24 de marzo de 2026
"En este nuevo aniversario, el número 50, de aquella noche tenebrosa, cuando se desató un tiempo al cual le dijimos Nunca Más, es necesario seguir construyendo los caminos sinuosos de Memoria, Verdad y Justica, en un marco de democracia que, aún con sus deudas largamente incumplidas, merece ser vivida para comprometer nuestros pasos en la búsqueda de una sociedad más justa", afirma el autor del siguiente artículo.

Escribe:
Profesor Jorge Meza (*)
Especial para El Tiempo
Se cumple el 50 aniversario del último golpe cívico-militar en Argentina. Medio siglo. Para la historia de una persona es un lapso importante de tiempo transcurrido; para la historia de un pueblo es apenas un soplo de viento. Muchos de los protagonistas de esa ápoca ya no están, otros transitan sus años de ancianidad, pero otras generaciones más jóvenes también son parte de estos años, por las secuelas de lo vivido, lo contado o lo silenciado. Esquirlas que atraviesan vidas.
Por eso es imprescindible reflexionar sobre nuestro pasado reciente, doloroso, ya que las heridas que dejó la dictadura cívico-militar a lo largo y a lo ancho de nuestra patria aún siguen abiertas.
El terrorismo de Estado marcó para siempre a la sociedad argentina en su conjunto. La misma sociedad que, con sus miedos, sus temores, sus contradicciones y también con sus luchas sectoriales, atravesó el período más nefasto que haya conocido nuestro país, permitiéndose el comienzo de su transición y recuperación democrática fundada en dos palabras como síntesis de un anhelo colectivo: Nunca Más.
Un Nunca Más verdadero y definitivo que permita vencer el miedo, fomentar miradas solidarias y reconocer las memorias de los que transitaron por nuestros espacios comunitarios y que la larga noche no los pudo arrancar de nuestros recuerdos.
Para que ello suceda debemos conocer y reconocer los caminos de la historia argentina, con sus luces y sus sombras. El conocimiento es una herramienta poderosa para construir territorios de libertad y compromiso.
LA LARGA NOCHE. Antes del golpe del 24 de marzo de 1976 la zona Centro de la provincia de Buenos Aires, como otras zonas del país, ya tenía numerosas detenciones, encarcelamientos y torturas, cuyas víctimas eran vecinos comprometidos con la búsqueda de una sociedad más justa. Militantes de agrupaciones políticas, gremialistas, estudiantes, delegados obreros, empezaron a poblar las delegaciones policiales y las cárceles, cuando el gobierno constitucional endurece su postura represiva, mientras las bandas parapoliciales de la Triple A asolaban territorios dejando huellas de violencia y muerte.
"Si es preciso en la Argentina deberán morir todas las personas necesarias para lograr la seguridad del país", pronuncia Videla -el feroz desaparecedor- como una amenaza latente, a la espera de ser cumplida.
El miércoles 24 de marzo de 1976 las Fuerzas Armadas protagonizaron un nuevo golpe de Estado en Argentina. El método de desaparición de personas, intentando borrar toda huella de vida, adueñándose de su dignidad y de todo vestigio que diera cuenta de su generosa humanidad, la existencia de centros clandestinos de detención cuyas paredes, como mudos testigos, nos hablan del terror de prácticas degradantes y el mecanismo siniestro del robo de niños, como "botín de guerra", fueron sólo algunos de los crímenes cometidos.
La brutalidad de las palabras anunciaba la larga noche que había comenzado en un país llamado Argentina. Los compases militares que acompañaban las palabras marciales del Comunicado N° 1 de la Junta Militar, preanunciaban algo más que no decían los vocablos.

Propaganda oficial de la dictadura en distintos medios gráficos de Argentina (1977). ARCHIVO/EL TIEMPO
EL TERRORISMO DE ESTADO. El Estado tiene el monopolio de la fuerza, que no debe ser el derecho de las bestias. Con sus normas, con sus recursos, con sus leyes, debe actuar conforme a lo dispuesto por un marco de acuerdos que la humanidad fue logrando. Sin embargo, eso no sucedió en el período 1976-1983.
Seguramente fue la peor de las dictaduras padecidas por el pueblo argentino. Persecuciones, muertes, torturas, detenidos políticos, desapariciones, robos de bebés, planificación de la miseria y tantas otras atrocidades descriptas en forma tan valiente y contundente en la carta del escritor Rodolfo Walsh a la dictadura militar. Una época que quedará grabada a fuego en la piel de la historia, como parte de una espiral de violencia que es constitutiva desde los albores de nuestra historia, con el genocidio de los pueblos originarios y la continuidad con hitos brutales como el bombardeo a Plaza de Mayo (1955) ante una población civil indefensa.
Tan sólo siete palabras escritas por Osvaldo Bayer para definir lo vivido: La muerte con todo su rostro de cinismo.
