21 de junio de 2026
Atravesamos un final de época donde la estructura social que la sostenía es cuestionada. Un presente que aturde y que se manipula no sólo desde un poder en tinieblas, sino del papel que están ocupando las redes y los nuevos protagonistas en los sistemas de comunicación. El caso Florencia Peña es un claro ejemplo. Desde su crucifixión al cinismo de quienes se golpean el pecho.
Escribe
Carlos Comparato
(carloscomparato@gmail.com)
El título suena provocador. En esta era donde el instante nutre lo cotidiano, en el que "viralizamos" nuestras conductas, asistimos al fin de una era. ¿Cuántas personas continuarán leyendo este artículo después de la tercera línea? Transitamos un ciclo en que lo que aparecía como sustento ideológico se ha ido diluyendo. La crisis involucra al sistema capitalista y a la democracia como el motor de sociedades más justas ante los nuevos paradigmas sin precisiones. La justeza del devenir está dada por su ausencia. ¿A qué viene todo esto? La catarsis que se armó luego de lo dicho por la actriz Florencia Peña sobre la supuesta muerte del padre de Lionel Messi. ¿Qué transgredió? La falta de chequeo, la disparatada irresponsabilidad de la producción que le pasa por "la cucaracha" (el auricular de retorno). ¿Acaso importa eso hoy cuando se han multiplicado los canales de streaming, sitios como Facebook, Instagram o portales donde cualquiera escribe o muestra una imagen por más disparatado que sea sin filtro?
El mensaje y el mensajero
¿Acaso el supuesto poder en Argentina no se maneja con esos instrumentos? Lo que hacía la actriz en ese canal de streaming Luzu no era, justamente, periodismo. Ya no importa. El mileismo, el kirchnerismo y todos los "ismos" que aparezcan articulan su mensaje por esos senderos. Ya no hacen falta Clarín o La Nación. No hace falta un periodista.
Y el mensaje, junto al mensajero, achican la distancia. Se dice lo que se dice porque no hay premio ni castigo en una sociedad sumergida en el abandono de sus ideales. Se van instalando temas, desde la estrafalaria relación de los hermanos Milei o con personajes de relleno surgidos de los tugurios, como Manuel Adorni. No escapa a esto algún sector de la "burguesía kirchnerista" cuando pretenden despreciar a Messi por su presunta falta de conciencia social, porque le dio la mano a Donald Trump o es millonario. Diego Maradona también hizo mucho dinero y se abrazaba con Carlos Menem, vivía la lujuria en Nápoles junto a la droga y prostitutas, pero después se abrazó a Fidel Castro y Chávez. ¿Eso les desmerece sus genialidades? Es la distorsión del discurso procaz. Maradona y Messi son y serán los ídolos para siempre, por fuera del maniqueísmo que conduce a una perspectiva simplista. Esto es una muestra gratis de un país cruzado por la decadencia y el periodismo ocupa un lugar preponderante.
Entre Clarín y el celular
No sirve recurrir a la nostalgia, ni a las viejas Redacciones bohemias en las que supo transitar el autor de esta nota. Ya no existen. En todo caso es adueñarse de una mirada crítica, de intentar entender un presente inasible de perturbaciones sabiendo que las herramientas para imaginar un futuro ya no son las mismas. Hay una clave: en este presente estrafalario es inapropiado zambullirse para procurar entender el laberinto político actual (incluida Azul) con las mismas argumentaciones del pasado.
¿Y el rol del periodismo? Hace muchos años, en la época de estudiante, se decía que la tapa del diario Clarín podía hacer caer un gobierno. Hoy se puede lograr desde un celular. Si no entendemos esto, seguiremos perdidos en esta maraña.
Las nuevas elites
Noam Chomsky, el destacado filósofo y lingüista estadounidense y muy crítico de los medios de comunicación, sostiene que éstos "no son informativos ni imparciales. Actúan como poderosas herramientas de propaganda. Su función principal es manipular el consenso, es decir, moldear a la opinión pública para que la sociedad acepte y apoye los intereses de las elites políticas y económicas dominantes". A esto lo escribió hace muchos años. Hoy, ese molde no surge de los medios habituales, sino de las redes, de lo que fue Twitter hoy "X" o un portal de internet. Cambia la caricatura de los poderosos.
De Florencia Peña llegamos a Chomsky. ¿Es "La banalidad del mal?", título del libro de la filósofa Hannah Arendt a propósito del juzgamiento de los nazis luego de la Segunda Guerra Mundial. ¿Cruzamos el inhóspito desierto del desamparo frente a la crisis del pensamiento y todo resulta banal? Es el gran desafío para no terminar sumergidos en la indolencia selectiva a la que nos están empujando. El periodismo ya cumplió su papel. Hoy le asignan otros roles escondido tras el WhatsApp de un celular.
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