18 de diciembre de 2016

. Una vida hecha al volante del camión

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Silva Isabel Díaz y Yésica Romina Luján tienen, más allá del género, mucho en común. Son amas de casa, madres y fuente de ingresos en sus respectivos hogares. Sin embargo, la mayor de las coincidencias viene de que son camioneras desde hace varios años. Con motivo del Día del Camionero y a horas del encuentro de camiones que se está llevando a cabo este fin de semana en Azul, EL TIEMPO conversó con ellas para conocer las historias de vida de dos “laburantes de fierro”. -

El pasado jueves se festejó el Día del Camionero en todo el país, un oficio que sabe de interesantes historias de vida y mucho esfuerzo al volante. El trabajo es comúnmente realizado por varones, pero en Azul tienen domicilio dos mujeres que a diario demuestran que “ellas” también están capacitadas para manejar estos “gigantes” por las rutas de la Argentina. Silvia Isabel Díaz y Yésica Romina Luján tienen en común esa pasión por el oficio de camioneras, el cual pueden ejercer sin descuidar el rol de amas de casa y madres. De hecho, son fundamentales generadoras de ingresos de sus respectivos hogares. Además, ambas arrastran en los genes la pasión del camión y son portadoras de códigos de manejo que lamentablemente hoy no todos abrazan, con el riesgo latente de siniestralidad que existe en los distintos trazados viales.

Repostera, costurera y…camionera -

Silvia Isabel Díaz tiene 50 años, 32 de los cuales viene estando al volante de un camión. Es madre de dos hijos de 16 y 23 años y viene de enviudar hace menos de un mes. En un Mercedes Benz 1518 de su propiedad, recorre el trayecto Olavarría-Buenos Aires transportando piedra. Como el rodado no tiene caja volcadora, el remanente de la piedra que queda en la caja la descarga a “paladas”, lo cual revalida el esfuerzo que debe hacer para cumplir con su labor cotidiana.

“Por el hecho de ser propietaria del camión tengo que llevar la contabilidad, más allá de hacer cosas en mi casa cuando estoy. Es cierto que tengo a mi mamá casi al lado que me cuida al nene de 16 años pero yo le dejo la comida más o menos preparada para que mi mamá le dé el almuerzo”, definió Díaz.

Consultada de si le resultó difícil involucrarse en un trabajo que mayormente realizan los hombres, respondió por la negativa y explicó: “Cuando a una le gusta lo que hace, nada es difícil. Yo amo los fierros. Siempre dije que viviría arriba del camión. En el camión una tiene todas las comodidades. Lo único que no tiene es baño, pero eso lo busca en una estación de servicio”.

En la nota que ambas le dieron a este diario, Díaz destacó el empeño de su colega y amiga, Yésica Romina Luján. “Yo la admiro a ella porque es chofer; tiene un empleador al cual debe responderle. Yo soy independiente. Tengo a mi cliente desde hace años. Las ruedas las tengo que revisar yo –y así me quedan las manos- porque no se puede contratar a alguien. La rentabilidad no es tan buena como hace algunos años”, señaló.

 

Reparto de flores --

Yésica Romina Luján tiene 35 años, dos hijos de 13 y 4 años llamados Bautista y Naim. Como empleada bajo relación de dependencia de una empresa de transporte con sede en Olavarría, maneja un camión Volswagen tolva de cemento a granel, con el cual realiza el recorrido Olavarría-Mar del Plata. Acredita 15 años en el oficio y tanto ella como su hermano heredaron del padre de ambos la misma pasión de camionero. “Lo de ella es más sacrificado que lo mío”, dijo Luján, en una devolución del halago que le hizo su amiga en la entrevista con EL TIEMPO. Luego definió cómo fue su propio Día del Camionero 2016.

“El miércoles descargué en Mar del Plata y me vine con el embrague roto. Pensé que iba a llegar a Azul, pero mi camión ‘murió’ en Tandil; lo dejé en el taller y me vine ‘a dedo’ y recién (el viernes a la tarde) me llamaron para decirme que habían conseguido el repuesto. Tal vez mañana (por ayer) lo voy a buscar y me lo traigo para poder estar en la fiesta del camionero. Me muero sin el camión”, expresó.

Sentada en el living comedor de su casa de Villa Piazza Sur, la mujer dijo que su marido también es camionero y que ella, cuando está en Azul, ejerce el rol de ama de casa más allá de acogerse al reparador descanso.

“Cuando una llega a la fábrica, si te dicen que tenés que salir para Mendoza, allá vas. Ahora me pusieron para un cliente fijo que voy todos los días a Mar del Plata”, agregó Luján, para recordar que años atrás supo tener su propio camión.