Pero también se preguntaba cómo fue posible "la dictadura de la desaparición de personas", como la definió. Y cuánto debemos aprender de lo sucedido. "Sólo queda el recuerdo del dolor ante crímenes como nunca habían ocurrido antes en la Argentina. De militares que se creyeron dueños de la vida y de la muerte. Con una sociedad civil cómplice. Una dictadura de la quema de libros y de la 'desaparición'. De campos de concentración, de torturas y robos de las pertenencias de las víctimas. De personajes uniformados que se creían omnipotentes. De sectores económicos, intelectuales y religiosos que apoyaron desembozadamente ese sistema para 'pacificar el país'. Miles de exiliados. La Muerte con todo su rostro de cinismo. [...] La lección nos dice que sólo nos queda el camino de la verdadera democracia, que no sólo debe conformarse con dar la libertad de poner el papelito en la urna cada dos años, sino lograr una sociedad en libertad, con derechos igualitarios. Todavía mueren niños de hambre en la Argentina. Cuando ya no haya estadísticas con esa vergüenza nacional, cuando ya las villas miseria pertenezcan al pasado, podremos decir que cumplimos con los principios de nuestros héroes de Mayo. El Nunca Más a la Muerte Argentina".
Los habitantes del suelo argentino conocieron como nunca antes las caras del terror. Estaban presentes en los rostros de los comandantes de la Junta militar, en sus comunicados y partes de guerra clandestinos, en la entrega económica y el vaciamiento de las riquezas nacionales, en la división del territorio como coto de caza con métodos inhumanos, en las miradas cotidianas de los habitantes bajo el miedo de frases salpicadas de sospechas: "Por algo será; algo habrá hecho".
La sociedad, con sus habitantes temerosos y de los otros, se amparaban en la rutina de sus días al cobijo de una cotidianeidad para que no les alcanzara las garras de una violencia que se mostraba presente, como un manto negro que cubría el horizonte.

El subsecretario de Gobierno, Carlos Núñez, lee el acta de asunción del gobierno militar en Azul. A su lado, de traje, el comandante de la Primera Brigada de Caballería Blindada, general René Ojeda; y los tenientes coroneles Carlos Manuel Ricardes y Héctor Michero. ARCHIVO/EL TIEMPO
LA CLANDESTINIDAD. El método fue aprendido en largas lecciones de la escuela francesa, con la crueldad propia de los aprendices dispuestos a cumplir mejor que nadie las torturas inhumanas.
La clandestinidad con la complicidad de la mayoría de los sectores sociales que, por acción u omisión, permitieron que la brutalidad se adueñara de esos tiempos oscuros.
La puesta en marcha de los centros clandestinos de detención generalizada después del golpe de 1976, pero creados en algunos casos antes de esa fecha nefasta, "se trató de una cruel "pedagogía" que tenía a toda la sociedad como destinataria de un único mensaje: el miedo, la parálisis y la ruptura del lazo social.
Existieron -según cifras oficiales- más de 500 centros clandestinos de detención. ¿Cómo fue posible la existencia en el seno de nuestro territorio de semejante afrenta a la dignidad humana?
La cultura del miedo, del disciplinamiento social, de la violencia sistematizada, de la desconfianza, del 'sálvese quien pueda', del silencio atronador, fueron horadando un tejido social hasta dejarlo hecho harapos, desecho ante la impotencia y el terror paralizante.
LA IDENTIDAD. La identidad se construye con los latidos cotidianos de la vida personal y colectiva. Transita a lo largo del camino dejando huellas imborrables que nos marca como personas únicas e irrepetibles.
Eso somos... la inocencia de los pasos perdidos, la templanza del abrazo compartido, la esperanza de pupilas encendidas.
La palabra desaparecido, tanto en Argentina como en el exterior, se asocia directamente con la dictadura de 1976, ya que el terror estatal tuvo como uno de sus principales mecanismos la desaparición sistemática de personas.
El término "desaparecido" hace referencia, en primer lugar, a aquellas personas que fueron víctimas del dispositivo del terror estatal, que fueron secuestradas, torturadas y, finalmente, asesinadas por razones políticas y cuyos cuerpos nunca fueron entregados a sus deudos y, en su gran mayoría, todavía permanecen desaparecidos.
Como la identidad de una persona es lo que define su humanidad, se puede afirmar que la consecuencia radical que tuvo el terrorismo de Estado a través de los centros clandestinos de detención fue la sustracción de la identidad de los detenidos, es decir, de aquello que los definía como humanos.
Pero nadie se va del todo cuando guardamos en el arcón de los recuerdos la memoria viva y fresca ganada en batallas contra el olvido.
La presencia del recuerdo, de las vivencias compartidas, junto al hacer cotidiano que construya un mundo más humano, son formas de cambiar el trágico destino de la vida del desaparecido que, según el cinismo del dictador Videla, era sólo una incógnita.

