30 de marzo de 2026
Fue regente y luego director del Centro de Formación Profesional de Azul -actualmente CFL 401-, desde sus inicios. Su recorrido es también el de una institución que nació con lo mínimo y se convirtió en un pilar social, con miles de egresados, centenares de cursos dictados y una red de oportunidades que transformó vidas en toda la región.
Hay historias que no empiezan con certezas, sino con circunstancias. La del Centro de Formación Profesional de Azul es una de ellas. Y la de Albino Ponce, también.
"Nosotros nacimos como Centro de Formación Profesional a raíz de que el Centro Nº 8 que funcionaba en Tandil cerraba. Y como Azul estaba haciendo gestiones para conseguir la aprobación de un centro, se dio que se levantó el de Tandil y se trasladó hacia acá", cuenta Ponce, reconstruyendo el momento fundacional.
Ello ocurría a principios de los años '80. En Azul, mientras se tramitaba la creación de un espacio de formación, el cierre ocurrido en la ciudad vecina abrió una puerta inesperada. "Los trámites en Azul empezaron en 1980. En el '81 ya era la Rama Adultos y Formación Profesional", precisa.
Aquella propuesta tenía un doble objetivo, profundamente ligado a la realidad social de la época. Ponce explicó que "consistía en educación de terminalidad primaria para jóvenes y adolescentes que no la habían terminado; y, por otro lado, capacitación laboral en oficios".
En ese entramado aparece una figura clave. "El profesor Dardo Restivo, que era director de Turismo y Deportes [de la Municipalidad de Azul], fue el alma mater del impulso. Desde el municipio se empezó a pensar en centros de fomento en los barrios para enseñar oficios".
Ponce recuerda que se gestionó ante la Provincia de Buenos Aires la creación del Centro y, cuando estuvo bastante avanzado el trámite, comenzaron a hacer el reclutamiento de personal técnico para capacitaciones laborales y estar listos para cuando efectivamente se creara. "Ahí nos convocaron a un grupo de unos quince, de distintos oficios, técnicos, carpinteros. Yo soy técnico industrial, recibido en Bahía Blanca. Luego había hecho la capacitación docente para poder ejercer. Se nos informó cuál era el proyecto. Luego se llamó a concurso para el cargo de regente de dicho Centro y lo gané. En ese entonces el Consejo Escolar funcionaba en la Escuela primaria N° 1 y era Secretaría de Distrito. Estaba a cargo de Beatriz Fredes y quien nos tomó el concurso junto a inspectores de la rama. Los inspectores tenían sede en Olavarría. Se establece el cierre del centro de Tandil, me designan a mi como regente, en la administración de Cefaratti".
Para poner un contexto es oportuno mencionar que el capitán de navío de Infantería de Marina (RE) Carlos Guillermo Cefaratti fue Intendente Municipal (de facto) del Partido de Azul durante los años 1982-1983, y jefe del Arsenal Naval Azopardo entre el 8 de marzo de 1979 y 23 de enero de 1981.Su función como jefe comunal interino derivó de la renuncia al cargo del entonces intendente, el teniente coronel (RE) Carlos Fortunato Gómez Romero, quien habría manifestado ante sus superiores no estar dispuesto a entregar dicho cargo comunal a las autoridades electas que asumieron en diciembre, siendo entonces designado para ejercer en tan breve lapso el capitán Cefaratti, quien entregó el mando del Municipio de Azul al profesor Rubén César De Paula, elegido democráticamente en 1983.
Ponce sigue recordando y menciona cómo fue pasando el tiempo. "En el año 1982, cuando se instala el Centro ya con Resolución ministerial, había que buscar una sede. Pasó el tiempo y ya después entró como intendente De Paula". (Rubén César De Paula fue intendente del Partido de Azul en tres períodos consecutivos, representando a la Unión Cívica Radical tras ser electo en 1983, 1987 y 1991. Asumió su primer mandato el 11 de diciembre de 1983 y finalizó su gestión hacia fines de 1993, permaneciendo en el cargo durante una década de la democracia).

