22 de abril de 2026
Tras las alarmas encendidas la semana pasada por retos virales con amenazas en las escuelas, este medio consultó a especialistas para analizar un fenómeno que oscila entre el pedido de auxilio individual y la crisis de convivencia social. Mientras la psicología interpreta estos actos como un llamado de atención ante la falta de referentes afectivos, la sociología los vincula a una cultura de la visibilidad que premia el impacto digital por sobre la seguridad del otro. Ambas disciplinas coinciden en que la solución no es solo punitiva: requiere recuperar la escucha, fortalecer la autoridad adulta y reconstruir el lazo social para que el adolescente no necesite apelar al miedo para ser visto.
Por Laura Méndez
De la Redacción de El Tiempo
Durante la última semana, se encendieron las alarmas en la comunidad educativa debido a la propagación de "retos virales" que consisten en proferir amenazas de muerte en los establecimientos.
Ante la preocupación de familias y autoridades, este medio consultó a una psicóloga, Victoria Pérez Bitonte y a la socióloga Verónica Torassa para analizar el fenómeno desde sus respectivas disciplinas y explorar posibles vías de solución ante esta problemática.
Ambas especialistas coinciden en que el adolescente es un sujeto vulnerable en plena transición, pero el origen del "acto" de amenazar se explica de formas distintas:
Visión psicológica (Pérez Bitonte): se centra en el proceso interno de duelo. El adolescente pierde su cuerpo infantil y sus referencias seguras (los padres). La amenaza no es solo un reto, es un "llamado al Otro". Ante la falta de un adulto que sostenga y ponga límites firmes pero amorosos, el joven lanza un mensaje disruptivo para que alguien, finalmente, "puntee" o ponga un coto a su desregulación emocional.
Visión Sociológica (Torassa): se enfoca en la visibilidad y la horizontalidad. El adolescente busca "ser tendencia" en una cultura que premia lo disruptivo. Aquí, la amenaza es un vehículo para "ser visto" en un mundo donde todos miramos pantallas y nadie se mira a los ojos. El fenómeno se explica por el debilitamiento de la autoridad y la influencia de algoritmos que incentivan conductas extremas para obtener validación masiva.
Victoria Pérez Bitonte: desde el punto devista psicológico
-¿Qué lleva a un adolescente a participar en un "reto"; que implica amenazas reales contra su propia comunidad educativa?, ¿es una búsqueda de identidad o de validación digital?
-Me parece que estaría bueno empezar por definir qué entendemos por adolescencia.
Desde el punto de vista psicoanalítico, la adolescencia constituye una etapa evolutiva que implica un pasaje: del cuerpo infantil al cuerpo sexuado, de los vínculos de referencia primarios al mundo exogámico, de la dependencia a una mayor autonomía.
Por ende, además de los cambios biológicos -y apuntalándose sobre ellos- tienen lugar duelos y procesos emocionales complejos. Es decir, el adolescente está movilizado afectivamente por todas las pérdidas que atraviesa en esta etapa; pérdidas que suponen una vacilación y puesta en cuestión de las referencias que hasta ese momento, se habían consolidado como unívocas e incuestionables. Por ende, frente a esta vivencia de vacilación de sentido, es lógico que surjan tendencias oposicionistas, roclividad a cierta toma de distancia en lo que a los vínculos primarios respecta, y búsqueda de mayor contacto con los pares. Todos estos comportamientos forman parte de una exploración necesaria para la autoafirmación en el proceso de búsqueda de identidad.
En este punto cabe aclarar que, si bien el adolescente necesita construir esos espacios y es saludable que así lo haga; esto no implica que pueda "armar" solo.
Winnicott, psicoanalista de infancias y adolescencias, planteó los conceptos de conflicto y brecha generacional para referirse a esta cuestión. El conflicto entre la generación adulta y la adolescente como algo necesario y estructurante del psiquismo. El adolescente necesita confrontar para poder salir al mundo exogámico.
