19 de abril de 2026

ENFOQUE

ENFOQUE . Tiroteos en las escuelas: cuando el sistema llega tarde a una sociedad colapsando.

POR Moira Goldenhörn

Empecemos por lo que no es.

No es un "reto viral". No es una moda importada de Estados Unidos. No es que nuestros chicos de repente se volvieron violentos porque vieron demasiado TikTok.

Lo que está pasando -también en Azul- es el resultado acumulado de años de señales que elegimos leer tarde, o directamente no leer.

¿Qué está ocurriendo?

El 30 de marzo de 2026, en la Escuela Normal Mariano Moreno de San Cristóbal, Santa Fe, un alumno de 15 años sacó una escopeta de su mochila, mató a Ian Cabrera, de 13 años, e hirió a otros ocho compañeros. En su casa encontraron un kit para atentados, un pasamontañas y una remera con la inscripción "WRATH" -ira en inglés- vinculada a los autores de Columbine. Había empezado a planificar el ataque en diciembre de 2025 y participaba en grupos de Discord dedicados a la admiración de masacres escolares. Primer tiroteo letal en una escuela argentina luego de más de veinte años.

Antes de eso, en septiembre de 2025, una adolescente de 14 años disparó dentro del Colegio Marcelino Blanco de La Paz, Mendoza, y se atrincheró. No hubo heridos. En abril de 2025, cuatro chicos de entre 13 y 15 años planificaban una masacre en un grupo de WhatsApp llamado "Tiroteo escolar" en una escuela de Escobar. Semanas después, en Villa Elisa, un alumno de 12 años apuntó a la cabeza de un compañero dentro del aula. En Florencio Varela, una chica de 16 llevó una pistola calibre .380 con 150 balas.

Y esta semana, aparecieron amenazas de tiroteo en al menos cincuenta escuelas de Buenos Aires, Córdoba, Mendoza, Tucumán, Neuquén, Río Negro, Tierra del Fuego y Santa Fe. La frase pintada en los baños: "Mañana tiroteo". El efecto contagio ya no es una hipótesis. Y, si bien Argentina no tiene -todavía- la escala de tragedias como las de Columbine o Uvalde, sí tiene algo igualmente preocupante: ha iniciado el camino que lleva hasta ahí, recorrido en silencio.

La ficción del docente multifunción

Hay una contradicción que vale la pena nombrar con precisión, porque si no, quedamos atrapados en un círculo vicioso delimitado por tirar la pelota al campo contrario en esta ¿rivalidad? entre familias y escuelas: no hay lugar aquí para la trillada acusación a la escuela como que "no quiere" hacerse cargo del asunto, sino que surge algo más específico en los reclamos, queda patente una contradicción conceptual en relación a su función institucional: cuando hay que defender el rol docente ante la sociedad, sobre todo a la hora de negociar paritarias o reclamar el tan necesario aumento y mejora de recursos edilicios, estamos acostumbrados a oír que la escuela lo contiene todo: cuida, acompaña, detecta, previene, salva, forma en la integralidad a personas en las etapas más vulnerables de sus vidas. En estos casos el discurso es amplio, y en muchos casos, con justísima razón porque existen muchísimos docentes comprometidos y dedicados.

Sin embargo, cuando la situación concreta llega al aula -un chico con señales de alarma, una familia en crisis, un conflicto que escala judicialmente- vemos que en muchos casos el registro cambia: la expectativa es que "eso" llegue resuelto desde el hogar y se limite la Escuela al solo rol "informativo" de institución proveedora de contenidos objetivos y verificados. Se espera entonces que las mismas familias que no logran resolver conflictos entre adultos, generaciones antes, fueran ahora a resolver los de sus hijos con herramientas que nunca tuvieron.

Y ahí está la trampa. Porque en Argentina, desde hace décadas, no se perdió solamente "la cultura del trabajo" como se suele decir, sino que en todo caso, se perdió -mucho antes y más silenciosamente- la cultura del cuidado: las infancias, las maternidades y las ancianidades están prácticamente desamparadas, tanto por las instituciones estatales, las intermedias y por la propia ciudadanía. Nadie quiere responsabilizarse por lo que no tiene nombre claro ni presupuesto asignado.

Entonces la escuela señala hacia la familia, la familia hacia la Escuela, ambas hacia "el Estado", y el chico queda en el medio, sin red, sin amparo concreto ante la violencia creciente en hogares, clubes, calles y escuelas.

