4 de marzo de 2026
Especialista en medicina del adolescente, Nora Padrón reflexiona sobre los jóvenes y la salud mental. Afirma que la solución de la problemática incluye empezar a "ocuparnos de nosotros, de nuestra propia familia, de nuestros amigos, compañeros de escuela, de trabajo, alumnos y vecinos" para ayudar "al que no está pasando un buen momento".
Por Nora Padrón (*)
Cuando me preguntan si las problemáticas actuales de los adolescentes se parecen en algo a las que veía 30 años atrás es imposible soslayar que vivimos en una sociedad diferente.
Ahora, los adolescentes se han ido afianzando en su empoderamiento de derechos.
Por ejemplo, en lo referente a la salud reproductiva hoy utilizan métodos anticonceptivos que fueron puestos a su alcance.
De esa manera, se ha logrado disminuir considerablemente la maternidad y paternidad adolescente. Algo que -como todos sabemos- es un factor de riesgo importante en la calidad de vida de una persona.
Al respecto, en 2010 el 26 % de los nacimientos registrados en nuestro Hospital de Niños eran hijos de madres adolescentes; mientras que el año anterior fue sólo del 6,4%.
Hoy los adolescentes expresan decisiones con valor legal, según su grado de autonomía, logrando que se consideren derechos que antes no estaban contemplados.
Sin embargo, esta sociedad que avanza en algunos aspectos evidencia estadísticas en Salud (por ejemplo, en el aumento de número de suicidios), en Educación (el 10 % de los adolescentes abandona la Secundaria entre el Segundo y el Cuarto Año) y Socioeconómicas (entre otras variables, más del 52 % de niños y adolescentes están inmersos en niveles de pobreza) que son preocupantes.
¿Qué está pasando?
Las consultas por problemáticas de salud mental son multicausales y han aumentado considerablemente.
Hoy, uno de cada tres pacientes de un consultorio de clínica adolescente evidencia de alguna manera un padecimiento mental y/o espiritual, no material.
Es importante considerar que los adolescentes no son adultos. Biológicamente hablando, aún están desarrollando la zona frontal del cerebro, que se completará -en general- más allá de los 20 años de edad, cuando podrán reflexionar y manejar mejor sus impulsos.
Es por eso que al estar en evolución no es conveniente etiquetar al individuo con una determinada patología mental sin haber analizado el caso concienzudamente.
La falta de afecto en esta etapa de la vida es un factor de riesgo para problemáticas mentales.
Son necesarios adultos que los acompañen con amor en su crianza y que -en ese marco- pongan límites indispensables para crecer y que no deleguen su responsabilidad en otros, sin que finalmente nadie la asuma.
No se trata de ser permisivos o rígidos. Salgamos de esta actitud tan actual de polarizarnos y que, al no hacerlo, eso se interprete como un signo de debilidad. El equilibrio resulta de reflexionar sobre dónde está la verdadera fortaleza: padres o referentes que eduquen con amor, valores y limites ofrecen un marco de seguridad al adolescente, que le permite desarrollarse sanamente y enfrentar los conflictos de la vida.
Pero, obviamente, no todos los problemas de salud mental tienen una base desafectiva.
En general, las causas más frecuentes de consulta son por problemas conductuales, angustia, ansiedad, depresión, consumo y enfermedades psiquiátricas como -por ejemplo- la esquizofrenia, que puede comenzar en esta etapa.
En ocasiones, los adolescentes expresan sentimientos muy fuertes de vacío, no encontrándoles un sentido a sus vidas.
En el consultorio
Comparto algunas situaciones de consulta habitual al respecto.
Me espera la mamá de M. en la puerta del consultorio, angustiada por su hija que le escribió un texto de WhatsApp que me muestra, donde se observan algunas palabras inconclusas; pero que adivinamos al leer con figuritas de caras varias, bocas invertidas y ojitos de los que sale una cascada de agua.
A su madre le refería que se había peleado con su mejor amiga, que ya no confiaba en nadie y que nada tenía sentido.