Sin embargo, si no hay referentes afectivos que operen a modo de sostén y corte -esto es, que estén disponibles afectivamente para contener las escenas de confrontación que el conflicto supone- se arma una "brecha" que supone una distancia insalvable, entre lo que el adolescente demanda y desea; y la respuesta del adulto.
Dicho en otros términos, el adolescente necesita que lo acompañen y sostengan en el proceso de su constitución subjetiva, aunque en apariencia parezca que sólo quiere autonomía. Sólo mediante puntos de referencia seguros sobre los que apuntalarse, podrá construir referencias internas estables. Estoy hablando de presencias amorosas pero firmes, que no vacilan cuando todo amenaza con romperse.
Precisamente -digo "amenaza" y el uso del significante es intencional-, los escritos que vimos expandirse por distintas instituciones, tienden a ser leídos como una amenaza por parte de los adolescentes. Mi lectura es que dan cuenta de un pedido, un llamado al Otro (con mayúsculas) que opere a modo de egulación pulsional. Freud decía en "El malestar en la cultura" que la misma se sostiene justamente en una renuncia pulsional (esto es, una renuncia al "todo, ya para mí") a cambio de protección.
Frente a referencias que vacilan, si en lugar de acompañamiento adulto, hay sólo reels de tik tok, la amenaza de destrucción opera como mensaje que se desplaza de un lugar a otro sin ninguna regulación posible.
-¿Estamos ante una generación que ha perdido la noción de la frontera entre la "broma" digital y las consecuencias legales o sociales en el mundo físico?
-Creo que asistimos a un momento histórico crítico. Guerras, amenazas de invasiones y muertes, son noticias cotidianas que tendemos a naturalizar. Si nos detenemos a reflexionar sobre esto, rápidamente nos damos cuenta de que esas noticias son realidades que dan cuenta de la anulación y el arrasamiento del otro como tal.
Silvia Bleichmar, (referente del psicoanálisis en América Latina) utilizó el concepto de lo común para referirse al campo del semejante y de las legalidades compartidas que hacen posible la vida en sociedad. No es "lo igual" ni "lo masivo". Es poder reconocer al otro como alguien como uno, aunque distinto. Eso solo es posible a través de un pacto simbólico que instituye una legalidad compartida, y en ese mismo acto, nos estructura como sujetos. Sin ese reconocimiento, no hay lazo social posible. Cuando el otro deja de ser semejante, pasa a ser cosa, enemigo, objeto.
Esta realidad social a la que me refería, no es ajena al proceso de estructuración psíquica de los adolescentes. Tampoco es ajena a su forma de hacer lazos con otros, todo lo contrario. Si los consensos sociales penden de un hilo y amenazan constantemente con romperse, ese es el marco de referencia que les estamos ofreciendo. En un mundo desregulado completamente, en el que no existen acuerdos claros, también se desdibujan los límites entre lo permitido y lo prohibido. Se desliza cada vez más el sentido desafiando a los bordes para que de alguna forma alguien puntúe, sancione, ponga coto.
El sujeto busca que la ley no sólo prohíba, sino que contenga y aloje; y cuando la ley no opera como marco simbólico de contención, se la convoca como llamado al Otro.
Subestimar ese llamado o ignorarlo -es decir, no intervenir activamente como adultos para leerlo como mensaje- aumenta los riesgos de un pasaje al acto.
-¿Cómo funcionan los mecanismos psicológicos de imitación en estos casos y por qué se propagan con tanta rapidez entre pares?
-Creo que los adolescentes constituyen una población particularmente vulnerable.
Justamente, al principio de la nota situaba lo que ocurre en la adolescencia: la puesta en cuestión de los puntos de referencia que, hasta ese momento, habían operado como tales. Eso supone un tránsito en el que los marcos identificatorios están en vías de construcción y el sostén del otro resulta crucial para armar legalidad. En este punto, los pares operan como sostén de identidad mediante la que se busca hacer lazo en el proceso de la salida exogámica. Es decir: para salir al mundo, el adolescente construye referencias en el afuera mediante su pertenencia al grupo.