La violencia que se naturaliza desde chicos

Pero, volviendo al ámbito escolar, hay otro proceso que se instala antes de que suene cualquier alarma: la violencia entre pares que empieza a tolerarse en las escuelas y el Estado local desde el nivel primario.

"El bullying no es algo que se gesta de pronto. Es la sumatoria de hechos de violencia que no recibieron ningún tipo de atención. ¿Cuántas veces ese niño estuvo solo en el recreo? ¿Cuántos profesores presenciaron situaciones de agresión y no intercedieron por la víctima?", advierte la especialista Paola Zavala. Y agrego, ¿cuántos directivos? ¿qué responsabilidad institucional, civil y penal cabe a los docentes y directivos que, a sabiendas, toleran cotidianamente el abuso de poder en las aulas?

En algunos contextos -particularmente en colegios privados, donde el alumno opera además como cliente- el problema se complejiza, agravándose, porque intervenir puede significar un costo institucional. Entonces se minimizan situaciones, se evitan sanciones, se desplazan problemas, se culpabiliza a la víctima mientras se defiende al victimario por no perder matrícula. Pero al negarla y ampararla camuflándola en el seno institucional, la violencia no desaparece sino que crece nutriéndose con algo peor que el conflicto mismo: la impunidad temprana. Así, los niños crecen sabiéndose con derecho a todo, y los padres creen que pueden comprar la "justicia"; mientras los niños y familias víctimas alimentan frustración y sentimientos de abandono que, mal gestionados, pueden terminar en la anomia y anarquía.

Los equipos existen, pero con existir no alcanza.

Ante las conflictivas diversas, la respuesta institucional habitual es: tenemos equipos de orientación. Y es cierta, pero en parte, ya que en Azul -como en gran parte del interior bonaerense- la realidad es que las escuelas prácticamente no cuentan con psicólogos. Ese rol lo cubren generalmente psicopedagogas: un expertise sin dudas valioso, pero distinto. La psicopedagogía trabaja sobre el aprendizaje; la salud mental trabaja sobre la subjetividad, el vínculo, el malestar profundo. No son intercambiables, y confundirlos tiene consecuencias. Palpables, visibles, y sufribles.

El resultado que tenemos entonces, y ante los hechos ya consumados, es una intervención fragmentaria: se detecta algo, se deriva al equipo, se registra. Pero no se sostiene un proceso real, no existe la mirada compleja e interdisciplinaria, no se media con las familias en el ámbito escolar, sino que se apunta a los niños, sin ver qué conflictivas y herramientas hay en los hogares. Es que cuando el conflicto combina violencia, fragilidad familiar y malestar emocional sin atención, se convierte en una bomba de tiempo. Una bomba que explota hasta en las mejores familias: sabemos que la clase social no es garantía de habilidades parentales aprendidas, ni exención de conflictivas graves como consumos problemáticos, violencia de género, bullying intrafamiliar, o abusos sexuales, entre otras.

N opodemos seguir ignorando estadísticas: a nivel nacional, 1 de cada 7 adolescentes fue diagnosticado con alguna patología de salud mental, y el 39% de quienes tienen malestar psicológico no consigue turno para atenderse. "El sistema" no cierra por arriba ni por abajo.

Una secuencia que no es accidental

El viernes por la noche supimos que los presuntos autores de las amenazas de tiroteos en nuestra ciudad eran una niña de 12 años y un niño de 13, junto a compañeros de su misma edad. Y sus celulares fueron la principal prueba recolectada. En medio de un acalorado debate social sobre la edad de imputabilidad, no podemos no ver que el horror del delito está presente en la vida de niños, niñas y adolescentes, protagonizándolo. Entonces, necesitamos preguntarnos ¿cómo es que llegamos a esto? Y atrevernos a esbozar respuestas.

Hay una verdad incómoda que vale la pena decir: en la vida de muchos chicos, la primera intervención "eficaz" del Estado solamente llega a través del sistema penal. Antes de ese punto, fallaron -o resultaron insuficientes- su familia de origen, la escuela, el hospital, el fuero de familia, los servicios de niñez... pero también los clubes, las iglesias, las bellas artes, los merenderos y comedores comunitarios. Y entonces aparece la policía como el último grito de auxilio en el mismo colapso, y una vez más no son los gritos de los niños, niñas y adolescentes los que se oyen sino los de quienes denuncian sus conductas en conflicto con la ley penal.

