22 de abril de 2018
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Son dos las facetas conocidas de Roberto Glorioso. Una de ellas es la del trabajo diario en el Banco Industrial, lugar donde su amabilidad y el habitual “queridooo...” con el que recibe a la gente son sus marcas distintivas. El otro aspecto que define su personalidad está vinculado a lo artístico. En su caso, como escritor de poesías. En esta entrevista cuenta cómo relaciona ambas tareas, recuerda emocionado a Emilia Betinelli de López Claro y adelanta cómo se llamará su nuevo libro.
-Cómo convive el escritor con el empleado bancario?
-Una cosa no puede ser sin la otra. Si yo me dedicara a una actividad afín con las letras, quizás la desdeñaría, porque tengo el privilegio de estar en contacto con la gente y ese termómetro me da la connotación de su felicidad y su dolor. Es el espejo donde mirarme, quizás para completar lo que todavía desconozco de mí mismo.
-¿El trato con la gente lo inspira para escribir?
-La gente siempre es una nutrición. Hace 25 años que estoy en el banco y siempre me manejé igual con la gente. Pero yo soy así también fuera del banco, es una tabla de salvación, un cabo suelto que le doy a alguien para que note que no todo tiene que ser acartonado, duro y rígido. A mí me gusta todo lo que es desacartonado, no me gustan los protocolos.
-Justamente en un lugar donde hay que llenar planillas, formularios...
-Yo tengo la felicidad de que no lleno tantos formularios, los hacen mis compañeros. Tengo otra frecuentación y eso es lo que agradezco. Siempre trabajé en contacto con la gente. Si hubiera hecho otro trabajo tendría que haberme domesticado desde el vamos, ahora no podría. Yo soy muy a mi manera y no tengo muy en cuenta cómo son los estamentos. Trato de crear un clima y de que sea algo entrañable.
-¿Qué siente cuando finaliza su jornada diaria?
-Yo tengo en cuenta si cada día me he cumplido. Hay días que eso no pasa y me queda algo de disconformidad conmigo mismo. Es algo muy supersticial, pero que noto que no tengo la plenitud de otros días. En el trabajo tengo y tuve los mejores compañeros que se podría suponer. Son lo más deseable. Yo creo que hay una religiosidad, como dijo Eladia Blázquez, aquello de que “a pesar de todo me trae cada día la loca esperanza y la absurda alegría”. Sobre esa base, uno construye. También he tenido siempre presente una actitud de respeto, por mí y por los demás. Yo trato de no sentirme eje ni punto central de nada.
-¿Cómo vive los fines de semana, cuando no tiene ese contacto con la gente?
-Es de la misma manera que construyo los días de semana. Por ahí tengo que viajar o ir a reuniones de literatura. Lo literario lo complemento con el cine y el teatro. Y también tengo afectos entrañables, amigos de mucho tiempo. Además tengo mi propio universo, que está hecho de las lecturas y con los deseos de escribir.
-¿Cómo se da su proceso creativo?
-En la poesía es un instante. Si no se capta, se pierde para siempre. Lo inicial hay que captarlo en el momento y escribirlo ya. Después irá a la corrección, pero si se pierde ese punto de partida se pierde el poema para siempre. Yo siempre tengo un papel y un lápiz cerca por si surge alguna idea, porque la inspiración es espontánea. También hay imágenes que quedan y en el momento certero se presentifican. A lo mejor esa imagen estaba desde hacía veinte días y en un instante uno se dispone a escribirla.
-¿Siempre escribe o también pasa por períodos de sequía?
-Hay sequías. Antes me preocupaba mucho, pero ahora ya no. Llegué a la conclusión de que si un día la sequía es total, paralizadora, la literatura no se va a dar por enterada. En última instancia me voy a dar cuenta yo. Yo creo que la vida tiene múltiples ofertas y entonces uno podrá hacer pocas cosas que lo conformen de la misma manera, o quizás más, que haciendo literatura.
-¿Comenzó a escribir de muy chico?