El obispo auxiliar de Azul, monseñor Emilio Bianchi di Cárcano, firma el acta de asunción del gobierno de facto en la Comuna azuleña, el 24 de marzo de 1976. ARCHIVO/EL TIEMPO
LA MEMORIA. La memoria es conflictiva, requiere de datos, testimonios, documentos, aportando a veces a visiones encontradas. Mucho más aun cuando el análisis se refiere al más doloroso y terrible lapso histórico de Argentina.
"Que la memoria es un terreno de conflictos es casi una expresión de sentido común. Cuando en 1983 las Fuerzas Armadas argentinas insistieron en legitimar públicamente lo que había sido su accionar oculto, dijeron que en la Argentina había habido 'una guerra' cuyas dolorosas consecuencias habían sido inevitables, y que, 'como en toda guerra', se habían cometido algunos 'errores y excesos que pudieron traspasar los límites de los derechos humanos fundamentales' pero que estos deberían quedar 'sujetos al juicio de Dios en cada conciencia'.
Intentaban con ese gesto, dar por cerrada una etapa de la vida política argentina que los tuvo como protagonistas centrales.
Si desde las Fuerzas Armadas se intentaba crear un paradigma de normalidad marcado por el olvido de los crímenes, desde la sociedad civil se contrapuso la idea de que, sin esclarecimiento de esos crímenes, sin justicia y sin memoria, la democracia no se recuperaría efectivamente".
No ha sido fácil. Más bien ha sido un arduo camino de búsquedas, de encuentros, de ausencias. De rescatar los rescoldos de una memoria a veces furiosamente viva como una llaga abierta, otras como una tenue luz que el viento del olvido intenta apagar, pero siempre empujada por testimonios que llevan la ausencia como estandarte latiente.
El dispositivo del olvido, que durante mucho tiempo intentó acallar el dolor y la incertidumbre no logró -a pesar de los años transcurridos- enviar al duelo privado el horror de los gritos y las pruebas desgarradoras de la infamia. La memoria social permite aún, con sus huecos y ausencias, establecer puentes entre el pasado y el futuro.
La memoria colectiva recuerda con la ayuda de otras memorias. Las historias de vida atraviesan nuestro tiempo y nos atraviesan en las miradas nunca iguales. Las huellas que dejan los recuerdos son vivencias compartidas, para interpretar el pasado como territorio de conflicto.
Porque el pasado vuelve cuando menos lo esperamos, ese que se presenta sin pedir permiso, sin golpear la puerta, abriendo los cerrojos del olvido, porque la dictadura nos afectó a todos: hábitos, gestos, omisiones, silencios, palabras, reconstruyen ese tiempo que viene a importunar nuestro presente y está aquí preguntándonos como fue posible que tanto desamparo sembrara el oprobio en el suelo de nuestras identidades.

El primer decreto del gobierno militar en Azul, el 24 de marzo de 1976. ARCHIVO/EL TIEMPO
PARA ROMPER EL SILENCIO. Las ciudades del interior tienen las paradojas y contradicciones propias de todo núcleo urbano, con sus dinámicas que van marcando a fuego lento la identidad de una sociedad.
Las ciudades del interior tienen sus posiciones, sus significados, sus costumbres, sus gritos y también sus silencios.
Esa historia reciente nos interpela a cada uno de sus habitantes porque, como dice Silvia Boggi, "toda ciudad vive y siente cotidianamente su historia. La reescribe en forma permanente, interpreta hechos antiguos con palabras nuevas. Inventa símbolos que expresan la memoria y el apretado sentimiento de arraigo. Cada ciudad construye sus mitos y sus héroes, las pequeñas historias de su gente, las grandes hazañas de unos pocos. Instaura recuerdos, levanta o hace caer monumentos, nombra sus calles o dibuja las paredes con grafiti.
Pero también -porque la ciudad está hecha, entre otras cosas, de palabras y el lenguaje y el poder no son inocentes ni neutrales- suele inaugurar silencios y negaciones de ciertas presencias".
En ese marco, los pueblos del interior de nuestra patria también fueron teatro de operaciones de ese pasado que pasó como un viento arrasador, dejando con más o menos heridas y cicatrices, como todo proceso histórico. No nos salvamos por vivir lejos o más cerca de los grandes centros urbanos, sólo que transitamos a distintas escalas lo que fuimos conociendo en la vivencia propia o en los relatos posteriores y sus señales dejadas en la piel de sus calles, en sus casas, en sus humanidades de los habitantes de esas comunidades.