En psicoanálisis solemos hablar de "uniformismo" para explicar éste fenómeno: los adolescentes tienden a vestirse de formas parecidas, escuchan la misma música y comparten la misma jerga. Esto es un intento de armarse una identidad "prestada" sirviéndose de rasgos que los habiliten a salir al mundo sin quedar a la intemperie; dado que hay un cuestionamiento y caída de lo parental como ideal absoluto, pero todavía no hay un lugar propio en lo social.
El problema es cuando lo social sólo ofrece, como envoltura yoica, modelos identificatorios violentos y expulsivos. Si la única forma de hacer lazo es esa, el uniforme se vuelve mandato cuyo contenido enuncia que ser como todos, es la única forma de ser alguien ahí afuera.
"Sin escucha, sólo hay monólogo"
-¿Cómo se puede iniciar una conversación sobre estos retos virales en casa sin que parezca un interrogatorio o un sermón que cierre los canales de comunicación?
-Creo que la apuesta pasa por intentar acercamientos en los que podamos preguntar cómo se sienten, qué piensan, qué les pasa con esto y con otros aspectos de su vida. Atender a la particularidad del momento que atraviesan los adolescentes es fundamental para dar marcos regulatorios de contención.
Esa contención se construye con disponibilidad afectiva real y diálogo permanente. Sin escucha, sólo hay monólogo. Si no promovemos diálogo y nos limitamos a esperar a que ellos se acerquen; o si lo único que ofrecemos es una "bajada de línea", seguimos estancados en el mismo lugar.
De cualquiera de las dos formas, dejamos a nuestros adolescentes a la intemperie.
Y en ese estado, cualquier sentido que se les ofrezca como punto de anclaje identificatorio, es pasible de inscribirse: discursos de odio, desafíos virales; en definitiva: figuras que hacen de la anulación del otro una marca de la propia identidad.
Verónica Torassa: desde el punto de vista sociológico
-¿Reflejan estas amenazas una pérdida de la escuela como "espacio sagrado" o de respeto simbólico en la sociedad actual?
-Más que una pérdida total de la escuela como espacio sagrado, diría que lo que está sucediendo es un fenómeno de transformación de ese lugar simbólico.
Como todo fenómeno sociológico no responde a un solo factor sino a la interrelación de varios factores relacionados que lo hace más complejo. Por ejemplo, las relaciones hoy entre alumno y docentes tienden a ser más horizontales y se desdibuja la autoridad con el consecuente debilitamiento de los límites básicos, necesarios para una sana convivencia.
Este mismo fenómeno también se observa en los vínculos de la escuela con las familias y en los propios vínculos familiares.
El contexto social en cada territorio es también una importante variable a tener en cuenta. Lo que sucede en la escuela muchas veces refleja lo que sucede afuera.
Comunidades y grupos en las que se viven conflictos, frustraciones, sensaciones de discriminación y consecuente aislamiento por efecto del bullying, no desaparecen al entrar al aula. Más bien se potencian, a lo que se suma el uso de la redes sociales.
A través de estas redes a las que HOY tienen acceso menores de 16 años se produce un círculo vicioso en espiral ascendente que genera respuestas violentas tanto en el mismo espacio áulico como durante los recreos o a la salida de la escuela.
Desde una mirada sociológica, la Escuela que se ha transformado
necesita recuperar su valor como un espacio de aprendizaje y de cuidado, estimulando el sentimiento de pertenencia de toda la comunidad educativa , fuertemente debilitado, recuperando los límites y el respeto mutuo.
-¿Las amenazas en la escuela son un grito de atención hacia la institución o simplemente el lugar donde la resonancia es mayor?
-No hay duda que la Escuela es un lugar de alta "resonancia social" y quien o quienes amenazan saben que, por este motivo, su mensaje va a amplificarse. No solamente concentra muchas personas sino que es un espacio público central para niños, adolescentes, sus familias y la propia comunidad.
