20 de junio de 2020
En 1995 tres brutales asesinatos conmocionaron a Saladillo. Tenían un solo elemento en común: habían sido cometidos en noches turbulentas. Un par de zapatillas fue la clave para hallar al criminal.
Por Marcelo Metayer
Al día siguiente encontraron el cuerpo de Gallo, una joven que trabajaba en la comisaría de Saladillo, muy querida en la seccional. Estaba muy cerca de la camioneta de Bassi. Pero del dueño del vehículo no había rastros y de hecho en un primer momento el sospechoso fue el ambulanciero. Hasta que su cadáver apareció escondido entre unos matorrales, a la vera del camino. Le faltaban las zapatillas y un reloj.
Sánguches y gaseosas
El caso de inmediato sacudió a esa tranquila ciudad del
centro bonaerense. Los peritos empezaron a hacer rastrillajes en la zona. Al
mediodía iban a comer a un barcito que estaba en la esquina de Ledesma y
avenida Sanguinetti, cerca del Cementerio. El paisano que les vendía sánguches
y gaseosas, y que terminó haciéndose medio amigo de los policías, no era otro
que Gobia. De hecho, fue testigo de los procedimientos, ya que el cuerpo de
Bassi había sido encontrado muy cerca de su casa, en un lugar que por muchos
años fue señalado por una cruz.
La cuestión es que se creó un gabinete especial de investigación, que se topó con un callejón sin salida durante varios meses. Nadie sabía quién había asesinado a la desafortunada pareja ni por qué. Corría un rumor que todavía, décadas después, se sigue repitiendo: que Gallo estaba investigando un caso de drogas y que la mataron por un ajuste de cuentas. Nada de eso se pudo probar.
Acorralado
Pero el 14 de julio, durante otra tormenta, hubo otro
crimen.
La víctima fue una niña de 13 años llamada Gladys Patricia
Fioretti. Gobia, de 51 años por aquel entonces, la conocía porque iba a la casa
de la familia, camino a la vecina localidad de Álvarez de Toledo, para
comprarle verduras, cerdos y gallinas. Esa tarde la nena fue secuestrada,
violada, apuñalada y abandonada en horas de la caliginosa noche en la zona
próxima al Saladillo Automóvil Club.
Quizás porque Miguel Alberto Gobia era conocido de los
Fioretti, la Policía fue hasta su casa para hacerle unas preguntas. Los recibió
con un detalle singular: venía chancleteando con un par de zapatillas al menos
dos números más chicas. Algo que no hubiera pasado a mayores si no fuera porque
el inspector a cargo del caso recordó que el cadáver de José Bassi estaba
descalzo.
Enseguida mandaron llevar a Gobia a la comisaría para interrogarlo. En media hora había confesado todo.
Confesión y condena
"La tormenta me excita y me dan ganas de matar", les dijo a
los policías. Contó también que en una oportunidad recorría el campo cuando se
cayó del caballo y se golpeó la cabeza, lo que le habría provocado una lesión
que le afectó la personalidad. Dijo que le provocaba terribles dolores de
cabeza, que trataba de calmar automedicándose y consumiendo alcohol. Esos
dolores lo ponían tan mal que lo llevaban a ser un hombre violento, tanto que
una noche de insomnio salió a matar caballos con su carabina. De todos modos
tras su detención se le practicaron estudios neurológicos y no se encontró ninguna
lesión.
El juicio se realizó en abril de 1998. "Su apariencia
bondadosa esconde en realidad a un individuo compulsivo, agresivo, actor y con
ausencia de interés por el otro", declararía en el proceso un psiquiatra
forense. En cuatro días Gobia fue condenado por la Cámara Penal de La Plata a
la pena de reclusión perpetua por los tres crímenes. Cuando salió del tribunal
hubo un tumulto en el que familiares y amigos de la niña Fioretti le gritaron
repetidas veces "asesino".
Miguel Alberto Gobia pasó varios años en la Unidad 30 de General Alvear, donde se hizo habitué del pabellón evangélico y mostró una conducta ejemplar.
Sin rastro
Quedó libre la Navidad de 2010, a 15 años de sus asesinatos
y 13 de su condena. A partir de ahí se perdió el rastro de Gobia. Su nombre
volvió a mencionarse cuando en abril de 2014 asesinaron a la maestra jardinera
Marisol Oyhanart en Saladillo. Ese caso aún no fue resuelto. En ese momento se
recordaron aquellos crímenes de 1995.
Gobia tenía paradero desconocido. Algunos dijeron que andaba
por San Miguel del Monte, otros por La Plata. En algún momento se supo que le
habían amputado una pierna.
Este año se cumplió un cuarto de siglo del doble asesinato
del Día de los Enamorados. Oscar Di Zeo, conductor del noticiero del canal
local TV Centro, recordó los hechos en el programa. "Enseguida recibí varios
mensajes en los que me aseguraron que Gobia había fallecido poco tiempo atrás",
afirmó el periodista, quien aportó muchos datos para esta nota.
Y así terminó la historia de Gobia. Nadie sabe ni siquiera
dónde están los restos del "asesino de la tormenta", pero seguramente más de
uno en Saladillo pensará en él cada vez que el cielo se encapota y se ven
refucilos allá en lontananza. (DIB) MM
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