24 de diciembre de 2016

Escribe: Prof. María Liliana Christensen
“Pensar el presente junto con el pasado, que es el gesto instintivo del historiador, no ofrece la solución a los problemas del presente; sólo los engloba en una problemática más compleja.” Tulio Halperín Donghi. El Espejo de la Historia
Estamos llegando al final de un año arduo y difícil, que trajo consigo enormes desafíos y nos puso frente a la responsabilidad de mirarnos hacia adentro y revisar, como sociedad, nuestros propios errores.
Nuevos y viejos errores que hemos cometido una y otra vez en un círculo perverso que nos condena a repetir la historia y a escandalizarnos de nuestros fracasos como si fuéramos absolutamente ajenos a ellos. Como si no tuvieran que ver con nuestras decisiones colectivas, como si no fueran fruto de la irracionalidad y la ceguera que nos ha caracterizado desde hace mucho tiempo. Como si, simplemente, nos hubieran sucedido. “Lo que nos pasó”… “Esto que nos ocurre”… Catástrofes fuera de control, situaciones que por esas cosas del destino nos castigan y nos laceran sin que tengamos nada que ver con ellas.
Y bien, este momento de reflexión que nos propone el final de un año duro para muchos argentinos, podría ser una buena oportunidad para revisar la historia reciente y hacernos cargo.
Terrorismo de Estado
Dolorosamente esta sociedad fue aprendiendo algunas nociones y particularmente consiguió apropiarse de ciertas premisas que ya no se discuten, que se han consensuado entre la ciudadanía y que hoy podríamos considerar innegociables. Con el horror de la Dictadura que instaló en el país el terrorismo de Estado en 1976, aprendimos los argentinos que no era gratis ir a “golpear la puerta de los cuarteles”. Esta práctica tan habitual a lo largo del siglo XX, que nos llevó a entronizar al “partido militar” que fue el gran protagonista junto al Partido Justicialista y la UCR, nos condujo a un infierno de dimensiones impensadas.
Los argentinos de a pie, abrumados por la inestabilidad política y económica que nunca dio tregua, comprendimos que ese baño de sangre en que se había sumergido el país era un límite; no se podía seguir apelando a la “solución” de convocar a las Fuerzas Armadas. Lo que había parecido naturalizarse durante décadas, mostró su cara más brutal e hizo despertar a un pueblo que quedó pasmado ante el monstruo que había ayudado a generar. Todos los golpes del siglo XX en la Argentina fueron golpes cívico-militares. Todos tuvieron el aval o la complacencia de una sociedad desesperanzada que no encontraba su rumbo. En todos y cada uno de los golpes de Estado que interrumpieron la continuidad institucional a lo largo del siglo pasado, hay complicidades civiles.
Estado de Derecho
Después vino la revelación, el espanto por la barbarie más extrema que quedó expuesta ante los ojos de los argentinos cuando se dio a conocer el Informe Final de la CONADEP, llamado Nunca Más; se hizo el histórico Juicio a las Juntas y entonces el pueblo resolvió que la democracia era sagrada. Mucho tuvo que ver en esto el coraje del Presidente Raúl Alfonsín, “que debió enfrentar a los poderes corporativos -los militares, la Iglesia, los sindicatos- que habían demostrado tener una enorme fuerza”, según afirma Luis Alberto Romero en su Breve Historia Contemporánea de la Argentina. Y continúa el prestigioso historiador: “Pero casi todos ellos habían quedado comprometidos con el régimen caído (la Dictadura Militar) o salpicados por su derrumbe, y se encontraban a la defensiva”.
¿Qué tenía Alfonsín a su favor en medio de las crecientes dudas acerca de la capacidad del gobierno democrático? ¿Cuál era su fortaleza en medio de la incertidumbre acerca de la “gobernabilidad” que se había instalado en esos años? Afirma Romero: “Cuando asumió el gobierno, el Presidente Alfonsín tenía tras de sí una fuerza colosal, cuya capacidad era aún una incógnita: la civilidad, identificada toda ella, más allá de las opciones políticas, con la propuesta de construir un estado de derecho, al cual esos poderes corporativos debían someterse y consolidar un conjunto de reglas capaces de zanjar los conflictos de una manera pacífica, ordenada, transparente y equitativa”.
“Era poco y era muchísimo: se trataba de una identidad política fundada en valores éticos, que subsumía los intereses específicos de sus integrantes, en muchos casos representados precisamente por aquellas corporaciones, pero que en el entusiasmo de la recuperación democrática quedaban postergados. Mucho más que los gobernantes, la civilidad vivió la euforia y la ilusión de la democracia”.