“Mi primer viaje fue a los 16 años cuando no tenía registro. Tengo a mi mamá que vive al lado; ella tiene esclerosis múltiple, no camina, anda en silla de ruedas y cuando empezó con la enfermedad, mi papá tenía su camión. Él era el único ingreso y un día que no tenía chofer me preguntó si me animaba a ir a Buenos Aires; teníamos el camión cargado en la puerta de casa. Le dije que sí y salí. A los 17 años me emanciparon y me compré un Fiat 619 que, con cosas de la vida y problemas de salud de mi vieja, lo vendí”, narró.

Yésica dio cuenta de algunas de las tantas peripecias que vive al paso de los kilómetros. “En la ruta ya nos conocen. Si me rompe a mí el camión, paro en la banquina y los compañeros paran porque me reconocen y saben que soy una mujer que anda en el camión. Lo mismo si yo veo un chico que conozco con problemas con el camión también me detengo y pregunto si precisan algo”, indicó quien –al igual que su amiga y colega- acredita conocimientos básicos de  electricidad del automotor y gomería que les permite salir del paso ante algún inconveniente en camino.

 

Con el camión en la puerta --

Ambas entrevistadas coincidieron en mencionar que, a pesar del esfuerzo que implica el desempeño diario al volante del camión, “les cuesta” apartarse de esa función para ejercer el rol de ama de casa.

“Yo estoy dos o tres días en mi casa y me pongo nerviosa. Y eso que tengo bastantes cosas para hacer pero me siento incómoda. En la ruta una tiene tiempo para todo: para pensar, para llorar…ya vamos para un mes que enviudé”, se sinceró Díaz, con la nostalgia por la reciente pérdida.

Tras mencionar que a menudo la acompaña su hijo mayor en otro rodado, dio cuenta de un día de labor con el camión.

“Yo salgo a las siete de la tarde de Azul, llego a la una del día siguiente a Buenos Aires, duermo tres horas y media o cuatro, porque a las 5 el corralón abre y empiezo a retirar la lona y retirar los tornillos para sacar los parantes; a las 6.30 ya estoy descargando, me pasan la pala y en una hora, estoy ‘vacía’. De ahí, otra vez a Olavarría a cargar”, sostuvo y aclaró que no reniega del esfuerzo que debe poner en su labor. “El hombre del corralón se ha ofrecido a mandarme a algún chico para vaciar el camión pero le he dicho que no es necesario; yo me arreglo sola”, afirmó.

A su turno Luján expresó que, mientras viaja, “yo dirijo mi casa por teléfono”. “Si el mayor necesita algo del colegio, se lo busco por teléfono y después se lo paso. Ya estamos acostumbrados a este ritmo de vida. Yo me levanto a las 4 de la mañana todos los días, voy a Olavarría, cargo y para las 10 de la mañana estoy en Mar del Plata. La descarga me lleva dos horas y a las 6 de la tarde estoy acá de vuelta. En el trabajo me dieron una mano facilitándome el horario más que nada por los nenes. No me gusta dejarlos tanto tiempo solos; ya bastante los dejé. Eso sí: le podés preguntar a cualquier que me conozca que, cuando estoy en casa, estoy insoportable. Nuestra costumbre es la ruta; salir, viajar”, se explayó.

Cuando se le preguntó si se han planteado dejar el camión, respondió: “Yo mi mil veces. ‘Me voy a bajar del camión…’. Hace quince años que digo lo mismo”, dijo y amplió: “Hace cinco meses que me hice mi casita y, con otro sueldo, no lo hubiera logrado. Es lo poco que hay pero lo pude hacer con un gran sacrificio. Todo mi sueldo viene a parar acá. Aparte al camión ya lo llevo en el alma. Mi marido es camionero pero él dice que es camionero de circunstancia porque le tocó. Yo, si tengo el camión afuera, me lo pongo a lavar o a medirle el aceite y mirar otras cosas en vez de sentarme a mirar  televisión. Mi mamá reniega con eso pero es como un hijo más”, manifestó.

 

Donde come camionero, se come bien -

Díaz y Luján aseguraron que son las dos únicas camioneras de Azul. Ambas forman parte de una red de mujeres al volante de vehículos de gran porte que están diseminadas por todo el país. Se mantienen comunicadas a través de un grupo de washapp. Así, pueden estar en contacto con unas 130 camioneras de la Ciudad Autónoma, Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos, Bariloche y Puerto Madryn, entre otros puntos de la Argentina.

“Yo tengo títulos de cocina, repostería, corte y confección, manualidades. Era repostera pero tuve que dejar para poder trabajar con el camión”, indicó Díaz, al tiempo que Luján mencionó el trato que se tiene con otros trabajadores del volante durante el viaje.