Albino Ponce junto al entonces intendente municipal Rubén César De Paula -y otros funcionarios-, en la inauguración de una sede provisoria del Centro de Formación Laboral.
El inicio: una casa mínima y un proyecto enorme
El nacimiento del Centro de Formación Profesional -actualmente Centro de Formación Laboral N° 401- no tuvo nada de épico en lo material, aunque sí en lo humano.
"En el año 1983 empezamos a funcionar como Centro, en Guido Spano 375, donde hoy funciona el Hogar Agrícola. Esa sede la otorgó el intendente De Paula, era la casa del sereno del ex corralón municipal que funcionaba frente al Parque".
La descripción habla por sí sola: "Era una cocina, una habitación y un baño. Y el único personal era yo", señala Albino Ponce. En ese contexto, cada paso era fundacional. "El primer año trabajamos con planificación de Tandil. En el '83 ya fue planificación nuestra".
Las obras también nacieron desde la necesidad. "El primer trabajo que hicimos fue el cerco perimetral de ladrillos que hoy sigue existiendo. Los ladrillos los obtuvimos de una demolición grande que se hizo en el cementerio: se construyeron nichos por calle Necochea y se demolió el cerco perimetral de esa parte. Y el portón de la esquina de lo que hoy es el hogar agrícola también lo hicimos nosotros".
Ese gesto -recuperar materiales para construir- anticipaba una lógica que se repetiría durante años: hacer mucho con poco.
El primer fracaso y la decisión de empezar de nuevo
Sin embargo, no todo fue un crecimiento lineal. Hubo tropiezos y, también, decisiones que marcaron el rumbo. "Arrancamos con un curso de carpintería, pero a los dos meses nos quedamos sin alumnos. Fue el primer traspié", recuerda Ponce.
Las causas fueron varias: "Falta de experiencia, de equipamiento, eso nos jugó en contra". Pero la respuesta fue determinante, ya que "decidimos arrancar de cero".
Mientras tanto, el equipo sostenía compromisos en otras localidades. "Seguíamos trabajando en Tandil y en una localidad del partido de Tandil, Ignacia Vela, porque no podíamos cortar los cursos de un día para otro".
Ese momento, lejos de implicar un cierre, fue un punto de partida real.
Salir al territorio: cuando la educación va al encuentro
Sin edificio propio y con una demanda creciente, el Centro de Formación Profesional tomó una decisión clave: salir a buscar a los alumnos. "Como no teníamos lugar, fuimos a subsedes: Base Naval, Pablo Acosta, Cacharí, Chillar, 16 de Julio, Tapalqué, y todas las escuelas de la periferia de Azul: la 27, 17, 21, 22, 18, 13". Las clases eran, muchas veces, nocturnas. Y el modelo pedagógico, integrador: "Trabajaban en conjunto el maestro de ciclo y el instructor de taller. Mientras uno enseñaba la primaria, el otro el oficio".
La presencia territorial no fue ocasional. "A Tapalqué fuimos siete u ocho años. A 16 de Julio, tres o cuatro. En Cacharí y Chillar aún hoy siguen los cursos". Allí aparece una de las claves del proyecto: la formación en oficios no como complemento, sino como herramienta concreta de inclusión.


Dos recuerdos que atesora Albino Ponce: la plaqueta de reconocimiento que le fue entregada al momento de su jubilación ("A Albino Pilar Ponce. La hoja del calendario indica el final de una etapa. Trabajo, eficacia, eficiencia, es la huella que hoy nos dejan", por parte de la cooperadora y el personal docente y auxiliar del CFL 401, aportando además el período 2 de septiembre de 1983-1 de septiembre de 2013); y la fotografía enmarcada junto al regente Héctor Mario Maiori y la fachada del Centro de Formación Profesional, de calle Burgos 940.
Oficios que abren puertas
La expansión del Centro fue también la diversificación de saberes. "Empezamos con carpintería y después incorporamos electricidad, herrería, plomería, gasista instalador", señala Ponce.
