20 de febrero de 2014
No hay años malos. Hay años de fuertes aprendizajes y otros que son como un recreo, expresó el padre Mamerto Menapace en una etapa de su vida que se siente envejecer.
La forma en que se debería evaluar un año tendría más que ver con cuánto uno fue capaz de amar, de perdonar, de reír, de aprender cosas nuevas, de haber desafiado los egos y apegos. Por eso no se debe tener miedo al sufrimiento ni al tan temido fracaso, porque ambos son sólo instancias de aprendizaje.
La vida y el cómo vivirla depende de cada uno de los seres humanos. Si no le gusta se deberá desarrollar estrategias para cambiarla. Ser feliz es una decisión.
¿Qué se tiene que hacer para poder construir un buen año en este camino de aprender a ser mejores y entender que a la vida se vino a aprender a amar, a dejar huellas y a ser felices?.
Para contestar esta pregunta hay tres factores que ayudan. Aprender a amar la responsabilidad como una instancia de crecimiento. El trabajo dignifica el alma y el espíritu y hace bien a la salud mental.
El cansancio no debe ser visto como algo negativo y sí cómo el privilegio de estar cansados porque significa que se está entregando lo mejor de cada uno.
Valorar la libertad como una forma de vencer a uno mismo y entender que ser libre no es hacer lo que se quiere. Se debería ejercer la libertad haciendo lo que se debe con placer para estar felizmente agotados y así poder amar más y mejor.
Cultivar es el desarrollo de la fuerza de voluntad, ese talento de poder esperar, de postergar gratificaciones inmediatas en pos de cosas mejores. Hacer cariños y tratar bien como país y como familia y como seres humanos. Quererse.
Crear calidez dentro de los hogares, y para ello tiene que haber olor a comida, colchones aplastados y hasta manchados, cierto desorden que acuse que ahí hay vida.
Hay que tratar de crecer en lo espiritual, cualquiera sea la visión de ello. La trascendencia y el darle sentido a lo que se hace tiene que ver con la inteligencia espiritual.
Tratar de dosificar la tecnología y dar paso a la conversación, a los juegos "antiguos", a los encuentros familiares, a los encuentros con amigos, dentro de la casa. Hay que valorar la intimidad, el calor y el amor dentro de la familia.
Si se logra trabajar en estos puntos se puede ser felices. Lo cual no exime de los problemas, pero hace entender que la única diferencia entre alguien feliz o no, no tiene que ver con los problemas que se tengan sino con la actitud con la cual se enfrenta lo que a uno le toca.
Las alegrías cuando se comparten se agrandan. Las penas pasa al revés. Se achican. Lo que sucede es que al compartir lo que se dilata es el corazón. Un corazón dilatado está mejor capacitado para gozar de las alegrías y mejor defendido para que las penas no lastimen por dentro.
Compartiendo esta idea del monje benedictino y escritor Mamerto Menapace, se puede decir que no existen años malos. Y esa calificación los seres humanos la expresan por una cuestión de actitud y falta de felicidad. Año bueno es haber encontrado el sentido de la vida, aprendiendo a amar, a ser felices y dejar huella.
El torneo de Primera División, organizado por la Liga de Fútbol de Azul, afrontará mañana una jornada decisiva con la disputa de la duodécima fecha. La programación se adelantó por el Día de la Madre y tendrá varios encuentros importantes, tanto en la pelea por el liderazgo como en la lucha por ingresar a los cuartos de final.
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