Mediante su segundo decreto, el gobierno militar determina la disolución del Concejo Deliberante de Azul el 24 de marzo de 1976. ARCHIVO/EL TIEMPO
LA MEMORIA QUE DUELE. Recordar la dictadura cívico-militar del período 1976-1983, el genocidio en Argentina, es traer al presente una memoria que duele. Pero ¿qué es la memoria? Es un interrogante que todavía genera disputas. Lila Pastoriza analiza algunos ejes cruciales en la construcción de las memorias de nuestro pasado reciente y aporta a los debates que la nutren. "¿Qué memoria? ¿Memoria de qué? ¿De qué hablamos cuando hablamos de memoria del terrorismo de Estado? ¿Qué se quiere trasmitir? ¿La dimensión de la represión, el dolor de las víctimas? ¿Sus valores? ¿Los proyectos militantes de los desaparecidos? ¿Se trata de memorias, en plural? ¿Cuáles serían los consensos y las líneas de ruptura? ¿Podrían las memorias articularse en un relato? Son éstos sólo algunos de los interrogantes, que se reiteran a la hora de plantearse qué se evoca, se representa, se trasmite. En Argentina, la memoria del terrorismo de Estado, signada por la desaparición, se forjó en el deseo de Nunca Más, aferrada a la esperanza de que la fuerza ética del recuerdo colectivo de crímenes que lesionaron la condición humana fijara un punto de no retroceso, una barrera a la posibilidad de reiteración. En otras palabras, ante la necesidad de conocer, de contar con narrativas que ayudaran a entender lo ocurrido, el deber de memoria y el derecho a ejercerla se instalaron en una inestable coexistencia".
Construir la memoria con todos los papeles y documentación que fundamenten las palabras. Construir la memoria implica también, en ciudades del interior, la presencia en la superficie cotidiana de aquello que no se habla, del silencio que cubre con su manto generando la mueca del olvido, de lo que se dice en voz baja, susurrando una historia que está presente en cada rincón de una comunidad con su andar cotidiano.
Construir la memoria implica también dar voz a los que en su momento no pudieron o no quisieron hacerlo. Múltiples motivos llevaron a esas actitudes; algunas razonables, otras injustificables; pero la historia de un pueblo debe construirse sin omisiones si pretendemos construir "la verdad histórica". Construir la memoria, en fin, es hablar de lo que por mucho tiempo fue borrado por el viento de intereses históricos que apuestan al olvido. Construir la memoria y habitarla es, en definitiva, abrir una puerta al futuro.

"Comunicado" del Comando Subzona Defensa 12 "A los trabajadores". Aviso publicitario en la edición del 26 de marzo de 1976. ARCHIVO/EL TIEMPO
LOS CAMINOS DE JUSTICIA Y MEMORIA. "Los procesos judiciales, las movilizaciones, los recordatorios cada 24 de marzo, las consignas, las campañas por encontrar a los nietos y nietas que buscan las Abuelas de Plaza de Mayo, y la voluntad inquebrantable de los movimientos de derechos humanos, continúan.
Nada de esto hubiera sido posible sin la insistencia incansable de todo este inmenso colectivo que, pese al dolor y a lo irreparable de la pérdida de sus seres queridos, ha decidido construir con creatividad y coraje, un camino lleno de esperanza en las nuevas generaciones. En ellas se deposita todo el futuro, toda su fe y sus ideas y en ellas se confía. Tal vez sea por todo esto que esta historia sigue y no termina acá".
Los sinuosos, espinosos y contradictorios caminos de la Justicia fueron abriendo senderos nuevos, cerrando otros, dejando mojones tenues o potentes, preservando huellas, perdiendo otras. Y en ese recorrido del tiempo fue dejando estelas como marcas indelebles o fáciles de borrar.
Hablamos de justicia. ¿Qué justicia? ¿Cuál búsqueda? ¿Qué lucha? ¿Cuál compromiso? ¿Qué verdad? ¿Qué sentencia?
Preguntas con disímiles respuestas, al igual que cuando hablamos de Memoria podríamos aplicar las mismas palabras introductorias.
Sinuosos, espinosos, contradictorios caminos de la Memoria que fue dejando mojones de huellas, marcas y preguntas, muchas preguntas y algunas respuestas.
Tal vez entonces sea necesario articular esos caminos en las tres palabras indisolubles para dar un marco mayor de análisis, evaluación y comprensión de nuestra historia. Las tres palabras, como los tres pilares de cemento que se levantan en muchos sitios que fecundan la tierra fértil de nuestra patria: Memoria, Verdad y Justicia.
Y reforzar el pacto democrático del Nunca Más que fue sostenido desde los albores de la recuperación democrática por los imprescindibles de siempre, más allá de los vaivenes políticos de las distintas gestiones democráticas, que no siempre hicieron honor a ese clamor.

Decreto de asunción de Ricardes, el 21 de abril de 1976, en la comuna azuleña. ARCHIVO/EL TIEMPO
LA DEMOCRACIA Y SU MARCO JURÍDICO. En diciembre de 1983, la Argentina recuperó la democracia y asumió el presidente electo, Raúl Alfonsín. El reclamo de justicia de los or¬ganismos de Derechos Humanos se hizo ma¬sivo, obteniendo como resultado la anulación del Decreto de Autoamnistía, la creación de la CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desa¬parición de Personas) y el Juicio a las Juntas Militares. Este proceso permitió juzgar a todos los miembros del aparato represor del Estado que cometieron violaciones a los Derechos Hu¬manos. En el Juicio a las Juntas, realizado en 1985, se probó que la metodología consistió en la represión sistemática y planificada desarro¬llada en forma clandestina e ilegal.