Pero este recorrido no es una mera cadena de fatalidades fortuitas. Es una secuencia harto conocida por todos; porque es estructural, previsible, y en gran parte evitable. Pero que, sin embargo, se repite en los hechos y en los discursos de quienes tienen a su cargo la toma de decisión "a tiempo": que es un tema cultural, que no se puede intervenir, que no van a cambiar nunca, etc. Todos argumentos excusatorios, todos razonamientos parciales, segmentados, microscópicos.

El otro lado del mismo problema

Hay, por último, otra cara en esta cuestión que no siempre se percibe como síntoma del mismo problema: mientras crecen las alertas por violencia ejercida hacia otros, hay un fenómeno que avanza más silencioso. El suicidio adolescente.

Según datos del Ministerio de Salud de la Nación, un adolescente se suicida por día en Argentina. Es la segunda causa de muerte en niños, niñas y adolescentes de entre 10 y 19 años. En 2023 se registraron 4.195 suicidios en total en el país, superando tanto a los homicidios dolosos como a las muertes en siniestros viales. Grupo La Provincia Y el fenómeno no es local: según estimaciones de la OMS, casi 46.000 niños, niñas y adolescentes de entre 10 y 19 años se quitan la vida cada año en el mundo -uno cada once minutos. UNICEF

El vínculo con el bullying no es especulativo. La evidencia científica establece que el acoso entre pares es uno de los principales factores de riesgo en conductas suicidas e intentos de suicidio, y en el ámbito escolar es el factor de riesgo más frecuente. Redalyc En el extremo más alarmante del espectro, la ONG internacional Bullying Sin Fronteras estima que 20.000 niños, niñas y adolescentes pierden la vida cada año en el mundo a consecuencia del bullying y el ciberbullying. Blogger La cifra ilustra la dimensión del fenómeno que los organismos oficiales, con metodologías más conservadoras, tampoco logran desmentir.

No es casual que ambos fenómenos crezcan al mismo tiempo. Lo que los une no es la patología individual, sino la misma dificultad de fondo: no hay recursos y herramientas suficientes para tramitar el malestar durante la infancia y adolescencia. Y eso se expresa en dos direcciones extremas. Hacia afuera, la agresión. Hacia adentro, la autodestrucción. Hacia afuera, la agresión. Hacia adentro, la autodestrucción. No son fenómenos distintos: son dos salidas de una misma pulsión tanática cuando no hay mediación posible: ni palabras, mi límite ni sostén. Son las dos caras del mismo abandono.

¿Cómo estamos en Azul?

La violencia escolar, el bullying y los suicidios de niños, niñas y adolescentes no pueden abordarse reactivamente y como meros eventos aislados "de calendario curricular", es decir, no pueden ser sólo traídos como charla anual en la escuela. Deben abordarse como espacios sistemáticos, con actores de distintos sectores sentados juntos: educación, salud, justicia, desarrollo social, organizaciones de la comunidad, iglesias trabajando mancomunadamente desde su espacio particular pero también en red y de manera transversal, lejos de egos y protagonismos de ocasión. Espacios donde se crucen casos reales, se aprenda a desarrollar la mirada atenta, se delinee la ruta crítica ante la emergencia, se compartan las señales, y en base a todo ello, se pueda desarrollar de una vez el tan mentado pero poco practicado concepto de "alerta temprana comunitaria", construyéndose algo parecido a una respuesta articulada antes de que sea tarde.

Esos cruces no existen. Y en su ausencia, cada institución opera en su propio compartimento, derivando hacia otro lado lo que no puede resolver sola. La fragmentación no es un problema secundario: es una de las causas principales de que siempre lleguemos tarde.

Comunitariamente nos preguntamos en Azul ¿Cuáles son los abordajes y respuestas comunitarias que existen a nivel comunal? ¿deberían motorizarse más instancias desde la comuna al respecto? ¿qué rol podría asumirse desde las Parroquias e iglesias cristianas? ¿Por qué no tenemos un espacio comunitario intersectorial en la mesa de niñez dedicado al bullying? ¿Por qué no se trabaja en los clubes el tema? ¿Por qué no se aborda la cuestión de maternidades precarizadas en la mesa local intersectorial de género? ¿Por qué no existe abordaje específico sobre la salud mental materna y de niños niñas y adolescentes en la mesa local intersectorial de salud mental? ¿Por qué no se aborda desde ningún lugar la necesidad de acompañar crianzas estimulando y guiando procesos de adquisición de habilidades parentales?

