enseñar y dejar algo que continuara más allá de nuestra presencia.
-¿Qué recordás de los entrenamientos, los partidos y la competencia representando a la ciudad en aquellos primeros años?
-Recuerdo muchas cosas. En invierno hacía muchísimo frío, salíamos a correr al parque y recuerdo, sobre todo, el esfuerzo enorme que hacían los chicos. Por ejemplo, Gustavo 'El Patón' Borghi y Kober trabajaban durante el día (uno en Acofar y el otro en una librería), terminaban de trabajar y venían a entrenar al mediodía, y después volvían a la noche. Además, ya estaban casados y tenían hijos. Realmente era un esfuerzo muy grande, pero a la vez ellos lo vivían como algo muy nuevo, algo que los motivaba muchísimo.
Después tuvimos la posibilidad de ir dos veces al Sudamericano, a Brasil, y nos acompañó muchísima gente. Eso también era algo muy loco. Para nosotros, que estábamos metidos en el vóley, quizás era algo más habitual, pero para ellos era una experiencia completamente nueva.
Y después estaban los recibimientos cuando volvíamos: la autobomba, la gente esperándonos y todas esas cosas que uno, claramente, no se olvida nunca en la vida. Son recuerdos que quedan para siempre.
-¿Qué diferencias encontrabas entre jugar vóleibol en una ciudad del interior como Azul y hacerlo después en el ámbito metropolitano?
-Creo que el vóley en el interior tiene, incluso hoy, una característica diferente. La gente se siente mucho más partícipe de lo que sucede con el equipo y se genera un vínculo mucho más cercano con los jugadores. Por supuesto, también pasa que la gente acompaña más cuando ganás y no tanto cuando perdés. Eso ha sucedido en todos lados. Nosotros tuvimos la suerte de ganar, de ser campeones, de ir a un Sudamericano, y en esos momentos la gente nos acompañaba muchísimo.
Habría que ver qué hubiera pasado si la historia hubiera sido otra, si los resultados no hubieran sido tan buenos. Pero, más allá de eso, creo que en el interior todo se vive de una manera mucho más cercana, más linda y más amena. Hay un sentido de pertenencia muy fuerte entre el equipo y la comunidad.
-¿Hay algún partido, torneo o momento deportivo de tu etapa en la ciudad que recuerdes especialmente?
-Me acuerdo de todas las finales y de todas las semifinales. Recuerdo especialmente las series con Mendoza. El primer año que fuimos a jugar allá perdimos 2-0 y después ganamos tres partidos consecutivos en Azul. También recuerdo muchísimo la primera final contra Villa Ballester, que fue muy emocionante. Antes de ese partido, habían venido dirigentes a comunicarnos que, si jugábamos, nos iban a suspender de la Federación Metropolitana prácticamente de por vida. Nos hablaban de sanciones de hasta 100 años. Y, frente a esa situación, la mayoría de nosotros decidió jugar y, de alguna manera, quedarse a vivir en Azul, porque ya no teníamos posibilidades de volver a Buenos Aires.
Recuerdo también la segunda final, contra Banade, los Sudamericanos y, por supuesto, los malos momentos. Hubo etapas en las que estábamos al borde de que se volviera a intervenir la relación entre la Federación Metropolitana y la Federación Argentina, y eso generaba muchísima incertidumbre.
Yo no llegué a ver cómo terminó todo eso porque tuve que irme antes. Ya no había manera de sostener el equipo. El último año habíamos jugado con chicos más jóvenes que habíamos incorporado del interior y, además, el club me debía bastante dinero. Ya no podía sostenerme económicamente y finalmente decidí volver a Buenos Aires.
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