El 15 de diciembre del '83 el presidente Raúl Alfonsín aprobó el Decreto 187, que disponía la creación de la CONADEP, con el fin de esclarecer la desa¬parición de personas. El informe fue presentado en septiembre de 1984 con el título de Nunca Más. En diciembre de 1985 finali¬zó el Juicio a las Juntas con la sentencia con¬denatoria. Este juicio fue un suceso ejemplar por parte de Argentina con respecto a otras experiencias latinoamericanas en relación al juzgamiento de crímenes de lesa humanidad. Su principal legado (teniendo en cuenta los retrocesos de los años inmediatamente pos¬teriores) fue la conformación de una verdad jurídica como verdad histórica, que quitó toda posibilidad de dudas de que los crímenes que se condenaron, efectivamente ocurrieron; validan¬do el testimonio y las denuncias de familiares y sobrevivientes desde inicios de la dictadura. Como vimos, dentro del espectro de la Justicia formal podemos ver que hubo muchas acciones orientadas a garantizar la Justicia como tam¬bién a garantizar la impunidad. La creación de la CONADEP, la publicación del informe "Nunca más" y los Juicios a las Juntas Militares fueron las primeras acciones llevadas a cabo una vez restituida la democracia.
Pocos años había pasado desde la recuperación democrática y en los cuarteles militares aún estaba intacto el poder de aquellos que habían sido parte de la dictadura y sus consecuencias nefastas de terror y muerte. Desde el poder que emergía de las bocas de sus fusiles presionaron a una débil y naciente democracia. Sin embargo, miles de personas a lo largo y ancho del país salieron a las calles para expresar su enérgico repudio a la amenaza golpista, en lo que la historia conoce como "Semana Santa de Alfonsín", aunque no pudieron impedir las leyes de impunidad -Punto Final y Obediencia Debida-, que se profundizarían años más tarde con el indulto decretado por el presidente Menem.
LA EXCEPCIÓN AL "PUNTO FINAL". JUICIO POR LA APROPIACIÓN DE NIÑOS/AS. Las leyes de impunidad habían cerrado el paso a cualquier condena contra los responsables de la desaparición de los hijos de Madres y Abuelas. Sin embargo, quedaba un resquicio para que las Abuelas pudieran lograr condenas para varios militares por la sustracción y robo de identidad de sus nietos. "La presente ley no extingue las acciones penales en los casos de delitos de sustitución de estado civil y de sustracción y ocultación de menores". "La presunción establecida en el artículo anterior no será aplicable respecto de los delitos de violación, sustracción y ocultación de menores o sustitución de su estado civil y apropiación extorsiva de inmuebles".
Las Abuelas, fiel a sus pasos y a su lucha inclaudicable, buscaron siempre sostener con hechos las palabras que enarbolaban en cada marcha, en cada gesto, en cada trámite.
A partir de esta definición, el caso fue encuadrado sin dificultades como un crimen de lesa humanidad y, en consecuencia, se declaró su imprescriptibilidad. Además, la sentencia contempló otros elemen¬tos de alto valor jurídico y simbólico. Entre otros, se destaca que se consideró que aquellos niños y niñas apropiados que aún no fueron localiza¬dos son desaparecidos en vida".
JUICIOS POR LA VERDAD. La impunidad no impidió que los organismos de Derechos Humanos siguieran sosteniendo las banderas de una verdad que en la calle y en la sociedad ya iba despertando miradas y conciencias sobre lo ocurrido en dictadura.
"Una vez recuperada la democracia, las Leyes de Obediencia Debida y Punto Final de Alfonsín, a las cuales se le sumarían los indultos decretados por Carlos Menem, darían mucho trabajo a los organismos de Derechos Humanos. Con el avance de la impunidad en los años '90, donde en gran medida el acceso a los tribunales para generar condenas a los responsables de la última dictadura cívico-militar estaba negado, crecieron las estrategias de justicia callejera y pública. Los organismos de Derechos Humanos tuvieron que comenzar a dibujar senderos alternativos en la búsqueda de Justicia. Los Juicios por la Verdad y los juicios ético-populares son un ejemplo de esto. Este proceso judicial sin consecuencias penales fue uno de las acciones más significativas en la búsqueda de Justicia durante los años de impunidad. Amplios sectores sociales seguían confiando en que la justicia llegaría".
NUEVOS JUICIOS POR DELITOS DE LESA HUMANIDAD. Derogadas las leyes de impunidad, luego de muchos años, Argentina pudo recuperar el camino iniciado en 1983, con el sostenimiento de que la Verdad y la Justicia sean parte de la construcción de la Memoria.