Yo le pregunto a la mamá qué hizo. Y me contó que ella le respondió por mensaje que la quería, que no escribiera esas cosas y que le mandó un corazón.
-¿Hablaste con ella?, le pregunté.
-No, porque ese día le tocaba estar con su padre y con él no me hablo, me contestó.
Otro caso: J. hace meses que no concurre a la escuela porque no le gusta y se siente angustiada cada vez que lo hace.
Desde la escuela están solicitando una evaluación para tomar medidas; mientras J. refiere que no le interesa seguir estudiando y su mamá dice que ya no quiere confrontar más con su hija; que está cansada y prefiere que la internen en un hogar.
Una situación más: Luis está asustado. Ya van dos veces que siente un dolor en el pecho que le corta la respiración. A veces se le duerme la mano y siente que algo malo le va a pasar.
Pensó que tenía un problema cardiaco; pero parece que no. Y si es nervioso, como le pasa a su amiga, seguro que con una medicación va a estar bien.
Un caso más de consulta, de una mujer que afirma: "Hace rato que noto que mi hijo no tiene amigos con quienes armar un plan para salir. Está en su cuarto todo el tiempo conectado a la computadora ¿Con todo este tema de la depresión debo preocuparme?".
Estas son sólo algunas de las muchas consultas recibidas a diario. Y podemos sumar las asociadas a cambios de género, embarazos no deseados e interrupciones, duelos por separación de los padres, bullying, trastornos alimentarios, el mal uso de las redes sociales, enfermedades de algunos de los progenitores, tentativas de suicidio o asesoramiento y acompañamiento a los amigos y familiares de suicidios consumados.
Tengamos en cuenta que muchos problemas de salud mental no llegan a la consulta por distintas razones. Por ejemplo, por la estigmatización que aún existe hacia la patología mental o por fallas en el funcionamiento de los servicios. Esa segunda circunstancia mencionada, tanto por minimizar las situaciones o porque, simplemente, la persona no quiso hacerlo o no pudo.
Hay signos que en un hijo adolescente deben convocar la atención: que ya nada le interese; que deje de disfrutar de cosas que antes le gustaba realizar; tristeza con llanto frecuente; alta sensibilidad al rechazo; aislamiento social; sentimientos de inutilidad o culpa; ira que no puede manejar; dificultad para concentrarse; abandono escolar; alteración del sueño; actos o pensamientos de autoagresión; el consumo de sustancias y las conductas de riesgo sexuales u otras.
A veces no es fácil deslindar, sobre todo en sus presentaciones aisladas, si esas situaciones son normales o no.
¿Cómo actuamos?
Estoy en un todo de acuerdo con que los servicios de Salud Mental deben fortalecerse.
¿Pero realmente creemos que pasa por allí la total solución?
Las consultas duran 30 minutos y después, cuando vuelve a su casa, ¿qué encuentra ese adolescente?
Será hoy el momento de no contestar ya, en forma reactiva con un mensajito frente a una realidad que no nos gusta y poniendo la culpa en el otro.
Tal vez sea mejor detenernos a reflexionar qué hacemos, empezando por ocuparnos de nosotros, de nuestra propia familia, de nuestros amigos, compañeros de escuela, de trabajo, alumnos y vecinos, tendiendo nuestra mano al que no está pasando un buen momento, escuchando, brindando nuestro tiempo. Poner en palabras libera y baja la tensión.
Tal vez no tengamos respuestas al dolor ni sean necesarias; pero un abrazo, una mirada compasiva, un "no estás solo" tienen un enorme poder. También pidamos ayuda a quien desde otra perspectiva se sume y así será más fácil contener. Pero sólo para eso y no para delegar; porque para que una red funcione es importante la firmeza de todos sus hilos.
De esta situación saldremos juntos. Levantemos nuestra mirada y volvamos a encontrarnos.
(*) Pediatra hebiatra (MP: 81.055)
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