-Empecé en la escuela primaria, cuando las maestras me ponderaban demasiado. Era cuando decían “Redacción, tema"; y después por lo que leía. La gente de mi generación tuvimos el amparo y la suerte de tener a María Aléx Urrutia Artieda, doña Emilia Betinelli de López Claro con su revista Pan y a Juan Antonio Carrau con el suplemento literario de este diario. Con esos tres soportes, era muy fácil ponerse a escribir. María Aléx abría todas las puertas en el plano local. Doña Emilia tuvo durante 30 años una revista en la que me publicaba y Carrau también. Por otra parte, Azul es una ciudad que te permite ser poeta, algo que no pasa en todas las ciudades.
-¿Cómo evalúa su obra?
-Yo soy muy riguroso conmigo mismo. El otro día tomé algunos números de la revista Pan y decía como la traicioné, de alguna manera, a doña Emilia porque eso no lo publicaría ahora. El consuelo es pensar en que cuando estaba haciendo algo y di lo que di era el límite que tenía en ese momento. Yo estuve al lado de doña Emilia los últimos diez años de la revista y es todo un ejemplo. Incluso desde la perspectiva humana, que me quedará para siempre. Ante todo lo difícil, doña Emilia se ponía de pie, decía “es la vida” y continuaba.
-¿Por qué se terminó la Revista Pan?
-Porque doña Emilia tenía 95 ó 96 años, veía muy poco y armaba la revista con una lupa. Hizo un intento de dejarnos la revista al Dr. Cordeviola, Estela Bogliano, Beba Diéguez de Vázquez y yo. Nos reunimos algunas veces y nos dimos cuenta de que no podíamos asumir esa continuación porque la revista era tan de ella que sentíamos que en nuestras manos no iba a tener que ver.
-¿Con la muerte de María Aléx, la poesía azuleña se quedó sin referentes?
-Yo creo que los espacios nunca se ocupan y cuando se va una persona nadie puede reemplazarla, sobre todo en estas tareas.
-¿Cuántos libros lleva escritos?
-Hasta ahora son seis. Los dos primeros me los perdono. Creo que empecé con algo serio después de “Lejanías conjuradas”, porque pude llegar a Buenos Aires a que la gente me hiciera un espacio. Después vino “Plazas de mediaciones”, “Música de guerra”, “Astillas” y ahora estoy trabajando en uno que se va a llamar “Tierra no prometida”. Los títulos tienen que ver con la totalidad del libro, que encierre lo que uno quiere dar como testimonio.
-¿Así como hay gente que tiene conocimientos sobre arte, también debe haber algunos “chantas” en el ambiente?
-Sí, pero yo la única exclusividad que tengo es con Roberto Glorioso, es de lo único que puedo hablar. Además, todo lo que uno sostiene es opinable. Hay cosas que yo elijo y que otras personas no harían. No hay que descartar las aproximaciones a la lectura, aunque no todos veneren a María Emilia Lahitte, Olga Orozco, Roberto Cuadros, Hugo Mujica, María Rosa Lojo y tantos más.
-¿Qué opinión tiene del Código Da Vinci?
-Yo leí una cosa preciosa que es “El Evangelio según Jesucristo", de José Saramago. Por lo que me han comentado, ahí está la misma temática o va por los mismos caminos que marca "El Código Da Vinci". En el libro de Saramago hay una primera página que tiene una descripción de una lámina antigua y yo pensé que sólo con esa página Saramago merece un Nobel. Con referencia al "Código Da Vinci", yo soy alentador del máximo de libertad con el que uno se pueda manejar, siempre que sepa justificarlo. Entonces, las polémicas...
El torneo de Primera División, organizado por la Liga de Fútbol de Azul, afrontará mañana una jornada decisiva con la disputa de la duodécima fecha. La programación se adelantó por el Día de la Madre y tendrá varios encuentros importantes, tanto en la pelea por el liderazgo como en la lucha por ingresar a los cuartos de final.
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