"Desde la reapertura de los juicios, cientos de personas han pasado en carácter de procesadas, víctimas y testigos en las causas que se desarrollan en el territorio argentino. La complejidad en la producción de la prueba, la cantidad de testigos y víctimas y el valor histórico y reparador de las audiencias públicas -no sólo para las víctimas directas sino para la sociedad en su conjunto- hacen a la particularidad de los juicios como acontecimientos históricos. Pero el proceso de justicia fue interrumpido por las leyes de impunidad y los indultos, hasta que, en 2005, el reconocimiento de la lucha de los organismos de Derechos Humanos y su traducción en políticas de Estado logró la reapertura de los juicios por delitos de lesa humanidad. A partir de la reapertura de los Juicios por Delitos de Lesa Humanidad, en 2006 se realizó la primera condena a represores. Se empezaron a vivir tiempos en los que la verdad también era posible emocional y judicialmente y los testimonios ya no eran silenciados".
DICTADURA, DEMOCRACIA Y SUS MARCOS DE LUCHA. Fue y es un largo camino de lucha a cargo de personas e instituciones imprescindibles para levantar las banderas contra viento y marea, junto a políticas de Estado que algunos gobiernos democráticos practicaron.
Porque el dolor no sabe de fronteras, porque para sepultar la memoria no alcanza nada. Y entonces los intentos del olvido no encuentran primaveras. Y estallaban en cada esquina, en cada plaza, en cada encuentro el testimonio y los hechos más allá de los cantos en las rondas de las plazas, como cómplices testigos de una batalla ganada, en las manos que arden de amor y florecen en las miradas.
Y aún continúan con legados en las nuevas generaciones, porque el eco del pasado no termina. Pero los caminos de la Memoria fueron arduos, difíciles, comprometidos, peligrosos, a costa de vidas valiosas.
UNA BÚSQUEDA INCLAUDICABLE. "En busca de sus hijas e hijos, las madres de las personas desaparecidas se fueron cruzando en los pasillos de ministerios, comisarías, unidades penitenciarias, juzgados, neuropsiquiátricos e iglesias. Estas mujeres, que en su mayoría habían pasado sus años cuidando a sus hijos e hijas en el espacio del hogar, salieron al escenario público a darle a la sociedad una lección de lucha política. Como afirma Barrancos, 'las madres y abuelas, que unieron rituales domésticos y escenarios públicos, dieron nuevo significado entre la casa y la plaza'. De esta manera, a partir de la unión de demandas comunes, comenzaron a forjarse dos de los movimientos de derechos humanos más importantes de la historia".
LOS TESTIMONIOS. Las voces de las y los testigos constituyen una de las piezas claves con las que se construyen las evidencias para comprobar la responsabilidad de los acusados en los delitos. Como señalan Jelin y Catela Da Silva (2018), "estas narrativas, reconstruidas en base al recuerdo doloroso de lo vivido, encontraron en el ámbito del juicio la legitimidad de una escucha atenta y reconocida por el Estado", sus padecimientos, las acciones sobre sus cuerpos en la tortura, las variadas y aberrantes situaciones de humillación, desamparo y violencia "dejaron de ser experiencias subjetivas, para constituirse en certezas enunciadas y sentidas por los testigos como legítimamente aceptadas".
UNA LUCHA QUE CONTINÚA. A la par de los avances en materia de juzgamiento de los represores y crímenes de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura cívico-militar, las organizaciones de Derechos Humanos, familiares y la sociedad civil en su conjunto han encontrado diferentes dificultades y resistencias para el desarrollo de los juicios. Dos de ellas son la lentitud y la fragmentación de los juicios, además de las resistencias de quienes no encuentran conveniente este proceso de ampliación de derechos y juzgamiento de los crímenes cometidos. La acumulación de las causas en "mega-causas" fue una de las estrategias que se establecieron para lograr celeridad. Debemos tener en cuenta que el paso del tiempo trae aparejado el fallecimiento de muchos de los responsables del terrorismo de Estado que en ocasiones llegan al final de sus vidas sin condena.
LOS JUICIOS COMO ACONTECIMIENTOS HISTÓRICOS Y CULTURALES. "En este marco, se actualizaron las disputas sobre el pasado reciente en un contexto de reivindicación de las militancias y del lugar del testimonio y de construcción de las memorias a partir del carácter reparador de los juicios como escenas jurídicas, pero también históricas, simbólicas, políticas y colectivas. El establecimiento de la verdad de lo sucedido y el juicio y castigo de los responsables de delitos de lesa humanidad constituyen instancias claves para la democracia, la reparación de las heridas a la humanidad y la no repetición. Mientras que el Juicio a las Juntas supuso un ritual de cambio, fundamental para abrir paso a la transición democrática, los juicios que se desarrollan en la actualidad, desde el 2006, pueden pensarse como rituales de consolidación de la democracia".
