18 de mayo de 2015

SOCIEDAD

SOCIEDAD. BOBO

Por Adolfo Mirande - Especial para El Tiempo

Mis actos de violencia están en relación directamente proporcional a los períodos de mi dipsomanía de excesivo consumo y a la mayor o menor virulencia de mi paranoia.

La mujer con la que caminábamos juntos no lo sabía porque yo no se lo había dicho y no conocía mi terrible fobia por los gatos negros, que transformaba desagradablemente mi personalidad llegado el caso.

También ignoraba la dama mi vieja mitomanía, que yo consideraba como un bromear con inocentes embustes.

Lo que recibía un mentís por parte del diagnostico psiquiátrico de mi ultima internación forzada, que denominaba a mi actitud patológica como “Pseudología Fantástica”, capaz de graves irresponsabilidades y de base psicotica con disociación.

Con “mi novia” íbamos hacia su casa después de un encuentro muy sobrio, de una simpatía mutua y por supuesto de haberse producido la química necesaria. La señora estaba ratoneada conmigo.

Yo estaba muy entusiasmado porque no había tomado ninguna copa.

De todas maneras en este momento estaba pasando por una época de abstinencia prolongada en mi relación con el alcohol y mi agresividad no era, por ahora, de  gravedad  extrema.

Pero cuando llegamos a su casa, supe, que lamentablemente la dama tenía una mascota que se llamaba Bobo y era un gato negro que constantemente estaba en su falda, según me enteré al rato, y que me miraba con repulsión, cuando ella lo acariciaba con ternura y le hablaba.

Desde el primer momento odié profundamente al animal, amigo de brujas y de genios del mal, que seguramente traía la maldición de los aquelarres y que actuaría con las mas siniestras actitudes felinas.

No obstante mi desagrado, me quedé con mi flamante novia, que en pocas horas ya era una compinche muy apetecible.

El espantoso gato, llegada mi hora del idilio y del amor con la agraciada patrona, se puso a contemplarme insistentemente y con insolencia desde los pies de la cama con su horrible mirada fija.

Soy un dipsómano con experiencia, que sabe que tarde o temprano llega el período compulsivo de excesivo consumo; y eso era precisamente lo que estaba comenzando a suceder en esos momentos con el consiguiente incremento de la morbosidad de mis fantasías y el suave despertar de mi vieja amiga paranoia.

El bueno del cadetero hizo lo suyo alcanzándome una botella del bar de la esquina, y la obsequiosa dueña hizo lo propio, trayendo dos copas que sacó de su cristalero.

Por mi parte supongo que cumplí con lo que me tocaba en la función, porque al rato estaba borracho como una cuba, aplastado y aturdido por efecto del vodka, totalmente desubicado, y con los mocasines salpicados de vomito violento, producido por el feroz atosigamiento de alcohol.

Entre mi fobia gatuna y la intoxicación de vodka la idea de felinos exacerbaba mi patología mas profunda.

De mi mente enferma surgían, vaya saber de que oscuros pliegues de mi pensamiento tortuoso…horribles maullidos y aullidos de gatos...que a cada momento se tornaban mas mortificantes y mas reales. Entretanto que el maléfico Bobo, ponía mis nervios muy tensos con su actitud de esfinge y con sus insoportables ojos que no se apartaban de mí.

Esos nervios se estiraban como tientos de goma cuando su silueta escurridiza se deslizaba lustrosa y silenciosa por la pieza, mientras yo imaginaba con profundo desprecio el reflejo de sus ojos amarillos.

Mi paranoia comenzaba a presionar y ya me había convencido de que el gato aumentaba el tono desafiante de su mirada.

Entonces, con una voz cavernosa e impersonal mandé a la mujer a buscar agua a la cocina.

Ella ya había tomado conciencia plena de que el individuo borracho que la estaba gritando y que insultaba enfurecido al gato no había sido una buena adquisición.

No señor, pensaba la mujer, no lo había sido.

Cuando regresó con el agua y vio las salpicaduras de sangre sobre mi cuerpo y mi cara, supo inmediatamente que le había sucedido algo terrible a su gato negro.

La más violenta Ailurofobia (1), junto con mi dipsomanía habían desatado mi furia asesina para separar con placer los ojos y las orejas del animal, del tronco de su cuerpo y tenerlo decapitado entre mis manos.

La mujer estaba erguida, paralizada de terror y me contemplaba con sus ojos  desmesuradamente abiertos…mientras que con abundancia corría  por sus piernas vacilantes, el líquido derramado de su vejiga en plena liberación.

Y yo tambaleándome como una marioneta con las cuerdas rotas totalmente embriagado  desnudo sobre el vómito del piso con la mirada de un loco.

Con una mano sosteniendo la cabeza del gato como un trofeo, mientras que con la otra  agarrando su cuerpo por el cuero del espinazo. Ella observaba desecha y estupefacta como la sangre bañaba con  tibieza la piel de mis dedos. Mientras una carcajada sonaba salvajemente.  Jamás me había sentido tan bien.

(1) Ailurofobia: fobia por los gatos negros.

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