28 de mayo de 2018
Un partido repleto de ausencia de fútbol el que jugaron Athletic y Piazza. Tres expulsiones, amarillas por doquier y un juez desbordado como saldo de un cara a cara que priorizó la mezquindad. El industrial sigue siendo el único puntero del Apertura.
Festejo en red. Mariano Borda celebra el empate industrial ante Athletic. FOTOS NACHO CORREA
Por Silvio Randazzo.
Hablar únicamente de fútbol luego de este encuentro, es abordar poco y nada de lo que pasó ayer en el Lorenzo Palacios. Hablar de atractivos para el público es no decir la verdad (aunque a la pasión nunca le interesa mucho más que el resultado). Vimos una combustión entre elementos que no conviene mezclar: un arbitraje malo y una buena cantidad de jugadores dispuestos a no colaborar en nada. Pero al plantear este asunto, lo que se pone sobre el tapete de la discusión es un dilema similar al del huevo y la gallina: ¿qué estuvo primero: el mal arbitraje o la conducta de los jugadores?
Lugüercio había desarrollado un gran arbitraje en la fecha pasada, pero ayer, este Athletic-Piazza se le fue prontamente de las manos. Y cuando lo quiso recuperar a fuerza de tarjetas, los dos equipos le demostraron que era muy tarde. El primer síntoma que dejó traslucir la estrellita, fue la convicción de que su rival no iba a ganar la pulseada en eso de “conversar” al juez. Había un clima común entre plantel e hinchas para imponer el estado de ánimo en el oeste. Así, desde muy temprano, vimos que el partido se “empiojaba”, un contexto que se fagocitó al árbitro.
El primer cuarto de hora se desarrolló bajo la batuta futbolística de la visita. A partir de sumar pases y con una buena sociedad entre Bedoya y Pouyannes, el control villero era no sólo efectivo sino que posibilitaba una mínima expresión de su oponente. Alexis era por entonces el encargado de modificar la fase de mera tenencia en la de ataque y lo hacía con mucha practicidad: recibía sobre la izquierda del colombiano y buscaba con pases cruzados hacia Bongiorno. Para el fidelino lo conveniente era practicar la paciencia, no poner tercera antes que segunda una vez que lograba hacerse del balón.
El dominio visitante tuvo de parte de Athletic una contundente respuesta en pos de alterar el curso del partido: sobre la derecha del avance, un aviso del asistente 1 de una mano de E. Valdez al interceptar un desborde (no pareció golpearle en el brazo la pelota cuando dio la espalda al rival), posibilitó el tiro libre a través del cual llegó la bocha al área. Cristian Flamengo recibió sobre el segundo palo, cruzó un cabezazo bajo a la izquierda de Barbieri y pese a la mano del arquero, el gol tomó forma.
A lo que era aplomo y control sensato de Piazza, ahora había que sumarle 2000 revoluciones por minuto. La reacción es inmediata, de nuevo gobierna el balón, pero adolece de la puntada profunda. Athletic se abroquelaba muy cerca de Matos, enfocado en no desmembrarse y no perder capacidad de reacción.
El encuentro ya era muy malo, la expresión futbolística quedaba relegada por una dinámica de protestas y artilugios para falsear las distintas circunstancias. Era una enorme discusión interrumpida por pequeños lapsos de juego. La expulsión de Parodi a la media hora (una expulsión que desde la cabina sólo se explica en posibles agresiones verbales del “Choni”), fue el momento culmine para entender que algo parecido a la tranquilidad sería irrecuperable.
La ruptura casi total del partido, ese síndrome de coctelera, trajo equilibrio, una manera de desarrollarse que beneficiaba al local: las agresiones futbolísticas escaseaban y cuando Piazza pugnaba por empatar, José Matos lucía un repertorio notable de atajadas muy destacadas.
Cuando el complemento nació, el industrial recobró una iniciativa, con tibieza, como poniendo en prueba hasta dónde el conjunto fidelino sabía usufructuar la ventaja numérica. Athletic se cobijaba en torno a su valla y se ocupaba de repeler los previsibles lanzamientos frontales con los que Piazza intentaba hallar a Valdez. Pero ese resguardo de la estrellita no eximía de preocupaciones a Barbieri: Kevin De Stéfano tuvo el segundo tanto en dos ocasiones, ambas en el cuarto de hora inicial, pero sus intervenciones carecieron de precisión. Primero, el delantero recepcionó un desborde desde la izquierda, cabeceando con mucha libertad pero igual de desviado. Poco después, la pelota le llegó desde la derecha, otra vez los defensores visitantes lo perdieron notoriamente y De Stéfano, ahora con derecha, cruzó muy suave el esférico por bajo y permitió la mejor atajada de Barbieri. Instantáneamente era valida una sospecha: ambos desperdicios podrían costar muy caros.
Todo lo que rodeó a las expulsiones de Sergio Valdez y Flamengo fue bochornoso, la postal más triste de la tarde. Ya resultaba irrecuperable el partido, y la política tarjetera del árbitro no pudo solucionar el desmanejo.
El contexto que tuvo el penal de Giménez (con gran rendimiento en el tramo final) como manifestación más relevante fue con Piazza tomando la adarga y asumiendo todos los riesgos. La diferencia numérica era invisible al momento en que Long, con una burda infracción, le facilitó todo a Maxi Giménez, quien dentro del área, por derecha, buscaba la raya final para desbordar. Tan alevoso que nadie atinó a la protesta. Mariano Borda engañó a Matos y empató.
El ocaso del cotejo, para ser coherente con todo lo acontecido, fue con polémica. En el minuto 47, el balón que llegó al área chica de Athletic encontró habilitado a Giménez, cara a cara con Matos, para anotar el gol. El asistente Herrera marcó la posición adelantada del defensor que el juez convalidó.
Flamengo (número 2 de Athletic) cabecea al gol entre muchos testigos dentro del área. Athletic comenzaba ganando el partido en su cancha.
LA FIGURA 
José Matos
Los miró a todos desde arriba en esto de definir una figura. Matos pareció decirle a Peralta “por esto me llevaste en el Federal C”. Casi sin errores y con atajadas espectaculares, fundamentalmente una a Pouyannes en el primer tiempo, el 1 de Athletic impidió el triunfo visitante.
Athletic 1
Piazza 1
Athletic
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