Quizás todo ello ya está ocurriendo, pero sin embargo, la comunidad no lo conoce, entonces ¿por qué no se abren a la sociedad toda estos espacios que deberían ser intersectoriales, amplios, públicos? ¿Por qué no se publica lo trabajado en cada reunión de las mesas locales intersectoriales de niñez, salud mental y género para que la sociedad conozca y se involucre?

Para cerrar

Si la respuesta institucional frente a una amenaza de tiroteo en una escuela es llamar a la policía, "el sistema" llegó cuando ya no quedaba otra opción más que la punitiva. Porque ¿de qué sistema hablamos? ¿del sistema jurídico? ¿del sistema de cuidados? ¿del sistema educativo? ¿del Estado? ¿Por qué, acaso las escuelas no son agentes estatales ya? ¿los docentes y directivos no son funcionarios públicos? ¿las currículas educativas formales e informales no "se bajan" desde "EL Estado" (como se suele decir habitualmente para advertir que ningún cambio es posible sobre ellas)? ¿cuál es "el sistema" que siempre llega tarde y mal?

La pregunta ya no es retórica. Es estructural y también existencial.

Porque lo que está fallando no es una institución en particular ni una gestión determinada. Lo que está fallando es la articulación entre todas ellas. Y esa falla tiene nombre expreso para la Sociología: Pierre Bourdieu nos enseñó que la escuela no es neutral. Tiende, por su propia lógica interna, a reproducir las condiciones de origen: los chicos que llegan sin capital cultural, sin red familiar, sin salud mental atendida, no encuentran en la institución una palanca de compensación sino una superficie que amplifica su desventaja particular. Entonces vemos que el sistema no llega tarde por desidia: llega tarde porque fue diseñado para reproducir, no para transformar.

A eso se suma lo que Zygmunt Bauman llamó "modernidad líquida": los vínculos de contención -familia, comunidad, institución- se volvieron frágiles, provisorios, intercambiables. Los chicos de hoy crecen en estructuras que ya no sostienen porque fueron pensadas para una sociedad que ya no existe. No hay solidez donde apoyarse. No hay relato compartido que dé sentido. Y en ese vacío, el malestar encuentra su propio cauce: hacia afuera o hacia adentro, pero siempre con violencia.

Por otro lado, desde la mirada subjetiva clínica, la psicoanalista argentina Silvia Bleichmar lo nombró con precisión quirúrgica: habló de "destitución subjetiva" para describir lo que ocurre cuando un sujeto pierde los referentes que lo constituyen como tal. No es pobreza solamente. No es familia ensamblada o monoparental solamente. Es la pérdida de aquello que hace posible reconocerse como parte de algo, como alguien que importa, como un ser con futuro. Cuando eso se rompe, lo que queda no es vacío: es una energía sin destino que busca resolución de cualquier manera posible.

La escuela de hoy no puede sola. La familia no siempre puede. La asistencia estatal subsidiaria es insuficiente. La justicia de familia y los asesores de menores, a veces ni siquiera llegan. Pero alguien tiene que hacerse cargo del engranaje sistémico completo, sobre todo cuando ninguna pieza encaja por separado. Y si no es la comunidad mancomunada y participando activamente ¿quién?

Porque Azul no es una excepción, es parte de un país que tiene las señales, tiene los datos, y todavía elige esperar. Es parte de un país que naturalizó el abandono y la violencia de la precariedad de vida como paisaje y hoy cosecha lo que sembró en silencio, en la tibieza de la tolerancia y la romantización social de lo que debería ser intolerable para cualquier persona de bien.

Porque ahora, cuando estamos mirando un escenario de después del "después", no hay debate pedagógico que alcance. Solo queda administrar consecuencias sobre personas que nunca fueron oídas ni gozaron de plenitud de derechos. Y eso, administrar consecuencias punitivas, siempre resulta más caro en todos los sentidos posibles. Cuando la escuela falla, cuando la familia falla, cuando las comunidades fallaron, finalmente, llamamos a la policía.


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