Nuevas y profundas decepciones
Luego vinieron otros aprendizajes, todos dolorosos. Algunos incompletos…
La sociedad argentina debió comprender que no se puede vivir en la mentira y que construir una fantasía a contramano de la realidad, tampoco es gratis. Promesas, discursos, palabras… Revolución productiva, salariazo, convertibilidad… Sueños de primer mundo y penosa realidad de privaciones y carencias crecientes. Cada vez más pobres. Una sociedad degradada día a día y la firme necesidad de seguir creyendo, de aferrarse a algo, a alguien, a una idea redentora, a un líder salvador. Reforma constitucional y reelección. Más mentiras y más penurias. Un pueblo que avaló una propuesta política excluyente, que dejó en el camino a millones de argentinos, que hizo una bandera del “sálvese quien pueda” y que con los peores argumentos concretó transformaciones nefastas para la nación. Una sociedad que no puede mirar hacia otro lado y decir: “qué terrible lo que nos pasó”.
Se terminó la década, llegó a su fin el siglo y el milenio. Llegaron cambios, superficiales e inconsistentes, que nos arrastrarían a nuevas y profundas decepciones. Atrás quedó un período dominado por una audaz combinación de liberalismo y autoritarismo, a decir de Luis A. Romero. “El papel del presidente Menem fue fundamental, por su dominio del lenguaje de los medios masivos y también por su escasa exigencia interior de coherencia y veracidad”. Justo es decir aquí que tampoco la sociedad demandaba coherencia y veracidad. Todos sabíamos que la convertibilidad era una mentira. Sin embargo, en las urnas, los argentinos elegimos continuar en la mentira.
Que se vayan todos
Las torpezas y errores se sucedieron hasta que finalmente, en un oscuro diciembre de hace quince años, el pueblo salió a las calles a manifestar su bronca, su frustración y su desesperanza. “Que se vayan todos” era una consigna que se venía escuchando cada vez más reiteradamente. ¿Simbolizaba sólo el hartazgo de una sociedad cansada de padecimientos, fracasos y decepciones? ¿O era acaso también la íntima expresión de la impotencia colectiva, de ese desencanto crónico con las propias imposibilidades que obliga al ser humano a buscar culpables?
Difícil saberlo. Lo cierto es que ese quiebre institucional de 2001 tampoco fue gratis. El derrumbe de la Alianza trajo consigo un sinnúmero de consecuencias gravísimas para el país que todavía no dimensionamos. La nación quebró. Los argentinos asistimos desconcertados al espectáculo de un país que se desmorona y gran parte de la población pagó altísimos costos y sufrió profundas heridas que aún no terminaron de cerrar.
La lección a aprender allí fue -es aún- la más difícil: la pérdida de la institucionalidad es el peor escenario para los ciudadanos de cualquier país. Se desploma el estado de derecho, se pierden las garantías constitucionales y el pueblo entero queda abandonado al más cruel de los desamparos: se diluye el amparo de la Ley.
Ese caos de diciembre de 2001, esas terribles jornadas de dolor y muerte, deben ser también un serio motivo de reflexión para los argentinos hoy. De reflexión y de autocrítica. Implosionaron los partidos políticos y ciertamente no se han podido recuperar.
El desprestigio de la política llegó a niveles inéditos y la falta de confianza en los gobiernos y en las instituciones llevó a la sociedad a un estado deliberativo y asambleario que nada bueno podía traer a la vida de la república. Fue el germen de lo que vino después.
Mirarse al espejo
Esa debilidad política, esa fragilidad de los estamentos del Estado cuestionados a los gritos en las calles, parió un régimen autoritario, personalista, con un Ejecutivo que condicionó a los otros poderes, que cercenó la actividad legislativa convirtiendo al Congreso de la Nación en una simple escribanía, que intentó avanzar sobre el Poder Judicial para amordazarlo y que llevó al país a una durísima situación económica siempre maquillada por cifras de fantasía, cuyos costos indudablemente estamos pagando hoy.
Que la corrupción es la contracara de la pobreza, que a más corruptos en el gobierno más miseria en el pueblo, que el saqueo de la Argentina ha sido quizá el más grande de la historia, que no hay sector del aparato del Estado que no se encuentre contaminado por los peores vicios y depredaciones, es probablemente la lección pendiente que penosamente deberemos aprender.
La vida es en sí misma un largo aprendizaje. En ese camino estamos los argentinos al momento de finalizar este duro año en que todo se puso a prueba. La sociedad mira a su dirigencia exigiendo respuestas.
Sería muy saludable que, además, se atreviera a mirarse al espejo. Y honestamente, decidiera hacer un examen de conciencia colectivo. Auténtico, severo, sin concesiones. Allí encontraríamos seguramente muchas respuestas para explicar “esto que nos pasa”. O quizá nuevas preguntas, que suelen ser más útiles que las mismas respuestas.
El torneo de Primera División, organizado por la Liga de Fútbol de Azul, afrontará mañana una jornada decisiva con la disputa de la duodécima fecha. La programación se adelantó por el Día de la Madre y tendrá varios encuentros importantes, tanto en la pelea por el liderazgo como en la lucha por ingresar a los cuartos de final.
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