Al mismo tiempo llaman la atención a la institución expresando malestar, enojo, frustración y así sienten que se hacen visibles. Es común escuchar "ni nos miran". Como tampoco ellos "miran" a sus docentes. Estamos todos más centrados en mirar pantallas que a compañeros, docentes, padres, hermanos, vecinos.
También podemos pensar que la amenaza, no necesariamente es hacia la Escuela sino a través de la Escuela.
Ante esta posible interpretación que implica una debilitada comunicación visual, oral y emocional, tal vez podríamos fortalecerla nuevamente con una herramienta más sencilla: poder HABLAR, lo que requiere aprender a escuchar, crear espacios para escuchar y HABLAR Y HABLAR no solo a través de la pantalla sino mirándonos a los ojos que también hablan. Transformar en las escuelas el círculo vicioso de malestar personal y grupal, frustración, tristeza, violencia en círculo
VIRTUOSO de atención y respeto por las emociones, cuidado y búsqueda de aprendizajes que impulsen la creatividad para mayor bienestar personal, grupal y comunitario. Si se considera que las amenazas dan visibilidad, un desafío más creativo sería dar visibilidad a la importancia del DIALOGO, hablando y escuchando.
-¿En una sociedad que premia la visibilidad digital cuánto peso tiene el deseo de "ser tendencia "o generar" un impacto masivo sobre la seguridad real de los otros?
-El deseo de impacto masivo puede impulsar a conductas de alto riesgo que casi siempre se combina con otros factores como vivencia de conflictos, malestar personal y grupal y necesidad de "pertenecer".
Plataformas como Tik Tok o Instagram premian lo disruptivo, lo que sorprende y es posible que impulse acciones más extremas para "destacar". Para adolescentes con perfil de personalidades vulnerables, no necesariamente ligadas a la situación económica, un "me gusta" y comentarios compartidos pesan más que tener en cuenta la seguridad de los otros. En la búsqueda de "ser vistos" superan ese límite de la seguridad de los otros y resignifican lo que sienten y piensan en no tener "nada que perder". Tiene más peso la cultura de la visibilidad.
Por otro lado, en un mundo digitalmente globalizado es muy significativa la difusión de casos de violencia que pueden asumirse como posibles modelos para replicar y, eventualmente, superar en impacto social. El peso de querer "ser tendencia" también se combina con aislamiento, enojo o humillación percibida (bullying), problemas de salud mental o de regulación emocional, entornos donde agresiones cotidianas tanto físicas como verbales y la falta de límites como de vínculos de contención a los que ya me referí.
Si tenemos en claro los factores negativos que determinan estos fenómenos surge la pregunta: ¿que podríamos hacer para compensarlos?
Consultando opiniones de profesionales especialistas en esta temática, pongo a consideración algunas que considero posibles de implementar. Es importante evitar magnificar los hechos y repetir imágenes y hacer conocer a los estudiantes, y trabajar con ellos, como operan los algoritmos y la IA. Destacar que lo hacen de manera complaciente, buscando agradar y sin promover la reflexión ni el pensamiento crítico. Tomar en serio señales de alarma es fundamental para evitar que escalen las tendencias y amenazas lo que requiere protocolos claros en escuelas coordinados con familias y equipos de Salud con oferta de canales de ayuda.
Orientar la tendencia a "ser visto" respetando el marco de la cultura de la visibilidad instalada, pero promoviendo y facilitando líneas de acción creativas y positivas, dentro y fuera de la escuela, que se divulguen y magnifiquen a través del reconocimiento de docentes, directivos y padres como de la misma comunidad.
Aquí los medios de comunicación digitales podrían ejercer un impacto positivo y transformador, legitimando socialmente a los grupos de jóvenes en un marco colectivo desde el cual los estamos "mirando", escuchando y valorando.
Serian éstas posibles y legítimas estrategias para generar Capital Social, tan necesario para el bienestar y una sana convivencia.
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