“Donde para camionero a comer, pará tranquilo porque vas a comer bien. Yo tengo detectados dos o tres lugares donde a su vez a menudo nos encontramos con algunos conocidos a comer, pero no tengo horario. Puedo comer a las 2 como a las 6 de la tarde y, a veces, nos preparamos mate en el camión y con la comida ‘pasamos de largo’”, acotó.

 

Momentos de incertidumbre -

Silvia Díaz dio cuenta de una de esas experiencias que nadie desearía vivir durante un viaje pero que, lamentablemente, por impericia o imprudencia, se suceden sin solución de continuidad.

“A mí me ocurrió un accidente. Se me metió un auto detrás del acoplado. Era una familia entera. Un doctor con la señora y los chicos. No me bajé del camión pensando que había reventado una goma hasta que vino un camionero y me dijo que me bajara tranquila que estaban todos bien. Sentí un alivio increíble. Los ayudé y, cuando le pregunté al Doctor qué le pasó, me dijo que se había entredormido. Era de madrugada y ellos venían de Benito Juárez”, explicó.

Lamentó que “imprudencias se ven todos los días” y que son comunes las que cometen los choferes de colectivos de larga distancia. “Que tendrían que hacer la autovía (en la Ruta Nacional N° 3) es seguro. De San Miguel del Monte para acá, hace mucha falta eso”, afirmó.

En tanto advirtió que ella es consciente de la existencia de camiones con sobrecarga que transitan por las rutas, en un entramado de corrupción que –está claro- a la fecha no existe una firme decisión de desenmarañar.

“Nosotros mismos vemos que hay camiones que viajan con sobrecarga. ¿Y qué vas a decir si está todo acomodado con plata…? Ahora dicen que van a hacer controles sacando la relación peso/potencia, con lo cual estos camiones tendrían que llevar no más de 20.000 kilos. Si es así, ahí sí que me voy a tener que dedicar a la repostería porque me va a dejar de convenir andar con el camión. Ya dije que voy a salir a hacer piquetes a la ruta si eso pasa”, manifestó.

“Hace unos quince años, viajábamos día por medio con mi marido y nos rendía lo mismo que ahora nos deja el viajar cinco o seis veces por semana. Los tolvas están bien pagos pero el flete como nosotros, de piedra y bolsas, no es tan rentable”, indicó.

Díaz admitió que no se imagina hoy por hoy dejar la actividad, más allá que ha pasado a ser la única fuente de ingresos para sostener el andar familiar. “Mi hijo me decía de vender uno de los camiones para comprar uno más grande y quedarnos con uno solo, pero yo no quiero”, explicó.

EL DATO

Ayer comenzó en el predio de la ex cancha de Azul Rugby el encuentro de camiones en Azul. La reunión de la iban a participar tanto Yésica Luján como Silvia Díaz –que se desarrolla en un clima de cordialidad y camaradería-, finalizará hoy.

“TENGO LA ‘ESCUELA’ DE MI PAPÁ, DE LOS VIEJOS”


Yésica Luján tiene claro que no todos los camioneros tienen la misma “escuela”. Ella, según afirmó, asimiló los “códigos” que le transfirió su padre en lo que tiene que ver con cuestiones de manejo.

“Yo tengo la escuela de mi papá, de los viejos. Una cosa que me decía siempre es que no saque el cambio arriba de la vía. Los códigos hoy arriba de la ruta no son los mismos que los que estaban antes. Antes había un camión parado en la banquina y enseguida se detenían todos. Hoy en día algunos te ven tirado en la ruta 3, te tocan bocina y siguen”, dijo.

“Hay mucha gente joven manejando un camión que estaba trabajando en una panadería y ahora está al volante de un camión”, indicó.

La mujer también expresó su opinión respecto de la actitud de algunos automovilistas que ponen en peligro su vida y la de terceros. “Algunos creen que el camión tiene la misma capacidad de frenado que un auto o una camioneta y no es así. Llevás 45.000 kilos en el camión. Los podés pasar por arriba y ellos se meten igual. Ni hablemos cuando hay niebla”, mencionó.

“SIN EL CAMIÓN, NO SÉ CAMBIAR UN FOQUITO”


“Yo cargo en Cemento Avellaneda, donde suele haber 500 camiones esperando, pero como la mayoría sabe que estoy casada y tengo a mi marido, se cuidan. Siempre está el ‘nuevo’ que mete la pata pero alguien lo aviva y se guarda algo que iba a decir en mi presencia”, dijo Yésica Luján sobre una situación que ha vivido por estar en un “mundo” de varones.

“El camión es mi vida. Sin el camión, no sé cambiar un foquito. Menos que menos cocinar. Vienen mis hijos –al más grande no le gusta pero el chiquito tiene devoción por el camión- y, después, el camión. Queda claro que una mujer puede hacer las dos cosas: manejar el camión y atender su casa”, concluyó.

 

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