5 de junio de 2026
Que Carlos Solari tenía 77 años; que falleció este viernes en su casa de Parque Leloir; que estaba enfermo de Parkinson o que se había retirado en 2017 de los escenarios. Nada alcanza para mitigar tanto dolor ante la desaparición física de una figura popular tan inmensa. Ni siquiera estos recuerdos en primera persona. Indefectiblemente ligados para siempre, como los de tantos más que hoy lo despiden, a uno de los íconos más grandes del arte argentino.
Por Fabián Sotes
De la Redacción de EL TIEMPO
El sábado 23 de mayo. Este último. A poco de volver del Diario, el "Negro" Del Valle -amigo de la vida y uno de aquellos con quienes compartí departamento mientras estudiábamos en La Plata en los '90- me mensajeó por WhatsApp desde Olavarría.
Me alertaba sobre el inminente comienzo en Jesús María del recital de "Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado". Y también me avisó que lo pasaban en vivo por YouTube.
Nunca los vi en vivo, al menos hasta ahora. Pero esa noche la banda reunida por Carlos "Indio" Solari para ser la sólida base de sus discos solistas y de sus shows -hasta donde el cuerpo se lo permitió- me maravilló más que nunca; independientemente de que hasta ese entonces venía desarrollando una profunda admiración por todos esos artistas.
Me dio la impresión que sonaron de una manera increíble, celestial. Más que nunca, apoteósica. Encima, esa noche tocaron en vivo "De estos polvos futuros lodos", una de las tantas joyas nunca oficialmente editada de los Redondos.
Este viernes por la mañana, al enterarme de la muerte del "Indio", concluyo que se trató de una hermosa despedida. Pero también, de un triste presagio con relación al final de la vida de uno de los artistas más populares que alguna vez este suelo argento haya parido.
Mientras que el rocanrol del país ahora está de luto, es imposible no revisar aquella parte de nuestras existencias (la de todos) ligadas a un fenómeno que nunca pudo ser explicado de una manera determinante y certera sobre lo que significaron para la cultura popular argentina Solari y los Redondos. Y también, para la gente.
Tal vez no haya que explicarlo tampoco y sólo alcanza con sentirlo.
Pero como si fueran estiletazos que se clavan en el corazón -"Es como si te dan picana con tristeza", apenas si me pudo decir el "Pela" Randazzo esta mañana sobre lo que pasó-, en momentos donde emblemáticas figuras de nuestra cultura popular se apagan los recuerdos personales ligadas a ellas no dejan de aparecer.
A principios de los '90, allá cuando yo estaba seguro de que mi remera de los Redondos se escuchaba cada vez que me la ponía, las famosas "misas ricoteras" me tuvieron asistiendo a varios lugares donde la invitación a aquella ceremonia profana era una cita ineludible.
Jamás en mi vida me sentí tan libre como en cada uno de los shows a los que fui del Indio, Skay y compañía. Y mi vida, al mismo tiempo, se tiñó de esas historias vinculadas con la banda. Las mismas que ahora vuelven a aparecer, en recuerdos que -seguramente- también mienten un poco.
Pero están ahí para siempre y ahora conforman una infinidad de diapositivas que se proyectan en mi cabeza; mientras intento exorcizar un poco el dolor que esta mañana gris y lluviosa del viernes 5 de junio de 2026 implica la triste novedad que conlleva la muerte de Solari.
El show de la banda en el ya desaparecido Centro Municipal de Exposiciones de CABA, cuando estaba por salir "Lobo suelto, cordero atado" y compartí aquella primera comunión ricotera con "Marquitos" Vásquez -otro amigo de la vida- y mi novia de aquel entonces, la que me perdió los zapatos (seguramente ella, si lee esto, se va a acordar).
Las inolvidables noches, en esa caldera que era la cancha de Huracán, de los recitales que después vinieron, donde a las entradas y los viajes en colectivos de línea desde La Plata los vendían en "La Vitrola". Micros que, en un principio, eran decenas y a la vuelta, sólo unos pocos, porque durante el trayecto varios eran destrozados y te dejaban a pata.
Esas locuras compartidas con Angie, la mamá de mi única hija, en una de aquellas excursiones donde el rock era el movimiento convocante que reunía a miles de personas. Las mismas que encontraban algo de consuelo en cada palabra, cada gesto o cada verso que ese pelado vociferaba desde un escenario donde todo se volvía tan caótico como atrapante. O la otra vez del recital en Tandil, después de que Helios Eseverri -por esa época intendente de Olavarría- decidiera que los Redondos no podían tocar en la vecina ciudad.
El barro que nos envolvió en el Estadio Municipal de la ciudad serrana. A Angie, a mi amigo "Verry" y a mí durante aquel show, donde parecía que el escenario se iba a venir abajo de tanta pasión y fervor hechos una masa de gente.
El rock como expresión, siempre y por sobre todas las cosas, de libertad. Los versos de las letras escritas por el Indio, que se clavaban para siempre en la memoria colectiva de una sociedad que hoy lo despide.
El último show en Tandil, creo que el primero de Solari ya solista, al que fui en el Hipódromo, con la inmensa alegría de ver a mi amigo Ramiro haciendo la comunión en su primera misa, increíblemente maravillado mientras no paraba de formar parte del pogo más grande del mundo con "Ji ji ji".
Otra vez "Oktubre", sonando por estos días en mi auto desde aquel último recital de los Fundamentalistas a fines del mes anterior. El disco de la tapa con la Catedral de La Plata en llamas, del presagio de una revolución que todavía espera mientras el artista que desde hace rato ya era un mito ahora es también un triste y dulce recuerdo. Como la vida misma, que es finita; aunque a veces no queramos entenderlo.
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