El saldo de tanto tiempo de terror, de tanta barbarie, de tanto pisoteo a la dignidad humana es algo que aún hoy, a medio siglo de transcurrido esos hechos, hay heridas abiertas difíciles de cicatrizar, a pesar del nacimiento de nuevas generaciones.
Y la zona Centro de la provincia de Buenos Aires, como núcleo central de ese sistema represivo en la pampa húmeda, tuvo también sus secuelas de ignominia y atrocidades. Cada una de las ciudades, recuperada la democracia en 1983, comenzó a romper lentamente su silencio.
EL VALOR DE LA EXPERIENCIA QUE TRANSITAMOS COMO SOCIEDAD. ¿Cuánto valor jurídico tendría esta experiencia, después de tantos años transcurridos? ¿Serviría para calmar tanto dolor a las víctimas y sus familiares? ¿Las condenas alcanzarían a todos? ¿En la cárcel o en sus casas? La reparación histórica, ¿alcanza con escuchar los testimonios? La impunidad de tantos años, ¿es haber escondido lo que todos sabían? La historia, ¿se construye con caminos de lucha, resistencia, pero también con impunidades?
Demasiadas preguntas y un abanico de respuestas para saber cómo llegamos hasta aquí, sabiendo que las leyes no son sólo un conjunto de palabras escritas, como dicen algunos abogados.
Si la Verdad triunfa a pesar del tiempo transcurrido, a veces la justicia no siempre está a la altura de la Memoria construida. Pero los sobrevivientes aún están allí, con sus dolores a cuestas, con su compromiso intacto, acompañados de quienes saben que el compromiso no es una moneda perdida.
"Que digan dónde están" es la consigna central a 50 años del golpe. Una interpelación a quienes tienen la verdad sobre el destino de cada una de las víctimas y que, aún vivos, siguen callando. A pesar de ello se siguen encontrando nietos robados y hallazgos que confirman las atrocidades cometidas.
VESTIGIOS DEL ESPANTO. LOS CENTROS CLANDESTINOS DE DETENCIÓN Y TORTURA. Los ladrillos y sus marcas. Las heridas están como presentes de vida. Los recuerdos latiendo en el tiempo de aquella tragedia cotidiana, cuando las sirenas poblaban de negro la esperanza.
Los edificios de una época de ignominia aún están en pie, para testimoniar entre los huecos de sus ladrillos y en las manchas de sus paredes la voz de los ausentes que alimentan la noche para vencer el silencio.
La belleza moribunda de la tarde que se inclina refleja las sombras de esos antiguos edificios que ayer fueron Centros Clandestinos de Detención y Tortura, en medio del trajinar de las ciudades, con habitantes indiferentes o fingiendo ignorancia. Están allí, entre nosotros, en cada día, en cada ciudad, como testimonio para transmitir lo que nos hablan...
Y allí están frente a algunos de esos lugares un cartel, una señalización o las columnas de cemento con las palabras Memoria, Verdad, Justicia como latidos sobrevivientes con los que una sociedad marca los sitios de Memoria.
LAS PERSONAS DETENIDAS-DESAPARECIDAS. Las personas detenidas-desaparecidas durante el período más oscuro de nuestra historia argentina caminaron por nuestras calles y pisaron las baldosas flojas de nuestras veredas, para salpicar con su militancia y contagiar de esperanza el horizonte.
"La historia reciente, el terrorismo de Estado, la violencia política de los setenta escrita en el imaginario local, encuentra su más acabado anclaje en esa cómoda almohada de la conciencia que se llama la teoría de los dos demonios.
Es así como parece construirse un contrapunto permanente entre los alcanzados por el feroz tentáculo de la represión y los que esgrimen el 'a nosotros no nos pasó nada' como escondite metafórico del por algo será... Hay una sensación muy extraña, tan incomparable como pertinaz, tan arraigada como molesta, y es la de que, en algún lugar de esta sociedad, lo que para nosotros funciona como desaparecidos para otros funciona como 'molestos aparecidos'.
Son esas memorias que nos invitan a transitar con palabras las antiguas alfombras prolijas del olvido; esas que, durante tanto tiempo, fueron parte de nuestros caminos cotidianos, mientras otras miradas interrogaban lentamente cómo se puede transcurrir el presente ocultando al porvenir estas heridas presentes. Porque allí están, allí estuvieron siempre...
LOS NIETOS Y LA IDENTIDAD ROBADA. La identidad robada, como parte del botín de guerra de la dictadura, dejó en los caminos del futuro la piedra que golpea y lastima heridas no cerradas. Son esos niños de ayer, jóvenes de hoy, que transitan nuestras aulas, nuestros trabajos, nuestros parques y paseos, nuestras ciudades. Nos cruzamos con ellos sin saber de su origen.