Pero no se trataba solo de enseñar: se trataba de generar oportunidades reales. "Hacíamos convenios, por ejemplo con la fábrica San Lorenzo. Llevábamos a los alumnos, usábamos el comedor para darle la merienda a los chicos, les daban uniforme y muchos egresados quedaron trabajando".
Los destinatarios eran, muchas veces, jóvenes en situación de vulnerabilidad. "Eran chicos de 13 a 18 años. La parte de jóvenes perduró como diez años, después se separó Adultos de Formación Profesional, con la terminalidad de primaria, aunque iniciamos conjuntamente".
El crecimiento fue contundente: "Empezamos con un curso y cuando me jubilé en 2013 teníamos 30 especialidades y unos 70 cursos anuales. En total, 19 mil egresados para ese momento".
Detrás de ese número hay historias, oficios aprendidos y, sobre todo, posibilidades abiertas.
Crecer sin recursos: la obra hecha por la comunidad
Ciertamente, no todo fue fácil. Ponce recuerda que "después de esa sede, donde hoy funciona el Hogar Agrícola, y donde ya no teníamos lugar por la cantidad de alumnos, fuimos a Colón 908, casi Olavarría, donde estaba el Jardín 916. Ellos nos dieron la sede cuando tuvieron el edificio nuevo frente al Club Lilán, en calle Puán. También nos quedó chica esa sede y fuimos alrededor del año 1997-1998 a Puán y Burgos, donde estaba Mandarano, una empresa de artículos rurales".
El traslado a la actual sede en Puán y Burgos marcó otro hito. Pero también dejó en evidencia el modo de construcción. Albino Ponce recuerda que "eran dos galpones inmensos que el Estado provincial alquilaba para que pudiera funcionar el Centro de Formación Profesional; pero todo lo que hicimos adentro fue sin recursos del Estado, a pulmón, con la cooperadora. El primer presidente de esa cooperadora fue el ingeniero Hugo Piazza".
La red de apoyo fue clave. "Teníamos padrinos empresarios que donaban dinero mensualmente. Francisco Gerace, por ejemplo". Las donaciones fueron decisivas y Ponce recuerda que "San Lorenzo nos donó 1500 metros cuadrados de cerámicos. Dardo López donó toda la instalación de gas, materiales y mano de obra". Incluso los propietarios del lugar aportaban. "A través de la familia dueña de los galpones nos donaban materiales". Pero lo más significativo fue quiénes construyeron: "Los alumnos", recuerda, y luego explica: "Los electricistas hacían la instalación, los carpinteros las puertas y ventanas, los albañiles la mampostería". El edificio no sólo albergaba formación: era, en sí mismo, un aula.
También Albino Ponce recuerda y resalta que "todo lo hicimos nosotros con fondos de la comunidad, a través de la cooperadora. En su momento ni el Estado provincial ni el municipal pusieron ni un peso para eso. Entiendo que ahora funciona diferente y tienen ayuda".

Albino Ponce acompaña al grupo perteneciente al curso de gastronomía, una especialidad en la que la institución continúa formando mano de obra calificada.
Una institución viva: comunidad, valores y pertenencia
El Centro de Formación Profesional -hoy Laboral- no era sólo un espacio de aprendizaje técnico. Era una comunidad, "la cuota la pagaba el que podía. Con eso comprábamos herramientas". El cuidado del espacio también hablaba de un sentido de pertenencia poco común. "No había un pupitre rayado. Teníamos papel higiénico, jabón, todo". Y había escucha: "Teníamos buzón de sugerencias y libro de quejas. Muchas propuestas de los alumnos las implementábamos".
Y, un aspecto fundamental -dice Ponce-, había equipo. "El regente Héctor Mario Maiori fue el alma mater en lo técnico. Teníamos roles muy claros".
Innovación, convenios y nuevas áreas
Con el paso de los años, el Centro se adaptó a nuevas demandas. "En la gestión del intendente Omar Duclós firmamos convenios importantes; por aquella época yo era funcionario municipal también, compraron equipamiento textil y pusimos en marcha una fábrica de calzado. Habíamos hecho convenio con una fábrica de Bolívar para hacer trabajos prácticos". Muy pronto la oferta se amplió: "Idiomas, informática, peluquería". Uno de los hitos fue el trabajo con adultos mayores. "Tuvimos un convenio con PAMI durante unos diez años. Íbamos a los centros de jubilados a enseñar informática. Había una demanda impresionante", recuerda Ponce. También hubo articulación con gastronomía: "Con la empresa de Pagliaro hacíamos prácticas con mozos. Fue espectacular". Cada año, además, se mostraba el trabajo. "Hacíamos exposiciones en el ex mercado municipal donde funcionaba la Dirección de Turismo" del Municipio de Azul.
Cuando el país se derrumba, los oficios sostienen
En tiempos de crisis, la formación laboral se vuelve urgente. El Centro lo vivió de cerca, tal como lo recuerda Albino Ponce. "Entre 2002 y 2005 fue impresionante la demanda. Los Centros de Formación Profesional fueron fundamentales".
Desde su rol también en el municipio, Ponce articulaba políticas. "Había 4000 beneficiarios de planes sociales que necesitaban capacitación". De esa manera, quedó demostrado que el vínculo con el Estado era clave. "Trabajábamos con oficinas de empleo, con programas del Ministerio de Trabajo. Eso se fortaleció enormemente, se trabajó muy bien y hoy se sigue usando la modalidad. Las oficinas de Empleo tienen una disponibilidad de matrícula para las necesidades que detecten ellos y trasladen al Centro de Formación".
De esa etapa surgieron nuevas instituciones. "Desde la oficina de Empleo creamos el CENS 451, para la terminalidad de secundaria para adultos. Hoy funciona a la noche en la Escuela primaria 19; se creó desde la Dirección de Empleo del municipio en 2005. Nilda Hernández fue la concejal que presentó el proyecto para la creación de ese centro", sostiene Ponce.
Historias que explican todo
Si hay algo que sintetiza el impacto del Centro son las escenas: "Trabajadores rurales que dejaban el caballo en la tranquera para ir a estudiar", recuerda Ponce.
O prácticas concretas de inserción laboral: "En Pablo Acosta, los cocineros del comedor eran egresados nuestros". También el esfuerzo silencioso: "Trabajábamos de noche, sin horas extras, pagándonos el combustible".
Son relatos que explican mejor que cualquier estadística el valor de lo construido.
Un legado que continúa
Albino Ponce se retiró en 2013. Pero su huella permanece: "El actual director (Diego Santillán) fue convocado por nosotros en su momento. Es un orgullo verlo ahí".
No lo dice desde la nostalgia, sino desde la continuidad de una idea: que los oficios dignifican, que la educación transforma y que las instituciones se construyen colectivamente.
"Todo lo que hicimos fue con la comunidad", resume Ponce
Y en esa frase, sencilla y profunda, está contenida una historia que no sólo habla de un hombre, sino de una ciudad que, a través del trabajo, aprendió a construir oportunidades.
Treinta y tres años no se cuentan sólo en tiempo. Se miden en aulas abiertas, en manos que aprendieron un oficio, en historias que cambiaron de rumbo. En cada uno de los 19 mil egresados que -durante los años de Ponce en la institución-, se capacitaron en el Centro de Formación Profesional hay, de algún modo, una parte de ese recorrido silencioso y persistente.
Albino Ponce no construyó únicamente una institución. Construyó una forma de entender la educación: cercana, concreta, ligada al trabajo y sostenida por la comunidad. Lo hizo cuando no había recursos, cuando las respuestas eran escasas y cuando enseñar un oficio era, muchas veces, la única puerta posible.
Su historia no es sólo la de un director que estuvo al frente durante más de tres décadas. Es la de una generación que apostó a que aprender a trabajar también es una forma de dignidad. Y que, aun en los contextos más difíciles, siempre hay algo que se puede construir.
Porque si algo queda claro al escuchar su relato es que el Centro de Formación Profesional no nació de un edificio, ni de un presupuesto, ni de una estructura. Nació de una convicción.
Y esa, todavía hoy, sigue en pie.

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