Y seguramente un día cualquiera, cuando la identidad es recobrada, tal vez reconozcamos cuánto de cercanía cotidiana estuvo de nuestras vidas.
El poder totalitario nunca asumió la responsabilidad de lo acontecido, negó su propia práctica de burocratización de la muerte. Para ellos no hay nombres, no hay cuerpos, no hay muertos, no hay archivos, no hay responsables.
Mantener algo clandestino, ocultándolo para que otros no sepan de ello, es siniestro. El niño es sometido a vivir sin saberlo dentro del "secreto familiar", convive con algo que ignora, aunque lo presiente inquietante. Desde esta perspectiva, el hijo apropiado es también un desaparecido. Un desaparecido con vida, ya que es alguien a quien se le ha ocultado su identidad y desconoce su verdadero origen, su verdadera familia, su verdadera historia.
Por eso es tan importante el valor de la restitución de identidad desde el aspecto legal, psicológico, social e individual, cuando los caminos que siguen las Abuelas para localizar a sus nietos, finalmente y en cada caso de descubrimiento y restitución de la verdadera identidad, logran un triunfo sobre la amnesia y el terror.
Ya hay pasos y huellas encontradas, pero aún continuamos.
En la zona Centro de la provincia de Buenos Aires, como en otras zonas, también hay huellas de esas identidades robadas. Tal vez estén entre nosotros, en una calle cualquiera, en el barrio donde vivimos, en la plaza donde nos juntamos, en el colegio donde concurrimos, en cualquiera de los lugares que habitamos en nuestras ciudades.
Son ellos, son ellas y seguimos buscando para encontrarlos en un abrazo de vida.
EN UN NUEVO ANIVERSARIO. Y en este nuevo aniversario nos encontramos en el país, nuestro país. Y la zona, nuestra zona. Y las ciudades, nuestras ciudades, con las huellas de ellos, los desaparecidos por la dictadura, que ardieron de una pasión que florecía en las miradas, en busca de un mundo más justo.
También están los centros clandestinos como una prueba elocuente con sus ladrillos, los bebés hoy adultos que aún no recuperaron su verdadera identidad junto a tantas marcas y heridas que dejó un tiempo tenebroso.
Y como marcas de un tiempo y de lugares que denotan la noche cruel de una Argentina, en un tiempo de dolor y la patria fusilada.
¿Qué quedan de los pasos, además de las huellas?
¿Qué quedan de las palabras cuando se desarman los sonidos?
¿Qué nos interpela aquella la imagen que vuelve del pasado?
Seguro que están.
Los pasos. Las palabras. Las imágenes.
Y otras marcas que testimonian las existencias.
Aunque esas calles ya no sean las mismas.
Aunque la soledad se estremece junto al frío manto del silencio.
Están, existen.
Habrá que reconstruir los pedazos deshechos por la ignominia.
Ponerles rostros a los nombres, traer al presente las pupilas que brillaron al compás de sus latidos.
Esos rostros que nos miran desde la inmensidad de su ausencia, desde la plenitud de su presencia en los recuerdos que los nombran.
Ponerles nombres a los rostros y descubrir detrás de las palabras la presencia de una identidad marcada en el horizonte.
Ponerles vida -la que tuvieron- a los rostros y a los nombres, para atestiguar sus presencias en medio del camino, con pasos firmes que marcan las huellas de seres sensibles y solidarios, ante las injusticias de un sistema que condena a la miseria la existencia humana.
Recuperar los sitios por donde quedaron huellas del dolor compartido.
Traerles nuevamente la identidad robada a las personas, ayer bebés, hoy personas adultas que transitan sus vidas.
Mucho tiempo pasó debajo del río de la vida cotidiana, con una sociedad que miraba para no ver, atestiguando un pasado de miedo, silencio y complicidades.
Pero estas ausencias que sangran todavía, esas identidades robadas que aún se buscan, esos edificios que siguen con su presencia marcando que por allí pasó el horror, esos familiares, amigos, vecinos, comunidad que aún transita con sus huellas, son heridas abiertas que tal vez no cerrarán en forma definitiva, porque transmiten vivencias marcadas por el genocidio.
En este nuevo aniversario, el número 50, de aquella noche tenebrosa, cuando se desató un tiempo al cual le dijimos Nunca Más, es necesario seguir construyendo los caminos sinuosos de Memoria, Verdad y Justica, en un marco de democracia que, aún con sus deudas largamente incumplidas, merece ser vivida para comprometer nuestros pasos en la búsqueda de una sociedad más justa.
(*) Profesor, escritor, poeta azuleño. Autor de los libros: "La noche azul: crónicas de complicidad y silencio", Azul, Ediciones del Autor (2012; reedición CTA Ediciones, 2023). "Heridas del porvenir, Testimonios de ausencias que sangran". Editorial Libros del Espinillo (2022). "Desde las sombras del tiempo. Ecos del recuerdo sobre crímenes de lesa humanidad". CTA Ediciones (2026).
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